El interés que despierta la vida de un militante no depende de sus datos biográficos, sino de hitos en que su individualidad desaparece, haciéndose una con la historia que protagoniza.

Ignacio Libretti. 04/06/2020. Solía escribir con su dedo grande en el aire:

“¡Viban los compañeros! Pedro Rojas”

César Vallejo, España, aparta de mí este cáliz

 En su “Charla sobre cuestiones de filosofía” de 1964, dictada para estudiantes y funcionarios ligados al desarrollo universitario de las humanidades, Mao Tse-tung señala:

Los estudiantes universitarios deberían comenzar por pasarse por el campo este invierno: me refiero a los de humanidades. Los estudiantes de ciencias naturales no deberían moverse por el momento, aunque podemos llevarlos allá durante una temporada o dos. Todos los que estudian humanidades -historia, economía política, literatura, derecho-, todos ellos, deben ir. Catedráticos, profesores asistentes, personal administrativo y estudiantes, todos ellos deberían ir por allá, durante un período limitado de cinco meses. Si se van a pasar cinco meses en el campo, o cinco meses en las fábricas, adquirirán un conocimiento perceptivo. Los caballos, las vacas, las ovejas, las variedades de mijo: todos pueden ver estas cosas. Sin van en invierno, no verán la siega, pero al menos podrán ver la tierra y a las personas. Obtener alguna experiencia de la lucha de clases: a eso es a lo que yo llamo una universidad[1].

Según Mao, las condiciones de vida del campo propician el conocimiento de la lucha de clases, puesto que allí sus tendencias históricas fundamentales se manifiestan con toda claridad. Desde la hostilidad del clima y del trabajo llano, indisociables del bajo nivel de industrialización de la producción parcelaria, hasta la brutalidad patronal, parte de los resabios latifundistas que sobreviven incluso a las reformas agrarias, el campo ilustra el estado efectivo en que se encuentra la lucha de clases en cada formación social, dando cuenta de su lado más severo. Y es que el campesinado carga en su espalda con siglos de explotación que ningún proceso democrático ha logrado remediar. Limitándonos a la era moderna, basta señalar como ejemplos genéricos el saqueo feudal o el pillaje burgués para comprender por qué en esas manos callosas habita la historia de cientos de años de opresión ininterrumpida. Sin ir más lejos, aún está pendiente la tarea democrática de unir al campo y la ciudad en una sola patria; deuda histórica legada por las revoluciones burguesas incompletas o abiertamente traicionadas que renunciaron a hacerlo.

Si Mao sugiere a los estudiantes y funcionarios ligados al desarrollo universitario de las humanidades visitar el campo para obtener experiencias sobre la lucha de clases, no lo hace porque sus vivencias cotidianas en la ciudad estén exentas de su influencia. Al contrario, cuando se instala en el seno de las formaciones sociales, la lucha de clases inunda todas nuestras prácticas -desde las más vulgares hasta las más elevadas-, subsumiéndolas en los antagonismos materiales que mueven u obstruyen el desarrollo de la historia. De lo que se trata es de comprender, en primera fuente, un tipo particular de lucha de clase, de la cual depende que el porvenir histórico de la humanidad sea capitalista o comunista. Nos referimos -permítasenos decirlo- a la lucha de clase proletaria, que paradójicamente, muchas veces depende más de lo que ocurra en el campo que en la ciudad. Así fue, por citar un ejemplo de varios, en Cuba, donde la coaptación del sistema democrático por la dictadura de Batista obligó a los revolucionarios guiados por Fidel a instalarse en la sierra, organizándose desde allí. Por tanto, lo que pasa en el campo no compete únicamente al campesinado, sino al conjunto del pueblo. De ahí su relevancia histórica.

Siguiendo la ruta de Mao, cabe preguntarnos por la lucha del campesinado chileno, pues, como podemos suponer, de su experiencia histórica de combate podríamos obtener valiosas lecciones sobre el desarrollo de la lucha de clases en Chile, superando el letargo conceptual que impuso la transición pactada. Y ya que estamos en eso, debemos citar un nombre que, lejos de identificar solamente a un individuo, es el signo de un colectivo cuyo ejemplo inspira: Pedro Castañeda, camarada.

A nuestro entender, el interés político que despierta la vida de un militante comunista como Pedro Castañeda no depende de sus datos biográficos, sino de los hitos en que su individualidad desaparece, haciéndose una con la historia que protagoniza. Por esa razón, consideramos que su nombre requiere mención cuando hablamos del campesinado chileno, pues evoca la lucha contra el latifundio, la traición de Videla y la dictadura de Pinochet. A esto se debe este pequeño homenaje que hacemos en vida al camarada Castañeda, el cual esperamos se replique y perfeccione a través de plumas mucho más aptas que la nuestra.

Pedro Castañeda nació el 26 de junio de 1929. Ingresó al Partido Comunista de Chile en 1939, con solo diez años sobre el cuerpo, en calidad de pre-militante. Cinco años después, obtuvo el carnet de la organización, comenzando su militancia ininterrumpida hasta nuestros días. Sin ir más lejos, participó en el último plebiscito para la reforma del estatuto partidario, confirmando su compromiso con la organización. Desde siempre estuvo ligado al movimiento campesino, donde era considerado un elemento destacado. Incluso tuvo contacto con algunos aledaños al levantamiento de Ranquil de 1934, quienes le transmitieron parte de su experiencia. Toda su instrucción la recibió directamente del Partido Comunista, responsable de toda su formación militante. Esto nos recuerda la importancia de contar tanto con la disposición partidaria como con los recursos teóricos para elevar el nivel educacional de la militancia, la cual, sin buenas herramientas conceptuales para analizar la realidad coyuntural, difícilmente podrá orientar sus acciones políticas de forma correcta. Estudiar es una necesidad práctica.

Como dirigente campesino, podemos comenzar el recorrido político del camarada Castañeda en 1967, cuando fue candidato a regidor en la comuna de San Pedro. Ese mismo año, también inició una larga marcha desde Copiapó hasta Puerto Montt, acompañado del camarada Fernando Velázquez y de otros dirigentes políticos del momento, organizando al campesinado chileno en la Confederación Nacional Campesina y de Pueblos Originarios Ranquil. Esta inmensa experiencia territorial, paralela a la campaña electoral, nos recuerda un principio angular que tendemos a olvidar: las elecciones no son un fin en sí mismo, sino un medio para difundir ideas y organizar a la población. La CNC enarbolaba reivindicaciones democráticas que procuraban estimular la formación de militancia campesina, promoviendo la politización del campo. También en 1967, Pedro Castañeda participó en la constitución local de la CUT, en compañía de otros dirigentes destacados del campesinado como el ya mencionado Fernando Velázquez, Carlos Ayala (expresidente de la Federación Campesina Indígena de Santiago) y Felipe Acevedo (otrora regidor de Isla de Maipo), a quienes también saludamos en este homenaje. Como vemos, la principal organización sindical chilena, herramienta de las luchas económico-sociales de los trabajadores en nuestro país, también contó con la participación del movimiento campesino, llevando a efecto uno de los principios angulares del comunismo: la unión de obreros y campesinos contra burgueses y terratenientes.

En 1968, el camarada Castañeda participó en la creación de la Federación Campesina Indígena de Santiago, ocupando el puesto de tesorero hasta el golpe de Estado de 1973. Producto de la dictadura militar, en 1974 las organizaciones sindicales del campesinado, cuya historia estuvo marcada por el desconocimiento legal de sus estructuras -obligándolas a funcionar principalmente como sindicatos de hecho-, debieron reconstruirse por completo desde la clandestinidad, sufriendo los embates políticos de la contrarreforma agraria. Arriesgando su vida, Pedro Castañeda participó activamente en este proceso de reconstrucción orgánica, manteniendo vigentes las reivindicaciones del movimiento campesino chileno, concebidas durante décadas de ardua lucha territorial. En 1981, cuando nació la Surco, fue electo consejero y tesorero de la organización hasta 1991, para luego convertirse en su presidente entre los años 1999 y 2004. Haciendo caso omiso de los aires de reconciliación y de las tesis sobre la presunta desaparición del campesinado chileno producto del neoliberalismo, el camarada Castañeda siguió firme en su posición, comprendiendo que los cambios tecnológicos no resuelven los problemas políticos. Sin abandonar ni por un segundo al Partido Comunista, siguió cumpliendo su rol de dirigente campesino, desafiando al paso del tiempo. Literalmente, su historia, la del Partido y la del siglo XX corrieron paralelas.

La tenacidad del camarada Castañeda otorga una valiosa lección a las nuevas generaciones de militantes comunistas: aunque las circunstancias históricas no auspicien la defensa del horizonte comunista -una organización humana global desprovista de clases sociales-, y nuestras reivindicaciones parezcan asuntos del pasado, la realidad de la lucha de clases prohíbe olvidar las contradicciones todavía pendientes -que vuelven en formas cada vez menos predecibles-, obligándonos a mantener vigentes nuestras reivindicaciones programáticas específicas. Aunque dichas reivindicaciones tengan que adaptarse a las circunstancias coyunturales, nunca deben perder su contenido de clase proletaria, o de lo contrario, serán cómplices de la reproducción del actual régimen de explotación que nos domina.

Si gracias a la obra de Carlos Marx sabemos que una de las principales características del capitalismo es la revolución ininterrumpida de su base productiva, es absurdo pensar que cualquier modificación técnica en el modo de producción podría dejar obsoletos nuestros conceptos y principios. Dicha falta de rigurosidad en el análisis concreto de la situación concreta no le hace justicia al sacrificio de hombres y mujeres que dieron su vida por un mundo mejor. De hecho, satisface los intereses estratégicos de las clases sociales más reaccionarias, aunque sea de forma indirecta. En este punto, urge resguardar la formación de la militancia juvenil, la cual, producto de su entusiasmo, es susceptible de enarbolar banderas que no necesariamente representan los intereses de los trabajadores, alejándose de las masas populares. No por nada Mao recomendaba a los estudiantes de humanidades pasar temporadas completas en el campo y en las fábricas para entender la lucha de clases, en lugar de permanecer todo el tiempo alrededor de la universidad. Aunque suene severo, un baño de pueblo es la mejor receta contra la banalidad pequeñoburguesa.

A Pedro Castañeda lo recuerdan sus camaradas como un militante sumamente disciplinado y comprometido con el Partido, siempre de buen humor, alegre, optimista y dispuesto a cumplir las tareas que le encomendaran. Hasta ahora sigue en contacto estrecho con los camaradas que lucharon a su lado desde 1966, quienes lo apoyan económicamente cuando las circunstancias lo exigen. Como buen comunista, nunca le tuvo miedo a la pobreza. De hecho, aunque jugó un rol clave en la reforma agraria, no aceptó recibir tierras cuando se lo ofrecieron, limitándose a contribuir a la repartición. Su lugar estaba en las filas comunistas, luchando por el cumplimiento del programa del Partido. Eso lo llevó alrededor de 1986 hasta México, donde consiguió recursos para combatir a la dictadura militar en Chile.  Que su principal frente de combate fuera el campesino no le impedía participar en otras batallas partidarias, recordándonos la importancia de la flexibilidad militante: cada cuadro debe estar dispuesto a cumplir las funciones que le encomienden, preparándose para desafíos cada vez mayores.

Por todo lo anterior y más, el regional sur-poniente del Partido Comunista en la región Metropolitana de Chile fue bautizado con su nombre, rindiéndole un homenaje inédito en su especie: ser la única estructura partidaria comunista -incluyendo a las juventudes- que se llama como un camarada todavía vivo, ilustrando su importancia para la militancia del sector. Sin embargo, aunque este homenaje ya es de por sí bastante grande, creemos que, teniendo en cuenta los antecedentes previamente expuestos, el camarada Pedro Castañeda merece la medalla Elías Lafertte por sus años continuos de abnegada militancia, la cual, a través de este pequeño escrito, solicitamos al Comité Central del Partido Comunista.

Con ejemplos como el del camarada Pedro Castañeda, apoyados en la teoría marxista-leninista, con un programa de clase y una organización partidaria fuerte y centralizada, mil veces venceremos.

[1] Mao Tse-tung. “Charla sobre cuestiones de filosofía”. En: T. Mao. Sobre la práctica y la contradicción. Madrid: Ediciones Akal, S.A., 2010, pp. 242-243.