En un régimen ultra presidencialista una cosa es la confianza que deposita el presidente en sus ministros y otras autoridades nombradas por él.

Sólo unos minutos en mi oficina y ahí reflexioné en solitario. Como cuando uno está sólo con su conciencia y experimenta lo que se llama la responsabilidad del poder y la soledad del poder”.

Sebastián Piñera, inauguración ENADE, 29 de enero 2020.

Fernando Bahamonde

Profesor. Punta Arenas

06/02/2020. A lo que hacía referencia Sebastián Piñera sobre la soledad del poder es a un momento en el cual cedió posiciones sobre el cambio de Constitución la noche del 12 de noviembre recién pasado, para materializar el acuerdo por la paz que finalmente se concretó el 15 de noviembre. 

La descripción del momento hecha por su protagonista posee elementos casi místicos, pareciera ser que, frente a la convulsión social en las calles de Chile, el estadista enfrentó su destino miró al cielo y encontró una salida a la crisis.  

Sin embargo, en un régimen presidencialista donde el rey sol es el primer mandatario la soledad es un sentimiento por lo menos curioso porque todos los que le rodean deben responder porque fueron nombrados por el presidente y, además, se supone que comparten un proyecto común. Entonces, la soledad obedece a que no se tiene respuesta y el proyecto común se desbarató.  

Si hacemos una breve cronología de hechos desde el 18 de octubre en adelante, tal vez podemos comprender la soledad que experimentó Piñera.  A diez días del inicio de las movilizaciones el presidente debió cambiar de gabinete lo que significó la salida de su “primera línea”, círculo de hierro y confianza que lo acompañó en la primera administración.

Luego, la no confirmada, pero casi segura negativa del ejército de volver a salir a las calles si no existían garantías para evitar procesos judiciales frente a potenciales violaciones de DD. HH con la población civil. Este hecho, en definitiva, fue lo que habría obligado a ceder al ejecutivo e iniciar el proceso constituyente.  

La trifulca en el seno de la misma derecha después de la firma del acuerdo del 15 de noviembre, no sólo se produce por los desacuerdos entre los presidentes de la UDI y RN, sino también porque la tienda ubicada en calle Suecia cuestionó como interlocutor al ministro del Interior, cosa que era más fácil que criticar al propio presidente. Por otra parte, casi la totalidad del sector trabaja para no llegar al plebiscito del 26 de abril argumentando que no existen las condiciones de orden público y que el proceso constitucional arrojará al país por dos años al caos.

Pero si no están dadas las garantías para el orden público para el evento eleccionario, en efecto, es porque el gobierno no tiene el control de la situación y los dos años de caos, son precisamente el tiempo que le queda de mandato a esta administración, que paulatinamente ha dejado de ser el gobierno del sector porque de no concretarse el plebiscito el ejecutivo caerá estrepitosamente. Cabe señalar, que estos argumentos de la derecha son falaces ya que evitan cambiar su Constitución, pero también le aportan soledad al personaje.

Por último, los resultados de la última encuesta del Centro de Estudios Públicos nos abren grandes interrogantes. Es preciso recordar que el CEP es centro de estudios de los empresarios más influyentes, por tanto, es el instrumento que tienen en sus manos las mayores fortunas de nuestro país para crear opinión pública.  El porcentaje de rechazo y adhesión obtenidos por la figura presidencial indican que los antiguos socios se desentendieron de uno de los suyos.

Uno de los principios más valorado dentro de la derecha es la lealtad, pero esta es de carácter individual. Mas que a propósitos o ideas obedece a una relación personal que proviene del establecimiento de relaciones clientelares. La lealtad desarrollada de este modo es comprada, en ocasiones se origina producto del establecimiento de lazos laborales en empresas para luego seguir siendo efectiva en el aparato público. Entonces, esta lealtad es servicial y en consecuencia circunstancial.

En un régimen ultra presidencialista una cosa es la confianza que deposita el presidente en sus ministros y otras autoridades nombradas por él. No obstante, otra cosa es la lealtad que le profieren los nombrados al primer mandatario. Cuando han caído las encuestas, el programa de gobierno está en el suelo y se tranzó con la Constitución elemento básico que ha cohesionado por décadas a toda la derecha y el presidente sigue cometiendo errores cada día más forzados; es posible que observemos los próximos meses la pérdida total de lealtades y muchas figuras comiencen a abandonar el barco. Asimismo, lo que esta en entredicho es la posibilidad de que el sector de poder acceder a un nuevo gobierno. En esta lógica muchos buscaran un mejor árbol para arrimarse.

La soledad política, se constituye en frustración cuando se piensa que se tiene el poder y al querer ordenar o instruir no existe respuesta o esta es negativa. Eventualmente existen los instrumentos legales para sortear el temporal y el presidente tiene la potestad de usarlos, pero el problema es político estructural que abarca a toda la sociedad y coyuntural al residir en la misma figura presidencial. Al no existir voluntad de acción al mandato por parte importante de la derecha, los empresarios y las FF. AA, podemos hablar de soledad política y es cuando no se tiene el poder real. El gobierno no funciona como una empresa donde el dueño manda a pesar de sus decisiones erróneas.

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