No conocían el territorio y mal se puede concebir un plan de guerra si se desconoce esa variable que determinará la medidas y alcances de cualquier ordenamiento.

Iván Sepúlveda. Analista. 08/06/2020. Hace meses que el gobierno dice que está en guerra. Primero contra un enemigo muy peligroso: el movimiento social que en Chile se levantó en octubre pasado. Tal como ahora el lenguaje militar y la movilización de medios, pretendió ser la respuesta del estado al estado de insubordinación ciudadano, cansada de un orden de desigualdades y abusos acumulados. Para combatir ese conflicto, se compró nuevo equipamiento y no se tomó ninguna de fondo que alterase las causas de ese estallido de masividad y extensión sorprendente.

Meses después el Ministro de Salud, del mismo gobierno que concibe como guerra los conflictos sociales y las situaciones de crisis. Nos convocó a una nueva contienda dirigida por él y su presidente. Todos escuchamos que libramos una Batalla en Santiago y nuevamente el lenguaje belicista dominó las metáforas de los gobernantes. Ante el peso del aumento de los casos confirmados y el de decesos en la capital, el principal estratega de esta campaña nos confiesa que desconocía la realidad de hacinamiento y pobreza en comunas en la que residen las personas de menores ingreso, de empleos precarios, dependientes de la red de salud pública y del hacinamiento de vivienda y barrios diseñados con criterios de guetos.

Muchos años atrás Von Clausewitz expresó que el terreno es el dictador de la guerra. Lo definió en la primera mitad del siglo XIX, cuando aún las contiendas estaban definidas en espacios más acotados y se enfrentaban básicamente a los ejércitos movilizados. La sociedad cambió y lo hizo también la noción de que es el terreno y la escala de las guerras. Hoy se habla de territorio y en él está incluidas las condiciones físicas geográficas, las infraestructuras creadas por los seres humanos, el clima y por sobre toda la demografía. El quiénes son, cuántos son y cómo viven las personas que pueblan un territorio.

Resultó que a propia confesión del principal estratega de esta guerra, el Ministro de Salud, los que diseñaron sin escuchar debidamente a instituciones universitarias, investigadores científicos y sanitarios, al Colegio Médico, Alcaldes o la experiencia de otras naciones, no conocían el territorio y mal se puede concebir un plan de guerra si se desconoce esa variable que determinará la medidas y alcances de cualquier ordenamiento para enfrentar el reto que se quiere resolver. El gobierno ha perdido su guerra y las razones originadas en ese desconocimiento, también explican del porque a una parte de la sociedad le es imposible conocer los motivos del estallido social de octubre y como tal entender su magnitud y efectos.

Existe una elite que desde hace décadas se conforma con medir el éxito del modelo chileno con promedios que esconden la acumulación concentrada de la riqueza, la pobreza causadas en la enorme diferencias de ingresos, dificultades de acceso a la educación, salud, vivienda o seguridad. No hace poco se discutía cuanto nos faltaba para considerarnos un país plenamente desarrollado. Hoy nadie se atrevería a plantearse esa inquietud.

Lo que está sucediendo en esta derrota del gobierno, que pretende endosarla a toda la sociedad, es una tragedia de escala nacional. Nadie puede alegrarse por los resultados de esta desastrosa campaña, pues el costo social y de vidas está recayendo en los sectores que hoy se visibilizan porque la realidad de la profunda brecha social ya no puede obviarse o esconderse. La fragilidad de las condiciones de vida de millones de compatriotas y residentes en Chile ha quedado expuesta con un dramatismo que anuncia que todo lo que hemos visto en medio de esta pandemia puede ser peor.

El gobierno si desea un nuevo pacto social y los sectores que lo apoyan debiera primero conocer, en una dimensión mucho más seria, las profundas diferencias sociales en que se estructura la sociedad chilena. Reconocerlas en toda su magnitud y causas, entender que ningún acuerdo puede alcanzarse repitiendo el mismo modelo económico que ha consagrado este ordenamiento social y que es la base programática con la que se pretende dar una aparente solución, desde las elites dominantes, el estado de calamidad social a la cual hemos llegado.

Un acuerdo nacional promovido realizado por las elites no es sustentable. La repetición de un diagnostico que reduce lo que ocurre y constituye el territorio en toda su complejidad, a variables estadísticas que alimentan la conformidad y las enuncian como prueba irrefutable de éxito. Cualquiera que desconozca el terreno perderá las guerras que libra. Le sucedió a los países más poderosos y arrogantes y les está sucediendo a quienes desde el olimpo social de su profundo desprecio a la realidad, de su arrogancia intelectual han conducido esta supuesta guerra que no debería ser otra cosa que un noble esfuerzo nacional fundado en el respeto a la dignidad real y efectiva de todas las personas, a una derrota de efectos incalculables.

Chile merece una paz social que sea distinta a la que ha quedado expuesta en todo su dramatismo desde octubre a la fecha.