La democracia liberal es una forma de régimen político histórico, con histórico queremos decir que es transitorio, y por ello superable.

“Disfrutamos de un régimen político que no imita las leyes de los vecinos; más que imitadores de otros, en efecto, nosotros mismos servimos de modelo para algunos. En cuanto al nombre, puesto que la administración se ejerce en favor de la mayoría, y no de unos pocos, a este régimen se lo ha llamado democracia (…)”.

Discurso Fúnebre de Pericles, 431 a.C.

Fernando Bahamonde

Profesor

29/01/2020. Conocemos la democracia liberal, en tanto la vivimos y en algunos casos como el chileno la padecemos. Esta opera sobre la base de un telón de fondo que son las relaciones asimétricas económico-sociales en lo que vendría a denominarse el modelo. Que a su vez determina las relaciones políticas también asimétricas del conjunto de la sociedad.

La democracia liberal es una forma de régimen político histórico, con histórico queremos decir que es transitorio, y por ello superable. Este régimen se sustenta en un marco jurídico-legal como la Constitución que finalmente dan forma a las instituciones. Sin embargo, lo que articula todo el esqueleto democrático liberal es el principio de representación en el cual el ciudadano delega su voluntad en otros que ofician como representantes.

La democracia liberal requiere dotar constantemente de legitimidad la representación, por ello se convoca cada cierto tiempo a los ciudadanos a pronunciarse sobre la prolongación o no del mandato en un reducido número de mandantes. Aquí reside el primer conflicto porque se pueden modificar individualmente a los representantes a través del voto, pero no existe posibilidad para modificar el telón de fondo de las relaciones económico-sociales.

En sí, la democracia liberal entraña una bestia que se llama fascismo que se manifiesta en épocas de crisis económica, social y política.  El siglo XX fue prolífico en salidas de esta naturaleza. Hoy paulatinamente han ido ganando terreno, frente a los conflictos uno de cuyos epicentros es la representación, la versión fascista del siglo XXI denominada democracias iliberales.

Esta forma, que no es democrática, se funda en un autoritarismo que se recubre de leyes para ejercer una dominación de nuevo tipo. Sigue existiendo la estructura tradicional de la democracia liberal, como congreso y legislación, gobierno y separación de los poderes del Estado, pero es una imposición autoritaria que se instituye en un primer momento por medio del voto, el paso posterior es cerrar el círculo de la democracia tradicional por medio de leyes hacia un régimen fascista.

Este es el espectáculo que presenciamos en Chile cuando se aprueba la idea de legislar y se aprueban leyes, incluso con el concurso de la “oposición” para reprimir la movilización social.

Sí la democracia liberal es un problema en sí misma por su contenido legitimador, por su telón de fondo de relaciones económico-sociales asimétricas y porque potencialmente engendra el demonio del fascismo. Entonces, cabe preguntarse qué puede llegar a ser la democracia.

Como primer elemento se debiera invertir la idea de que lo económico como acción de minorías prima por sobre lo político, por el contrario, lo político determina lo económico en el entendido que lo político es la construcción de mayorías activas en participación.

En nuestro país un sector de los representantes políticos le debe más al gran empresariado que a los ciudadanos electores, porque hay que insistir que la esfera económica supeditó la política al comprarla.  

Se desprende de este hecho una nueva inversión que a afecta el supuesto de la representación liberal. La representatividad contiene una diferenciación de minorías activas – o lo que se le ha denominado clase política- sobre mayorías inactivas cuya participación se limita al voto. En la práctica este hecho significa que existen gobernantes y gobernados, en consecuencia, dominación.

La representación demanda dispositivos de monitoreo y fiscalización de las mayorías respecto a los representantes que concluyen con la revocación de mandato. Y la participación ciudadana; además de los mecanismos existentes como la iniciativa popular de ley, los referéndum y plebiscitos, nos obliga a explorar nuevas formas de participación que emerjan desde el espacio local.

La democracia vive y vivirá en permanente construcción, ya que es el proceso de transformación del individuo a sujeto de derechos y finalmente en ciudadano cuyo espacio es el colectivo de la política donde se sueña, se disputa, se gana y se pierde junto con otros. Porque no se puede ser libre, sino que entre otros seres humanos libres.

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