La televisión asumió íntegramente el relato bélico del oficialismo y ha declarado la guerra a los alcaldes opositores.

José Luis Córdova

Periodista

31/05/2020. La televisión asumió íntegramente el relato bélico del oficialismo y ha declarado la guerra a los alcaldes opositores, a los especialistas más críticos y a todo quien no adhiera el lenguaje confrontacional del gobierno en medio de la contienda contra la pandemia del coronavirus.

Otrora, los locutores de noticias pasaron desde las radios tradicionales a los canales de la televisión universitaria con distinta suerte. Estamos hablando de las voces inconfundibles de Pepe Abad, Jorge Agliati, Carlos de la Sota, Renato Deformes, Eduardo Grunert, José Miguel Varas, Javier Miranda, René Largo Farías, Freddy Hube, Julio Pérez, hasta César Antonio Santis y Bernardo de la Maza.

Algunos no resistieron el paso ante las cámaras. Otros se hicieron populares y soportaron el golpe y la dictadura. Varios leyeron sin ninguna emoción ni sentimientos las noticias sobre los atentados al general Schneider, a Bernardo Leighton ni a Letelier; tampoco el descubrimiento de los hornos de Lonquén, los quemados ni los degollados o el crimen de José Carrasco, entre otros delitos de lesa humanidad y atropello a los derechos humanos.

Leer noticias parecía un oficio aséptico, frío e impersonal. Sin proyecciones ni perspectivas en medio de la férrea censura imperante y frente a las flagrantes violaciones a los derechos humanos perpetrados por agentes del estado en guerra contra un supuesto “enemigo interno”. Sólo algunas radios se atrevieron a cubrir más objetivamente algunos terribles sucesos, como el colega Sergio Campos, que siguió en radio Cooperativa, pese a amenazas de muerte y persecuciones.

Hoy en día, todo esto es historia. Las actuales generaciones alcanzaron apenas a ver y escuchar a Ramón Ulloa (quien sigue en cámara) y Mauricio Bustamante (recientemente “desvinculado”), últimos ejemplares de lectores de noticias sin más sello propio que su voz, timbre y entonación aceptables para cualquier oído.

Ahora abundan los lectores-comentaristas como Matías del Río, Fernando Paulsen, Iván Núñez, Mónica Rincón y Constanza Santa María quienes, después de leer concienzudamente el telepronter, lanzan opiniones personales, ajustadas a la línea editorial de cada canal, es decir, el más puro neoliberalismo, binominalismo y anticomunismo de pura cepa.

El festín de morbo desatado a propósito de la retrasada y lenta entrega de cajas con alimentos en cités, campamentos y sectores más desamparados a lo largo y ancho del país se transmiten en paralelo las crecientes manifestaciones de protesta en comunas y poblaciones que siguen a la espera de la ayuda prometida.

Cuando los testimonios de pobladores y vecinos se deslizan hacia temas de fondo, del modelo económico, de la injusta legislación laboral, de la cesantía y falta de puestos de trabajo, los reporteros y noteros hacen mutis por el foro y buscan autoridades municipales, dándoles las espaldas a dirigentes de juntas de vecinos y sencillos habitantes molestos y cansados de esperar, para que traten de explicar lo inexplicable.

Para evadir más elegantemente estos temas espinudos, las líneas editoriales coinciden sospechosamente en abordar con entusiasmo el aumento de la delincuencia, el uso de la violencia, los saqueos, los portonazos y encerronas, junto a la incansable actividad del narcotráfico entre niños y jóvenes a vista y paciencia de carabineros y la PDI. Cuestión largamente conocida por todos.

Los representantes de las Fuerzas Armadas, movilizados en el marco del estado de excepción por catástrofe nacional parecen haber aprendido la lección y no se inmiscuyen demasiado en la represión y la violencia desatada por los carabineros, ellos sí especializados en maltratar a los “coleros”, comerciantes ambulantes y otros que buscan afanosamente el sustento diario a como dé lugar.

La televisión, en estos casos, toma palco, se horroriza ante los desórdenes, los confunde con los delitos y asegura que la violencia sólo viene de parte de los manifestantes, aunque las imágenes digan otra cosa.

Los canales, en verdad, están en estado de guerra y sólo falta sacar a la calle a Santiago Pavlovic, Rafael Cavada y al mismísimo Amaro Gómez Pablos con cascos bélicos, chaleco antibalas para salir a combatir como, en su momento, lo hicieron estos periodistas en Bosnia, Afganistán, Irak o Pakistán. Ese es el escenario que ven con buenos ojos editores y productores y publicistas de los canales chilenos en estado de guerra.