Esto será una catástrofe no solo sanitaria, será una catástrofe social de envergadura. Desastre que tendrá un final no sólo con el control del virus, sino un final social con frustración y rabia del pueblo.

 Pablo Monje-Reyes

Miembro del Comité Central del Partido Comunista

02/04/2020. Santiago. Durante los últimos meses Chile cursaba una de las crisis políticas más potente de sus últimos 30 años. Un pueblo insurrecto en las calles gritando justicia, reclamando derechos, exigiendo dignidad. Un sistema político acorralado con la derecha en el gobierno reprimiendo y golpeando al pueblo, con un parlamento asustado legislando con pánico y con la música de la derecha, y un poder judicial asumiendo su condición de ser la mano larga de la represión por medio de procesos judiciales de dudosa imparcialidad. Esa era la escena, una tragedia política para la derecha y para quienes se vanagloriaban sin pudor ni remilgo de ser los autores de una transición democrática ejemplar.

Pero, como dice un viejo adagio, “todo mañana puede ser peor”. Y así fue y todo fue para peor. Cayó sobre nuestras ciudades una pandemia que avanzaba con paso firme desde las lejanas tierras del Oriente cruzando por las tierras de la media luna roja, caminando a paso lento por la vieja Europa hasta llegar a las tierras del norte de América, entrar en las islas del Caribe y avanzar raudamente sobre los paisajes de la América del Sur. Esta pandemia mundial avanzó como las plagas de langostas de antaño, como la globalización de la tercera vía socialista en manos del neoliberalismo de los años noventa. Y quienes traen el virus a Chile son los privilegiados de siempre, los que vienen de vuelta de sus vacaciones en Europa y en el lejano Oriente, los paltones, los cuicos, los dueños del país, los que viven en las comunas más ricas y privilegiadas de Santiago.

Así, en Chile y con la derecha gobernando ha intentado por todos los medios detener el avance de esta tragedia sanitaria. Pero lo intentan de la única manera que saben hacerlo, haciendo negocios, porque su paradigma, su relato fanático y compulsivo, dogmático y clasista, es el mercado. Toman medidas tardías comprando insumos insuficientes, arrendando espacios e infraestructura a sus amigos y parentela justificando que son las mejores medidas recomendadas por sus “expertos”. Pero, siempre hay algún ciudadano o ciudadana que los denuncia y demuestra que son simplemente negocios entre ellos, entre los mismos dueños del país, los de siempre en su añeja e histórica relación oligárquica y endogámica.

Las consecuencias desastrosas de esta crisis tienen su origen en el modelo neoliberal que existe hoy en Chile y desde hace décadas, desde septiembre del año 1973 para ser más precisos. Efectivamente, este sistema  permite que tragedias como la que hoy vivimos no puedan enfrentarse poniendo en el centro de las decisiones de Estado al ser humano y su supervivencia, sino, por el contrario, pone como criterio de solución al mercado y al lucro con toda la inhumanidad que rige a este sistema capitalista extremo, y que ahora son condiciones amplificadas por la existencia de un gobierno represivo-empresarial que buscará por todos los medios que el costo de esta crisis la paguen los trabajadores y el pueblo.

De este modo, obligan al pueblo a seguir trabajando y a continuar día a día desplazándose por la ciudad de extremo a extremo, obligándolo a ir a cuidar y a laborar con las familias contagiadas del barrio alto. Al mismo tiempo, declaran cierres sanitarios para estas comunas distinguidas y favoritas usando a las Fuerzas Armadas y de Orden, militares y policías que son financiados con recursos fiscales, por tanto, son cierres sanitarios que pagamos todos los chilenos. Pues, no olvidemos que los recursos públicos del presupuesto de la nación salen principalmente del impuesto al consumo, el famoso IVA, que como ya sabemos, es un impuesto que pagamos todos los chilenos y chilenas, es decir, finalmente los costos los pagamos las mayorías explotadas y postergadas de país. Los ricos, una vez más, esa ínfima minoría de Chile, evade impuestos pero se beneficia de los recursos públicos en plena y dramática crisis sanitaria.

Por otro lado, los empresarios dicen que el país no debe parar la producción porque si lo hace la catástrofe económica será histórica. Obligan ir a trabajar a hombres y mujeres exponiéndolos al virus, exponiéndolos a la muerte. Los empresarios bancarios proponen “solidariamente” suspender cuotas de créditos, otorgando otros créditos que en el largo plazo será pagar el doble. Los empresarios de las Isapres suben el valor de los planes de atención de salud sin tapujos ni vergüenza ante la epidemia sanitaria, y en gestos “humanitarios” pueriles aceptan postergar pagos y reajustes establecidos unilateralmente por 3 meses, es decir, no están dispuestos a rebajar ni un peso sus históricas ganancias exorbitantes y obscenas. El gobierno presenta un plan de protección económica que protege a los empresarios mientras las y los trabajadores deben protegerse con sus propios medios y en total desamparo, como también se abandona a los pequeños y micro empresarios que finalmente son tan explotados como los trabajadores. Por último, cuando los grandes empresarios deciden que no tienen recursos para mantener el sueldo a sus trabajadores, se comienza a despedir con la complicidad del gobierno y la dirección del trabajo que dicta las regulaciones que avalan estas medidas de brutal desprotección laboral.

Esto será una catástrofe no solo sanitaria, será una catástrofe social de envergadura. Desastre que tendrá un final no sólo con el control del virus, sino con frustración y rabia del pueblo que -y sin lugar a dudas- la va a canalizar nuevamente por medio de la movilización social, pero con una diferencia fundamental: esto ya no será solo resolver el problema político de una nueva Constitución, el problema que el pueblo saldrá a resolver en las calles es quién y quiénes deben dirigir la República. Porque si al multitudinario estallido social iniciado en octubre pasado lo llamamos la tumba del neoliberalismo, a esta pandemia del Covid-19 la debemos calificar como el epitafio del modelo, ya que la sociedad chilena hoy adquiere la certeza plena y absoluta que democracia y neoliberalismo resultan una contradicción fatal e insostenible, de esta manera, la nueva Constitución que ya nace y germina en la conciencia popular va a instalar pronta y definitivamente una sociedad de Derechos, en donde salud, educación y jubilaciones para las mayorías sean inversiones sociales infinitamente más importantes que armas, represión y privilegios para unos pocos.