Relatos televisivos inundan las pantallas con series truculentas que reiteran crímenes, pedofilia, secuestros, narcotráfico y son tratados con pasmosa liviandad.

José Luis Córdova

Periodista

21/07/2020. Si bien es complejo definir el fenómeno de la violencia en la sociedad actual, en la industria televisiva no es más que un estereotipo que tiende peligrosamente a naturalizarse. Estudios recientes determinan que se trata de un problema social. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) la violencia es “el uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones” (OMS, 2002: 5).

Hasta hace poco (por ejemplo) el acoso escolar no era calificado como violencia y en materia de género recién se están estableciendo parámetros para determinar los excesos y abusos perpetrados en ese ámbito. El Estado también aplica violencia en diversas formas, como se muestra hoy en Chile con la violencia social expresada en la desigualdad, la discriminación, la pobreza, el hacinamiento y el hambre. Todas violencias implícitas.

Para la industria televisiva, la violencia es un importante elemento que contribuye a captar la atención de los televidentes en series, noticiarios, debates y las más diversas expresiones comunicacionales con sus diferentes grados de interés, impacto y también sensacionalismo.

Los luctuosos sucesos acaecidos en EEUU respecto a los métodos policiales contra las comunidades minoritarias en ese país han revelado altos niveles de violencia racial, de género, homofóbica y social que están enquistados en la sociedad norteamericana.

Series muy populares como “La Ley y el orden”, “Hawai 5-0”, “CSI Miami”, “Nueva York 911”, “Chicago PI”, “El mentalista” y otras, están siendo seriamente cuestionadas y en revisión por mostrar descarnadamente las prácticas inhumanas y fascistoides de los cuerpos policiales. El abuso de poder, las simulaciones, manipulación y engaños de que son víctimas inculpados o imputados en delitos rayan en la brutalidad, con el uso de torturas y malos tratos sin respeto a derechos humanos básicos.

La muerte del ciudadano afroamericano George Floyd a manos de un policía que lo estranguló en el suelo con su rodilla en el cuello desnudó la realidad incuestionable de prácticas criminales en el uso de poderes y facultades para prevenir, comprobar y detener actividades delictuales. En Chile, la violencia policial alcanzó trágicos ribetes a partir del 18 de octubre pasado, mientras en la  Araucanía se practica desde hace décadas.

Policías corruptos, odiosas discriminaciones, brutales golpizas de parte de policías estadounidenses se naturalizan en relatos a menudo extraídos de hechos reales sin causar mayor conmoción ni extrañeza de parte de absortos televidentes que ni se inmutan ante tamaña violencia.

Obviamente niños y jóvenes -principales seguidores de estas series- asumen los hechos como factibles, normales y necesarios para que la “justicia” consiga sus objetivos para esclarecer la “verdad”. Habría que revelar las estadísticas respecto a las cifras de personas inocentes detenidas, encarceladas y hasta ejecutadas injustamente en los EE.UU.

En períodos históricos anteriores se registraron prácticas violentas que fueron legítimas y aceptables. El uso de la fuerza -garantizado por el Derecho a la Rebelión- ante injusticias, regímenes dictatoriales -como Pinochet en Chile-, terrorismo de Estado, crímenes de lesa humanidad y violaciones de los derechos humanos hoy en día no son caracterizados como aplicación de violencia. Pero no cabe dudas que la militarización y represión al pueblo mapuche hoy en día son parte de una estrategia de sometimiento que incluye la violencia.

En el caso de relatos televisivos que inundan las pantallas con series truculentas que reiteran crímenes, pedofilia, secuestros, narcotráfico y otras lacras sociales son tratados con pasmosa liviandad y supuestamente resueltos mediante recursos brutalmente inhumanos y ofensivos contra la integridad humana, en un esfuerzo por legitimarlos.

Existen diversos estudios sobre la violencia ficticia en formatos como la publicidad, los contenidos televisivos infantiles, pero es indispensable ampliar y profundizar el tratamiento que se hace de la violencia en otro tipo de discursos audiovisuales, tales como los informativos, los concursos o los reality shows. Con ello, se puede conocer la trascendencia que asume la violencia real en espacios televisivos, cómo se representa y qué forma adopta en contenidos que «entretienen» a la teleaudiencia con violencia institucionalizada.