La televisión se encuentra absolutamente estancada en creatividad, encasillada en formatos gastados.

José Luis Córdova

Periodista

29/06/2020. La extensa cuarentena que afecta a millones de hogares en todo el país ha obligado a la gente a volcarse -quiéralo o no- a ver y escuchar la televisión chilena. Los matinales se han extendido y abarcando temas médicos y sanitarios -como nunca antes- con panelistas cuasi estables: Joaquín Lavín, José Manuel Ossandón, Rodolfo Carter, Evelyn Mathei y otros personeros de la derecha que hacen denodados esfuerzos por defender la ambigua e incierta estrategia del gobierno ante la pandemia.

Los noticiarios se han dedicado sobre todo a mostrar desgarradores testimonios del trabajo de los equipos de salud, las terribles condiciones en que viven chilenos y migrantes, así como la indiferencia de miles que andan por las calles sin mascarillas, durante el toque que queda y sin respeto por sí mismos ni por los demás.

El rol de los medios de comunicación se ha convertido en materia de debates en todos los tonos y plataformas -incluidas redes sociales- y, con distinta suerte, debemos soportar repeticiones de programas de concursos (“Yo soy”, “Master Chef Celebrity”, “Pasapalabra” y otros), viejas teleseries (“Pituca sin lucas”, “Brujas”, “Soltera otra vez”, “Perdona nuestros pecados”, “Señores papis”) , además de repeticiones de espacios como “Caso cerrado”, “La divina comida”, “Podemos hablar” y otros estelares junto a pocas novedades como “Bailando por un sueño” -cuyas grabaciones debieron suspenderse por incumplir ordenanzas sanitarias-, “Carmen Gloria a su servicio”, “Mentiras verdaderas” en La Red y “Aquí somos todos”, con la exitosa y empática Ángeles Araya de apoyo y solidaridad.

Es probable que debamos aguantar en el mes de agosto un largo show “benéfico” animado por Don Francisco en una tercera versión de “Chile ayuda a Chile”, donde se nos impele a meternos las manos a los bolsillos invocando solidaridad, mientras grandes empresarios y monopolios harán importantes reducciones de impuestos con sus bulladas “donaciones”. Los artistas participantes también reditarán popularidad, conseguirán contratos y dependencia de la maquinaria de espectáculos que mueve Mario Kreutzberger, no sólo en Chile, sino hasta en el exterior.

La televisión se encuentra absolutamente estancada en creatividad, encasillada en formatos gastados, imposibilitada de “hacer calle” de verdad en campamentos, poblaciones y entre los sectores más desposeídos y abandonados por el aparato del Estado. Indignante resultan esfuerzos como Amaro Gómez Pablo en Bajos de Mena con cara de “yo no fui” y mirando de arriba hasta abajo a modestos pobladores en sus precarios hogares.

Un columnista de diarios escribió alertando que la teleaudiencia asume los contenidos de la TV como verdades incuestionables. “Lo esencial es la imagen, dejando el elemento propiamente informativo muchas veces en segundo plano”, escribe. Se trataría de una práctica predominantemente sensacionalista. El articulista indica que “el periodismo de información da paso al periodismo de sensación e entretenimiento” (según Labio, Restrepo y otros investigadores).

Agrega el columnista que “cuando son noticias políticas o económicas se focalizan en la controversia, con entrevistas en busca de cuñas que exciten el debate, o se apela a la emoción, con hechos conmovedores que afectan a personas que se lamentan, lloran ante las cámaras y tampoco es excepcional escuchar una voz en off, melodramática, comentando imágenes de un reportaje que amplifica la noticia”.

El Colegio de Periodistas de Chile ha denunciado, alertado y lamentado insistentemente sobre estos temas, invocando el debido respeto al Código de Ética, a la dignidad humana y la búsqueda incesante del pluralismo informativo, la transparencia de las fuentes, la muestra de diversas opiniones sobre temas relevantes.

Los profesionales de la información -junto a los “rostros”- y los panelistas invitados a debates y programas de conversación hacen gala de la supuesta libertad de expresión, sin considerar que comunicar e informar son cuestiones diferentes.

La televisión ni siquiera cumple satisfactoriamente ese papel, menos aún el llamado canal “público” TVN que, precisamente en estos días recuerda (el 16 de junio de 1990, bajo el gobierno de Aylwin) los 30 años del envío al Congreso del proyecto de ley para constituir este canal en una empresa de Estado, no gubernamental e independiente del Ejecutivo, con administración a cargo de un cuerpo colegiado (que aún conserva un carácter binominal que impide el pluralismo). Un carácter añejo y repetitivo de uno de los medios más visto hoy en Chile.