Se le quebró el “circulo de hierro” a Piñera y se le desbarató la agenda

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Revuelta social lo obligó a cambiar su equipo ministerial. El duro caso Ward. La gravedad en derechos humanos. Los cuestionamientos a ministros que se quedaron.

Hugo Guzmán. Periodista.28/10/2019. Uno de los impactos de la movilización social y popular de estos días en el corazón del gobierno fue el obligado cambio que tuvo que hacer el Presidente Sebastián Piñera en su equipo ministerial.

La revuelta ciudadana le quebró su “círculo de hierro”.

Y le desbarató su agenda que ahora operará una modificación sustancial.

Esa es la apreciación instalada en la mayoría de análisis y declaraciones desde los medios de comunicación y el mundo político.

En el lenguaje de la caracterización de personeros y sectores de la derecha, con el cambio de gabinete ministerial salió parte del grupo de “los coroneles”, de “los halcones” y de los ultraneoliberales, entre ellos Andrés Chadwick (histórico dirigente del grupo “más duro” de la Unión Demócrata Independiente -UDI-), Felipe Larraín y Juan Andrés Fontaine (defensores a ultranza del modelo económico-financiero hegemónico) y Cecilia Pérez (caracterizada por su estilo de confrontación y de posturas conservadoras) quien fue relegada al Ministerio del Deporte, probablemente en una movida destinada a no sacarla del todo del gabinete.

Y entraron o se reforzaron los que se definen como “las palomas”, entre ellos Gonzalo Blumel (de Secretaría General de la Presidencia a Interior), Ignacio Briones (destinado a Hacienda), Karla Rubilar (Intendenta de la Región Metropolitana a vocera de La Moneda), Julio Isamit (era Jefe de Gabinete de Blumel y pasó al Ministerio de Bienes Nacionales), María José Zaldívar (independiente, piñerista, que se hace cargo de Trabajo y Previsión Social, hija del ex dirigente democristiano Adolfo Zaldívar, fallecido) y Lucas Palacios (colocado en Economía). A estas “palomas”, con sus matices, se les muestra como “recambio generacional”, “nuevos rostros”, “liberales”, “moderados” y de un grupo “distinto” a quienes fueron parte de la dictadura y de los sectores “históricos” de la UDI y de Renovación Nacional (RN).

Quebrado el “círculo de hierro”, no por decisión propia sino por la presión social y la crisis política, Piñera apostó por este grupo “nuevo” para intentar contrarrestar su pésima situación (sintetizada en el 14% de aprobación y cuestionamientos de todo tipo desde el oficialismo y la oposición), presentar “un cambio” en su gobierno y hacer un diseño “renovado” para asumir las crecientes y masivas críticas a su gestión y sus decisiones.

Eso quiso expresar cuando afirmó que “Chile cambió y el Gobierno también tiene que cambiar para enfrentar estos nuevos tiempos”. Las y los nuevos ministros tendrían esa misión. Que lo logren, es otra canción.

De hecho, por ejemplo, Blumel encara ahora los serios problemas en materia de derechos humanos y la acción represiva y abusiva de Carabineros, los ministros de Hacienda y Economía tienen que lidiar con demandas sentidas de la población, financiamiento de medidas sociales, discusión del Presupuesto 2020, la ministra del Trabajo con la postura ante la iniciativa de 40 horas y la insistencia oficialista de precarización y flexibilidad laboral, y la vocera con la herencia de una voz autoritaria, rígida, descontextualizada y agresiva que dejó Pérez.

Las malas credenciales de Ward

Caso disonante con “las palomas” y “liberales” es el de Felipe Ward, que asumió en el Ministerio Secretaría General de Gobierno. Contradictorio también, porque si desde distintos círculos se hablaba de la “transversalidad” en el vínculo de Blumel (quien estaba en esa cartera) con la oposición en el Congreso, en el caso de Ward los anticuerpos y reticencias son altas.

Hay versiones todavía no confirmadas de que Piñera barajó su nombre para Interior, pero algunos asesores le advirtieron que, precisamente por esos anticuerpos generados por posturas ultraderechistas de Ward (militante de la UDI y adscrito al “sector duro”), no era el personero adecuado para estas circunstancias.

En efecto, Felipe Ward es un ultraconservador que protege esa posturas al interior de la UDI, fue o es cercano al ex candidato presidencial de la ultraderecha, José Antonio Kast, hizo una labor parlamentaria contra todo proyecto reformista o transformador, y se destacó por sus polémicas políticas a través de exteriorizar sus posturas.

“Los derechos humanos son una especie de cajero automático que usa la izquierda para sacar plata”, declaró Ward alguna vez. También afirmó su opción de “mano dura contra los encapuchados cobardes y fin del tema”. Se enojó con el propio Piñera cuando éste habló de “cómplices pasivos” refiriéndose a gente de derecha durante la dictadura y planteó, Ward, que “molesta cuando habla de cómplices pasivos”. Y tuvo arranques como sostener que Camila Vallejo “da para concurso de belleza y nada más” y la denominó “miss comunismo”.

Era evidente que con esas credenciales vendría una lluvia de cuestionamientos como Ministro del Interior. La duda es si esa misma lluvia no le caerá ahora que tenga que aparecerse en el Parlamento como ministro de la Secretaría General de la Presidencia y negociar con la oposición, donde hay muchísimas diputadas y diputados altamente preocupados de la violación a los derechos humanos, son críticos ante quienes defienden a la dictadura y el papel represivo, y específicamente hacia quienes tuvieron o tienen actitudes machistas y despreciativas, y frente a un arco que está porque el gobierno, después de los acontecimientos ocurridos, eche atrás varios de sus proyectos considerados “antipopulares”.

El cambio de agenda

Los acontecimientos ocurridos desde el 19 de octubre y que se siguen acentuando de distintas maneras, pusieron fin a la agenda de este gobierno. El movimiento social y popular le puso un alto al programa, las intenciones, proyectos y agenda de la segunda administración de Sebastián Piñera.

Ahora el mandatario tiene que rediseñar todo y todo hace prever que los dos años que le quedan serán destinados a paliar y sobreponerse a una situación de alta conflictividad social, amplificación de la demanda ciudadana, tensionamiento político y exigencias de distinta índole que él no tenía para nada previstas.

Algo esbozó Blumel cuando, al hablar del obligado cambio de equipo ministerial, apuntó que “no solo cambian las personas que están, sino también las prioridades, que se enfocan en una dirección alineada con lo que la gente nos está planteando”.

Luego, el nuevo jefe de gabinete, dando su opinión y al mismo tiempo delineando lo que le habría pedido Piñera, estableció este lunes que lo “primero es buscar el diálogo incansablemente con todos los sectores políticos, sociales, del mundo público y privado, porque es el único camino que nos va a ayudar a superar las dificultades tan grandes que hemos tenido en el último tiempo”. En la línea de lo sostenido por otros ministros y dirigentes de la derecha, el titular de Interior expresó: “También priorizar una agenda social”.

En lo que se ha visto hasta ahora, en realidad Piñera estaría enfocándose en “medidas sociales”, “diálogos sociales” y operaciones políticas y comunicacionales que le permitan rediseñar la agenda nueva, establecer que está dando respuestas a la crisis y que está encaminado a instalar soluciones. Hasta extremar episodios, como el haberse mostrado feliz con la multitudinaria marcha del 25 de octubre y querer capitalizarla, cuando fue en contra del modelo y la institucionalidad que él protege y en contra de él mismo.

La incógnita, en todo caso, es qué agenda, qué discurso, qué proyectos, qué lineamiento político y económico va a trazar con los nuevos titulares el Interior, Segegob, Hacienda, Economía y Trabajo y Previsión Social, carteras claves en todo lo que son las demandas populares y las iniciativas sobre la carpeta de temas nacionales.

Una mirada de la oposición

En este marco se produjeron declaraciones de personeros de la oposición. El presidente del Partido Socialista (PS), Álvaro Elizalde, declaró que “más importante que el cambio de rostros, es el cambio de políticas, el cambio de agenda”. Y lanzó desafíos: “Debe abrirse (el gobierno) a un cambio institucional que permita profundizar nuestra democracia”.

“La primera tarea del nuevo ministro del Interior es colaborar, de inmediato, para esclarecer las graves violaciones a los derechos humanos perpetradas por agentes del Estado en estos días. Esperamos apertura efectiva a cambios reales, no puestas en escena con aplausos y vítores”, sostuvo el presidente del Partido por la Democracia (PPD), Heraldo Muñoz.

El democristiano y presidente de la Cámara de Diputados, Iván Flores, indicó que “más que los nombres, lo sustantivo y lo que todos esperamos es un cambio de rumbo, es un golpe de timón”.

Carlos Maldonado, timonel del Partido Radical, afirmó: “Enroques, ascensos, nada que muestre un real cambio de rumbo. Gobierno sigue atrapado en su burbuja, mala señal”.

Cuestionamientos a los que quedaron

Nada fácil parecen tener el camino algunos de los ministros que seguirán en sus cargos por decisión de Sebastián Piñera.

Están creciendo las críticas en torno del ministro de Defensa, Alberto Espina, por el papel represivo que pudieron jugar elementos del Ejército durante el Estado de Emergencia y Toque de Queda, y por su responsabilidad política en todo lo que fue la aplicación de medidas de excepción y el rol de las Fuerzas Armadas.

Se esperó que fuera sacada del cargo la ministra de Transporte, Gloria Hutt, quien defendió tácitamente el alza del pasaje del Metro, que gatilló el estallido social de mediados de este mes y que, de acuerdo a diversos comentaristas, mostró incapacidad y desprolijidad en torno del inicio y desarrollo de la crisis, y específicamente, hace tiempo, en cuanto a políticas de transporte público dando cuenta de las molestias de los usuarios.

El siempre cuestionado titular de Salud, Jaime Mañalich, sigue con sus polémicas declaraciones, una de las cuales las hizo en medio de las inmensas revueltas sociales y que fue cuestionado airadamente. Despreciando la movilización ciudadana, afirmó que “creo que no es apropiado que, porque pase una marcha en la calle cambiemos totalmente esta ley”, en medio del análisis de una indicación a la legislación de enfermedades catastróficas que se discutía en la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados. Ya  se sabe las consecuencias de ese tipo de arrebatos de ministros.

Está en la mira de la oposición y del mundo estudiantil y magisterial la ministra de Educación, Marcela Cubillos, quien se salvó de una acusación constitucional por, de acuerdo al criterio de amplios sectores de la oposición política y social, no cumplir con sus deberes y atentar contra la educación pública.

Teodoro Ribera, el Canciller, tiene encima una enorme presión por la expectativa en cuanto a si se podrá o no realizar las cumbres APEC y COP25, dada la situación interna del país de crisis social y política, la cual parece extenderse en sus diversas expresiones. Esto contempla el análisis que se haga del grado de organización y convocatoria de decenas de colectivos de la sociedad civil que esperan manifestarse cuando se desarrollen esos eventos, y la propia evaluación que hagan los gobiernos y equipos presidenciales de quienes están convocados. La no realización de una o las dos cumbres, sería una derrota política y diplomática del gobierno y particularmente del Canciller Ribera.

Está pasando la tormenta con cierta quietud, pero con la grave situación de violaciones a los derechos humanos, con un par de miles de víctimas por distintas causas, el ministro de Justicia y Derechos Humanos, Hernán Larraín, está ad portas de una crisis en torno de su cartera y podría entrar a la primera línea de cuestionamientos y acorralamiento político y social, inclusive internacional.

 

 

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