Derivado de la pandemia, tenemos una profusión de análisis prospectivos que buscan precisar efecto futuro, con el objeto de prever escenarios políticos, sociales, culturales, económicos.

Juan Gajardo

Miembro de la Comisión Política del Partido Comunista

Santiago. 05/07/2020. Derivado de la pandemia que afecta a casi toda la humanidad, tenemos una  profusión de análisis prospectivos que buscan en definitiva precisar cuál será su efecto futuro, con el objeto de prever escenarios políticos, sociales, culturales, económicos. Quienes nos hacemos partícipes del movimiento popular tenemos la necesidad de, recurriendo a los conocimientos científicos, técnicos, históricos, de las ciencias sociales en general, discernir cuáles son las tendencias en desarrollo que pudieran transformarse en los factores determinantes de la realidad socio política en el corto y mediano plazo  para nuestra realidad, y eso no exclusivamente desde la pretensión,  intrínsecamente humana, de intentar avizorar el futuro, sino desde nuestra visión ideológica que nos lleva a asumirnos, en nuestra condición de integrantes del movimiento popular, como hacedores de la historia. No somos seres pasivos esperando qué sucederá; sí somos parte del sujeto histórico popular que busca transformar la sociedad.

Sin pretender ser conclusivo y abordar todas las variables, en la dimensión macro de política internacional busca reinstalarse por los sectores más retardatarios un resurgimiento de la “guerra fría”, teniendo en esta oportunidad a la República Popular China como blanco principal. Y por consignar sólo elementos de este momento, constatamos que la apuesta  china en tecnología (5G por ej.) y comercio exterior encuentra resistencias en occidente, unido a hostigamientos como los que sufre una ejecutiva de Huawei desde EEUU con complicidad canadiense. La hostilidad se vuelve peligrosa cuando tres de los siete portaviones de la flota estadounidense se concentran en el Pacífico oriental, o con las provocaciones en Hong Kong destinadas a evitar la aspiración de Beijing de “China una nación” con más de un sistema económico, junto a la exacerbación de antiguos conflictos fronterizos con India y de islotes con Japón en el Pacifico, lo que para nosotros (países de este lado del océano Pacífico) puede incidir dada la iniciativa del Trans Pacific Partnership (TPP), y todo esto unido al nuevo papel que se quiere hacer jugar a Singapur. Aún así, todos esperan que China juegue el rol de motor de la economía mundial pos pandemia, y desde ya se augura que será la economía de mayor crecimiento el año 2021.

La contraparte, EEUU, afronta la pandemia con un alto costo en vidas humanas, sin un liderazgo creíble, con una economía agotada que requiere del proteccionismo estatal -en este caso de efecto poco duradero- para funcionar y conflictividad social irresoluta; una comunidad europea que debate cuál es el grado de integración deseable, pero sin capacidad de liderar una política universal, trauma ya de 75 años (término de Segunda Guerra Mundial) y una Federación Rusa que aún está en la etapa de recuperación del posicionamiento que antaño tuvo en el escenario internacional. Putin se fortalece en lo político, pero los grados significativos de corrupción del aparato estatal, producto de la reinstalación de un capitalismo salvaje, impiden a un Estado, de inspiración histórica centralista, jugar un rol más determinante que el que ya juega, a lo menos en el corto plazo. América Latina convertida en la región con la mayor cantidad de contagiados de covid-19 el último mes, atisba dificultades económicas y conflictos sociales en el corto plazo.

En este marco, en Chile nos aprestamos a entrar en un proceso de cambio a la Constitución. Nuestra historia republicana nos enseña que los cambios constitucionales en Chile siempre se han dado en procesos de alta conflictividad. En el pasado siglo, la constitución del 25 es asumida a partir del año 32, dictadura de Ibáñez y efímera  “república socialista” de por medio; en tanto la impuesta por la dictadura el año 80 se consolida a partir de la negociación concertacionista posterior a la derrota de Pinochet en un plebiscito. Con un movimiento popular en estadios diferentes, en ambos casos, pero nítidamente el año 89 del pasado siglo, las expectativas del mundo popular fueron ignoradas. Por eso este proceso constituyente abre horizontes. No es que en sí sea “refundacional”, categoría para algunos sinónimo de caos y que para nosotr@s de darse tendría una valoración positiva, sino porque posibilita a la ciudadanía ser integrada a la construcción de la ley fundamental, hasta el momento privilegio de las élites económicas y políticas.

En la perspectiva de afianzar sus posiciones, dado este evento de cambio/transformación de la Constitución, que son las posiciones de las minorías, de las élites que han gobernado nuestro país desde su origen, es que hay que entender y desenmascarar las políticas de este gobierno en el momento actual. Fracasados en su estrategia para enfrentar la crisis sanitaria, elaboran un conjunto de medidas, tanto de carácter económico como político-represivas, destinadas a contener y aplacar las demandas populares. Cuando el presidente Piñera ofrece un plan de ayuda a la “clase media” que se traduce en incrementar los niveles de endeudamiento de estos segmentos de la población, busca fortalecer en el corto plazo el mercado financiero controlado por sus amigos; cuando busca aprobación a proyectos como los de “inteligencia” (digamos que mala copia del proyecto que en  EEUU después de las torres buscó coordinar sus organismos de inteligencia) más que en un tema estratégico de Estado está pensando en la dimensión de control social preventivo/represivo. La derecha siempre ha sido hábil en defensa de sus intereses de clase y en la elección de los espacios desde los cuales atrincherarse y contra atacar. El Parlamento nacional, más allá de lo que diga la composición según definición de los pactos al momento de elegirse, siempre será un espacio feraz donde la élite gobernante puede coaptar personeros. La historia también nos enseña la permeabilidad de los altos cuadros de otros poderes del Estado, como el Judicial y el militar. Ante esto, lo que oponemos como proyecto popular es la organización que debe expresarse en demandas básicas de las cuales tod@s  somos conscientes y las ideas plasmadas en un proyecto colectivo, cuya base está en las demandas del levantamiento de octubre.