Pobre mise en scene para los dramáticos días que vivimos a cargo de las actuales autoridades gubernamentales y sanitarias enfrentadas al escrutinio público en pantalla.

José Luis Córdova

Periodista

08/06/2020. Que el hombre es un animal de costumbres lo demuestra la ansiedad que nos embarga cerca de cada mediodía a la espera del informe oficial del Ministerio de Salud sobre la marcha de la pandemia del coronavirus que los canales de televisión transmiten al unísono durante casi una hora en forma ininterrumpida.

Los asesores de comunicación estratégica y expertos audiovisuales que colaboran en la complicada secretaría de Estado no se esforzaron demasiado para crear una sobria puesta en escena para la entrega de datos por parte de las autoridades sanitarias.

De espaldas a un telón de color azul con el logo: “Plan de acción. Coronavirus Covid-19”, desde un salón en La Moneda, con iluminación en penumbras, el ministro Jaime Mañalich, la subsecretaria de Salud, Paula Daza (en cuarentena hasta el 12 de junio), y el ingeniero y subsecretario de redes asistenciales, Arturo Zúñiga (que hizo una breve e inexplicable cuarentena de apenas cinco días por “contacto estrecho”), rotan impertérritos en la entrega de informaciones a los periodistas a través de teleconferencia con algunos pocos profesionales presentes.

El informe parte o termina indefectiblemente con una perorata, admonición y/o advertencias del secretario de Estado (según su estado de ánimo o nivel de críticas y aportes recibidos de terceros) que va en aumento de énfasis, entonaciones, molestia o estupor hasta que da el pase a algunos de sus subsecretarios. Imperan la ambigüedad, el secretismo y la falta de transparencia pero con una seguridad pasmosa de que están haciendo todas las cosas perfectamente bien.

La doctora Daza mantiene incólume su pose de ecuanimidad en la entrega de los datos duros de nuevos contagios testeados, supuestos “recuperados”, fallecidos -con una moderada muestra de emoción al pronunciar el consabido: “lamentamos el fallecimiento de…”- y punto. Arturo Zúñiga es aún más enfático al referirse al número de camas clínicas, ventiladores en uso o a disposición, personal de salud contagiado, residencias sanitarias, traslados de enfermos y equipos entre regiones.

Los tres destacan con entusiasmo el rol del Presidente de la República, curiosamente coinciden en agradecer los “aportes” de las Fuerzas Armadas y de Orden como si se tratara de un favor a la ciudadanía y no de un deber constitucional en caso de catástrofes como la que estamos viviendo. Ni siquiera es una muestra de solidaridad que los uniformados pongan a disposición sus instalaciones sanitarias -habitualmente subutilizadas- que son financiadas por todos los chilenos. Es una obligación, no un favor ni una dádiva.

Tras la entrega de las cifras diarias se abre paso a las preguntas de la prensa donde se advierte la manipulación, la autocensura, la ausencia de la posibilidad de contra preguntar, la insistencia en temas recurrentes sin ir a los problemas de fondo y con respuestas generalmente imprecisas, sin reconocer los errores estratégicos y negligencias ya advertidos por toda la ciudadanía.

Al ministro no le entran balas y se advierte que tiene como principal característica personal no escuchar recomendaciones de expertos ni la voz de los afectados por la pandemia, por las cuarentenas ni sus familias.

A coro los canales se abanderizan, ante las dificultades para contener la propagación del virus, con la actitud de las autoridades que insisten en responsabilizar a la gente por no respetar las medidas limitantes de la libertad de movimiento y prácticas de higiene recomendadas a nivel mundial. Los canales se solazan mostrando irrespeto al distanciamiento social, el mal uso o ausencia de mascarillas y la poca costumbre del lavado de manos. Como si estas fueran las causas basales de la difusión de la pandemia.

No valen triunfalismos y la creciente cantidad de test PCR que supuestamente van en la búsqueda de pacientes asintomáticos que tampoco implica controlar al virus. No faltan la voces -algunas transmitidas por televisión- que reclaman la poca efectividad de la improbable alianza público-privada (en contraposición al modelo neoliberal imperante) en materia de laboratorios, clínicas y servicios de salud, empresas en el mercado del rubro que insisten en sus objetivos de lucro y selección de usuarios o “clientes”.

Pobre mise en scene (puesta en escena) para los dramáticos días que vivimos a cargo de las actuales autoridades gubernamentales y sanitarias enfrentadas al escrutinio público en pantalla.