Vuelve a crecer la censura en Brasil

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El proyecto que tienen los hombres y mujeres que en este instante tienen el poder, es recuperar un cierto “Brasil tradicional”.

Hélio Rocha

Columnista Brasil 247

25/09/2019. En Brasil y, creo que, en toda América Latina, ya se conocen los delirios autoritarios del gobierno de Jair Bolsonaro (PSL) que comenzó en enero de este año y que sigue profundizando la agenda conservadora anunciada por su ministra Damares Alves que, aunque parezca sacada de un chiste, es bastante real: “los niños se visten de azul y las niñas se visten de rosa”. Esta fue la directriz para el abordaje de los conservadores en el Ministerio de Derechos Humanos, antes un espacio progresista, incluso para gobiernos de centroderecha.

Hoy en Latinoamérica, estamos viendo un tipo peor de conservadores; una mezcla de protestantes pentecostales ultra liberales, con integrantes de las Fuerzas Armadas y órganos de protección urbana, nostálgicos de la dictadura brasileña de 1964-1985. La misma dictadura que (en números actualizados por la Comisión Nacional de la Verdad) asesinó a casi 10 mil personas, entre agentes de organizaciones paramilitares de izquierda, políticos de oposición, además de miles de indígenas en proyectos de construcción de carreteras en la Selva Amazónica en base, solamente, al frenesí nacionalista. Estas autopistas ya no existen más y han sido retomadas por la selva.

El proyecto que tienen los hombres y mujeres que en este instante tienen el poder, es recuperar un cierto “Brasil tradicional”, lo que añade diferentes violaciones a las conquistas de los trabajadores y de las minorías, además de a la soberanía nacional.

Bolsonaro, con un ministro de Economía formado en la Escuela de Chicago, se acerca más a la dictadura de Pinochet (1973-1990) que a los regímenes más nacionalistas de Brasil y Argentina del mismo período.  Paulo Guedes, su “Chicago boy», rentista, que nunca estudió o trabajó en la gestión pública, esta ahí para privatizar toda la estructura pública brasileña, algo que ni siquiera los militares se atrevieron a hacer.

Dicho esto, no es necesario explicar que, para conseguir todo esto sin levantar una revuelta popular, uno de los campos sobre los cuales el gobierno debe actuar son las artes y el entretenimiento, autorizándolos, solamente, cuando vayan acorde a su propuesta autoritaria. Es la vieja práctica de las dictaduras, con las icónicas imágenes de agentes del Estado quemando libros, desde el nazismo hasta la película Fahrenheit 451, de Michel Truffaut.

Y es lo que viene pasando en Brasil desde la asunción de Bolsonaro, a través del Ministerio Público, órgano responsable de investigar ilegalidades públicas o privadas como presentaciones de teatro, exposiciones artísticas y películas de cine.

El año pasado, aún con Michel Temer (2016-2018) pero ya con la ultraderecha bolsonarista rugiendo odio contra las izquierdas por todo Brasil, una exposición fue cerrada en Porto Alegre, capital del Rio Grande do Sul, por presentar obras de arte contemporáneo, muchas de artistas consagrados, como Lygia Clark, con la temática de la diversidad de género. Más tarde, un espectáculo de teatro fue interrumpido y cancelado porque representaba la pasión de Cristo hecha por un Jesús transexual.

Después de muchos otros casos similares -al menos diez-, el próximo 20 de noviembre de 2019 será la fecha que va a consolidar, definitivamente, la censura en Brasil, porque alcanzará a una obra de gran repercusión, en una expresión artística popular como es el cine.

La película Marighella, del cineasta Wagner Moura (conocido por ser el capitán Nascimento en la cinta Tropa de Élite) cuenta la historia de Carlos Marighella, el poeta y diputado que fue tres veces expulsado de la vida pública por el autoritarismo, en una de ellas torturado y preso por casi una década.

Desconfiado de la democracia burguesa, hecha para que ganen las elites y golpeada cuando gana el pueblo, Marighella se alzó en armas e inició la Acción Libertadora Nacional (ALN), un grupo de guerrilla que buscaba hacer la revolución brasileña a su propia manera, aprovechando las experiencias de Rusia, China y Cuba, pero creando un modelo único de asaltos, secuestros y ataques urbanos a vehículos y propiedades militares como forma de llamar al pueblo a la revolución. Algo similar a lo que hace el terrorismo árabe.

El personaje es controversial. Su historia dice mucho sobre cómo nace la violencia como resistencia al poder autoritario. Marighella era un hombre negro, nacido en los barrios más pobres de Salvador, capital del estado de Bahía, al nordeste de Brasil, la región que siempre fue la más pobre y el reducto de las luchas revolucionarias y las izquierdas en el país.

Así, la idea de narrar la lucha de Marighella por representar honestamente a los desvalidos, primero con la poesía, después en la política, jamás ha logrado éxito por la obstrucción de la burguesía clasista y racista brasileña, hija del colonialismo esclavista y de una independencia no luchada.

Carlos Marighella fue torturado y muerto en 1969, sin derecho a defensa, cuando entraba en su coche camino al sitio donde se escondía. Había un importante partido de fútbol en el Pacaembú, en São Paulo, cuando la radio anunció su muerte. La respuesta fue un silencio ahogado, de la masa pobre que tenía en él un representante de la lucha por un Brasil libre, pero al que no podían reivindicar públicamente.

Bolsonaro cortó las subvenciones para que se presente la película en las salas de cine brasileñas. Posiblemente será un suceso en el exterior, llegando al Festival de Cannes, quizá al Óscar y, mientras Bolsonaro se mantenga en el poder en Brasil, solo estará disponible para descargas ilegales. Así llegará a un punto crítico la censura a las artes en el nuevo autoritarismo, instalado en el poder por fraudes electorales y manipulaciones de los medios de comunicación social.

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