Educación musical chilena

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Le nuove musiche” en cuarentena.

Kelman Flores Torres

Profesor de Estado en Educación Musical. Licenciado en Educación. Universidad de La Serena.

La Serena. 27/04/2020. Luego de la llegada de los españoles a nuestro continente, la corona española se propuso implementar la tarea de evangelizar a los aborígenes americanos, tomando protagonismo las artes como medio de enseñanza para el logro de la misión “civilizatoria” propuesta. En este escenario, la música, dotada de una nutrida herencia metodológica que combinaba la ética y la estética, fue una eficaz herramienta para poder lograr los objetivos concebidos por los reyes católicos

Al servicio de la enseñanza de las artes musicales se puso el virtuoso método de la solmisación, que dotó de todo el conocimiento científico y filosófico que contiene la música a los “indios americanos”, arte que estos últimos incorporaron a su cultura como instrumento de resistencia, generando incluso aportes propios del continente y de la cultura esclava africana. Y es que, al existir una dinámica entre la ética y la estética, no sorprende el hecho de que el pueblo y la elite ilustrada, gozaran del mismo efecto que el desarrollo y ejercicio que la música brinda en la sociedad humana. Sin embargo, con la Ilustración se acaba la relación de interdependencia entre ética y estética, pasando la transmisión escrita a un una elite ilustrada y el pueblo quedando sólo con meras transmisiones orales, que sólo perduran en algunos nudos sociales locales.

A poco andar en la historia y de la mano del surgimiento de los estados nacionales durante el s. XIX, el arte de la elite ilustrada comienza a recibir apoyo estatal. Como podemos ver en el decreto dictado por el gobierno chileno de Manuel Bulnes Prieto (1841 – 1851) para la creación del Conservatorio Nacional de Música, sin olvidar la ética que da vida al quehacer artístico, se señala: “En las exhibiciones y conciertos de música, el canto sea la expresión de algún sentimiento o doctrina, sentimiento interesante al gobierno de la vida moral del individuo y al progreso de la sociedad”.

Hasta la década de los 60´del siglo XX las artes musicales, y la educación en esta área, tuvo un gran impulso y gozó de un amplio desarrollo. Es una época en que se derriban las ideologías y el arte se reduce a una diversidad carente de sustento ético, las artes pasan a formar parte de sólo un grupo de usuarios del arte, dejando un vacío en la audiencia, el que es llenado con la creciente industria de las telecomunicaciones. Ésta es incapaz de articular lo ético con lo estético, naciendo el arte como un producto de consumo masivo, el cual sólo entretiene y es desechable, carente de identidad y que impulsa la hegemonía de un determinado arquetipo de personas y personalidades. La generalidad de la sociedad vincula la música al quehacer diario, música para hacer los deberes domésticos, música para los festejos, música para estudiar, música para relajarse, para comprar y con esto olvida la finalidad última de la música.

Así, la educación en las artes musicales navega, a través de su historia en nuestro país, como un barco sin velas de esos que arrastra la corriente más dominante, dejando de ser una herramienta de conocimiento.

Durante el segundo gobierno de Michel Bachelet, se impulsó una nueva versión de la política nacional del campo de la música, el que en su segunda línea nos habla de la música como “una industria en expansión, que ha experimentado el mayor nivel de crecimiento de todos los sectores que conforman la industria creativa”. A continuación, se esfuerza en aclarar que no se restringe a lo económico.

En la práctica, la educación musical ha dejado, hace bastante, de ser entendida como un arte, que comulga y se mece en las aguas de la estética/ética. En sentido estricto ha pasado a ser un instrumento de rehabilitación de los males de la sociedad neoliberal. Así el verdadero enemigo del arte es el neoliberalismo el cual tiene como eje funcional al individuo y su producción artística, dentro del marco de las políticas de consumo, en pocas palabras, “lo que quiere la gente”. Surge un violento énfasis en la construcción de una hegemonía de la belleza, la narco cultura avanzando a pasos gigantes y los esteticismos propios de un modelo que oprime a la mujer, al “perdedor” y sume a nuestros jóvenes y niños, en un mundo creado por y para el consumo, el cual no pueden satisfacer y los torna enajenados frente al acontecer social. Por otra parte, los dispositivos de reproducción facilitan aún más el consumo de la música sin dialogo ético-estético.

Frente a lo anterior se suma un programa curricular que asume al estudiante como un producto en serie, que ha de tener las mismas características en todo el país, en circunstancias que es uno de los países más desiguales del planeta. Así, se pretende que a los diez años un estudiante comprenda una obra de György Ligeti, sin antes comprender el movimiento de la música contemporánea, lo cual remite al estudiante sólo a distinguir instrumentos, siendo éste, un análisis bastante básico para pretender la adquisición de una cultura musical avanzada. Pues el desarrollo de las artes musicales está enfocado sólo a las competencias en el ámbito de la industria, replicando así, una y otra vez, el modelo de “música vacía”. Aparecen los agentes culturales quienes, serviles a las políticas neoliberales respecto del arte, sumergen al artista en una lógica de construir para la multitud y con la constante amenaza del no financiamiento.

Frente a la pandemia que hoy vivimos, nuevamente la educación musical recibe un embate certero, al pretender el gobierno que se estudie música por vía remota, lo cual es una contradicción en sí misma al entender que la música es un arte que dialoga entre el individuo y el colectivo en forma equilibrada y presencial. Su enseñanza no es de otra forma pues el sonido es en principio físico “la sensación producida por las ondas sonoras en un medio físico”. Esto es precisamente el aire que está entre una persona y otra, y en un sentido ético la transmisión de los afectos entre pares (y dispares), la comunicación, organización y construcción de un conjunto de pensamientos que se alinean en un solo producto que representa al colectivo. Y es justamente esto lo que presenta la contradicción.

Hay que fomentar la comunicación entre lo ético y lo estético, de esto depende el desarrollo de las artes como un patrimonio humano que es fondo y forma. Que en esencia es libre de pensar y de crear. Parafraseando al cuentista italiano Gianni Rodari, la música debería enseñárseles a los niños, no para que sean artistas, sino para que no sean esclavos.

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