Abrigo la esperanza que las últimas palabras pronunciadas por George Floyd pasarán a la historia y tendrán la misma repercusión que tuvieron las palabras de Martin Luther King.

Miguel Lawner

Arquitecto

Santiago. 06/06/2020. En 1963, el pastor norteamericano de raza negra Martin Luther King pronunció su famoso discurso I have a dream (“Tengo un sueño”), hablando desde las escalinatas del monumento a Lincoln. Fue un discurso de una enorme trascendencia, que cerró la Marcha sobre Washington, congregando a centenares de miles de personas de raza negra y blanca. Subrayó así, su anhelo de tener a hombres de ambas razas, coexistiendo en paz y armonía en su propio país.

El discurso, fue la culminación de una lucha librada por Martin Luther King contra la segregación y la discriminación racial existente en los Estados Unidos, país donde hasta entonces, regía discriminación en las escuelas, en el trabajo, en los buses, donde los negros solo podían sentarse en los asientos traseros, en espacios públicos como restaurantes o plazas, donde solo se permitían el acceso a personas de raza blanca.

Luther King fue, además, un activo luchador contra la guerra de Vietnam.

La marcha de Washington, fue fundamental en la aprobación de la Ley de los Derechos Civiles (1964) y la Ley del Derecho al Voto (1965), que pusieron fin, legalmente, a la discriminación contras las personas de raza negra en los Estados Unidos, aun cuando la lacra del racismo se mantiene latente en vastos sectores de esa sociedad, como lo confirma el horrible asesinato cometido días atrás contra el ciudadano de raza negra George Floyd.

Marthin Luther King fue asesinado de un balazo, el 4 de abril de 1968, pero su mensaje: I have a dream, pasó a la historia como símbolo de las luchas por los derechos civiles, que jamás debemos dar por alcanzados plenamente.

Estados Unidos ha sido siempre un país donde coexisten los más altos valores del arte, la ciencia y la cultura, junto con acciones racistas reiteradas, discriminaciones de todo tipo o atentados irracionales contra víctimas inocentes.

Yo me formé intelectualmente en mi juventud, admirando el arte y la cultura norteamericana. Leímos al increíble John Dos Pasos con su trilogía El Gran Dinero, a Sinclair Lewis con el inolvidable Doctor Arrowsmith, a John Steinbeck con Las Uvas de la Ira, relatándonos la cruel transición de los campesinos desde el algodón a las viñas. Gozamos con El Camino del Tabaco de Erskine Caldwell, con el poeta negro Erskine Caldwell, con la inolvidable trompera de Louis Armstrong, con el cantante Al Jonson interpretando las canciones de la guerra civil española en castellano y qué decir del actor y director de cine Charles Chaplin, deleitándonos con sus películas el Pibe o El Gran Dinero, una sátira brutal del dictador Adolfo Hitler.

Más tarde, ya como alumnos en la Escuela de Arquitectura, admiramos la obra de Frank Lloyd Wright con sus Prairie Schools, su casa de la Cascada en Chicago o los proyectos de Walter Gropius o Mies Van del Rohe, maestros de la mítica Bauhas, radicados en Estados Unidos huyendo del nazismo.

La rica cultura y el arte norteamericano han sido fundamentales en mi formación y siempre me ha resultado inexplicable, su coexistencia con conductas tan repudiables como el bárbaro asesinato de George Floyd.

Sigo las manifestaciones generadas por este crimen, que no cesan en la mayoría de las ciudades norteamericanas, así como en otros países europeos y abrigo a esperanza que las últimas palabras pronunciadas en vida por George Floyd: “I can’t breathe” (“No puedo respirar”), pasarán a la historia y tendrán la misma repercusión que en su tiempo tuvieron las palabras de Martin Luther King: I have a Dream.

En buena hora, para toda la humanidad.

 

 

 

 

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