En nombre de la democracia y la inclusión, se ha excluido sistemáticamente a “los fanáticos de extrema izquierda”, difundidos como dementes intolerantes, que no deben propagar su ideología.

Max Oñate Brandstetter
Cientista Político, licenciado de la Universidad Academia Humanismo Cristiano 

26/03/2019. Toda forma de construcción política (régimen) necesita, para consolidarse y funcionar, una mayoría social de respaldo, o bien, cuando es resultado de un proceso forzoso e ilegal de la toma del poder público, la dominación no solo puede cimentarse en el ejercicio de la violencia armada, necesita de un meta relato (aceptación social) que valide y haga posible su extensión (temporal y territorial) y operación mecánica de la política cotidiana.

La dictadura militar, encabezada por Augusto Pinochet, buscó su validación en tópicos como la unidad nacional, las raíces fundacionales religiosas de la República y la necesidad de poner fin al caos económico y del temor de perder la propiedad privada y la prosperidad; cosa diametralmente opuesta al colectivismo marxista.

Estos ejes comunicacionales permitieron –no sin severos problemas- consolidar y extender una forma de gobierno, durante 17 años, sin embargo, este régimen, termina cayendo cuando se disipa toda su hegemonía. Al nacer la República Bolivariana de Venezuela, necesitaron validarse ante sus ciudadanos, ganando ampliamente las elecciones, posteriormente al intento de golpe de Estado realizado por Hugo Chávez, académicamente con esta propuesta del “Socialismo del Siglo XXI” y ante la región, con su proyecto macroeconómico, de cooperación e integración, llamado UNASUR, como la encarnación del meta relato bolivariano.

Para muchos, el proyecto venezolano es un proyecto que se quedó a medias, cometiendo los mismos errores estratégicos de los gobiernos socialistas legales –de la región y del mundo- al no establecer una fuente de abastecimiento alimenticio propio, lejos del control del mercado, que es y sigue siendo, el arma principal de la oposición política y económica de aquellos proyectos. Este proyecto se ha extendido por mucho tiempo –si le comparamos con el caso Chile de Allende- por factores clave como la fuerzas armadas, leales constitucionalmente al bolivarianismo, principalmente por la figura del caudillo militar, jefe supremo, director y fundador del proceso, y del amplio apoyo de los sufragios, que, aunque cuestionables para muchos, cuenta con el renombre de elecciones “transparentes y limpias” ante la opinión pública internacional.

Los intentos de derribar al “chavismo” se han ido perfeccionando, desde el llamado a la desobediencia militar, el golpe de estado cívico militar, la no cooperación activa, las elecciones democráticas, recitales “por la paz”, exhibiciones públicas de “ingreso no autorizado de ayuda humanitaria”, entre otras estrategias.

Tras los cambios de gobiernos en los países del vecindario sudamericano, se han retirado de UNASUR, Chile, Argentina, Brasil y Ecuador, agregándose Perú, Colombia y Paraguay en la lista de los disidentes.

Este aparente quiebre de las coordenadas en la hegemonía local, ha terminado por crear este organismo llamado PROSUR, como una manera de aislar –o de desvalidar- la influencia y hegemonía “bolivariana” en la región.

Si bien es cierto que para algunos expertos y participantes de UNASUR, esta organización presentaba fallas –como el hecho de que todo se basaba en la unanimidad, de no haber consenso unánime no hay nada- la opinión pública de los gobiernos de derecha, de los países que formaron parte de UNASUR bajo ropajes de centro-izquierda, establecen que la contrapropuesta viene a ser un órgano necesario –pues decretan la muerte del anterior- superando los “ideologismos”, colocando a la política en el terreno de lo técnico, operativo y real, frente a “las fantasías socialistas de ayer y hoy”, como una forma de romper la hegemonía externa del régimen de Venezuela.

Lo curioso es que, en nombre de la democracia y la inclusión, se ha excluido sistemáticamente a “los fanáticos de extrema izquierda”, difundidos como dementes intolerantes, que no deben propagar su ideología, sino operar bajo la adaptación pasiva al medio del “capitalismo global” o morir en el intento. Esta es una clara señal antidemocrática sesgada, que no admite gobiernos de izquierda prolongados, menos aquellos que cuentan con amplio apoyo en las fuerzas armadas. Los únicos militares en el poder que le gustan saborear a la derecha chilena, son aquellos gobiernos autoritarios anti izquierdistas, que cuando son diferentes, recién pasan a formar parte de los “enemigos de la democracia”.