El joven iraní Kiomars Javadi, había sido asesinado por un muchacho alemán, quien lo tomó por la espalda violentamente con su brazo hasta asfixiarlo.

 Margarita Pastene

Periodista

Casablanca. 02/06/2020. El mundo entero pudo ver en casi nueve minutos, cómo un policía blanco (hay que decirlo) apretó con sus rodillas el cuello de un ciudadano negro, en la ciudad norteamericana de Minnesota, hasta asfixiarlo. Esa escena de brutalidad y trágica muerte de George Floyd, me recordó uno de los episodios de mayor tristeza que viví en la apacible ciudad de Tübingen, al sur de Alemania.

Han pasado más de treinta años de aquel 19 de agosto de 1987, cuando en pleno verano europeo, un llamado telefónico me impactó con una noticia: el joven iraní Kiomars Javadi, había sido asesinado ese día en un pequeño supermercado de la ciudad, por un muchacho alemán, dependiente del local, quien tomó por la espalda violentamente con su brazo a Kiomars y le agarró por el cuello, hasta asfixiarlo. El hechor supuso que la víctima había intentado robar y él tenía que evitarlo. Cuando la policía llegó al local, Kiomars ya había muerto y quizás gritando en su idioma, como George Floyd, “no puedo respirar”.

Tan estremecedora para una comunidad multicultural, tolerante y generosa como la de Tübingen fue esta tragedia que de inmediato y tan pronto se propagó la noticia por la ciudad (no habían redes sociales entonces) nos volcamos a las calles, fuimos al lugar de la tragedia para protestar por este asesinato que nos enfrentó a una realidad que suponíamos no tenía cabida entre nosotros: el racismo, la xenofobia.

Durante tres días, la ciudad entera, escolares, estudiantes, trabajadores/as, organizaciones de grupos multiculturales y por cierto, representantes políticos, locales y regionales, se sumaron a las expresiones de repudio por la muerte del joven iraní que había llegado a la ciudad como refugiado. El destacado poeta Erich Fried dedicó uno de sus últimos poemas a Kiomars Javadi: “Si este hombre muerto hubiera sido alemán”.

Con esa sentencia en nuestros pensamientos, recorrimos, en manifestaciones multitudinarias, cada rincón de Tübingen, porque claro, no podía quedar ningún espacio por recorrer, en un intento desesperado para erradicar de nuestra ciudad (lo era), todo vestigio de racismo y xenofobia. El sonido ronco de un tambor llamaba a sumarse y a expresar nuestro dolor y nuestra rabia.

Y es que en Tübingen contábamos con quienes nos habían mostrado el camino de la solidaridad, la empatía, el respeto y la tolerancia; extraordinarias personalidades que siempre estuvieron dispuestas para acogernos y tomar partido de manera incondicional en nuestras causas por la democracia y la paz. Ernst y Karola Bloch y Walter e Inge Jens, cada uno/a en su momento, en su espacio y en sus obras dejaron un extraordinario ejemplo de ética y moral.

Estuvieron estas parejas siempre presentes como vecinos comunes y corrientes en Tübingen, en los avatares de los “otros”, los emigrantes, los exiliados e incluso y podríamos decir al límite de la legalidad: los Jens refugiaron en su casa a un par de soldados norteamericanos que habían desertado para evitar ir a la Guerra del Golfo.

En esa convicción y compromiso,  radica la amistad profunda entre los Bloch y los Jens. Sin duda que la roca fundamental aquí fue el filósofo Ernst Bloch, además de la lucidez propia de nuestra polifacética Karola, y qué decir de la obra y estudios históricos de Inge Jens y la inagotable tarea intelectual del filólogo Walter Jens, patriarca del pacifismo y simpatizante del movimiento antinuclear, quien llegó a presidir la Academia de las Artes de Berlín durante casi una década (1989- 1997) en años cruciales de la política y cultura de Alemania. Con esa vecindad, nos aferramos al principio de la esperanza (Bloch).

Nuestro entrañable amigo iraní, Rahim Schirmahd fotógrafo y videista, plasmó esta tragedia de Tübingen en un documental, como un  homenaje a la memoria de su compatriota y amigo Kiomars Javadi. Zivilcourage, una producción audiovisual de 18 minutos en la que Rahim mostró  esa valentía ciudadana que nunca debe claudicar para repudiar cualquier tipo de injusticia, de discriminación, en donde quiera que sea.

Si bien la película se centra en la muerte violenta del solicitante de asilo de 19 años, aborda también las difíciles condiciones de vida de los refugiados porque para muchos de ellos, “es un momento sin perspectivas, con esperanza y miedo por igual”.

Estas muertes de Kiomars Javadi y de George Floyd, nos llevan inevitablemente a  reconocer  la existencia de racismo en nuestras sociedades, la existencia de la xenofobia y discriminación injustificada, como los argumentos intolerables de quienes aquí en Chile han intentado culpar a las personas migrantes de todos los males que se puedan imaginar. Entonces, comprendemos los sentimientos de odio y rabia de quienes protestan en Estados Unidos. Por lo mismo, repetimos con fuerza ¡no puedo respirar!

 

 

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