Que no sea un movimiento pasajero, sino un movimiento estructurante de las luchas políticas, económicas, sociales y culturales de nuestro país.

Claudia Pascual

Ex ministra de la Mujer y la Equidad de Género

23/03/2019. El llamado a Huelga Feminista y a marchar en todo el país tuvo una acogida en amplios sectores de mujeres, de feministas, de organizaciones sociales, sindicales, territoriales, estudiantiles y juveniles, como también dentro del espectro de las y los militantes de partidos y estructuras políticas. Es indudable que han sido las movilizaciones más amplias y multitudinarias de las conmemoraciones del Día Internacional de las Mujeres Trabajadoras y por todos los derechos de las mujeres en la sociedad.

Los desafíos que nos dejan estas movilizaciones son avanzar en un movimiento social y político, político y social, cultural y económico, que sea amplio en la capacidad de aunar esfuerzos y alianzas con otros segmentos de la sociedad para avanzar más rápidamente en las trasformaciones que tanto necesita nuestro país. Donde las mujeres sean las protagonistas absolutas de este movimiento, pero también podamos sumar a los hombres a la transformación cultural, donde ellos reflexionen, se deconstruyan de la formación machista y aporten también a los cambios más acelerados en todos las instituciones, estructuras, colectivos y familias.

Otro desafío es también que esto no sea un movimiento pasajero, sino un movimiento estructurante de las luchas políticas, económicas, sociales y culturales de nuestro país, que sea un movimiento dúctil a la hora de las alianzas, pero fiero en la defensa de lo hasta ahora alcanzado y en la búsqueda de los nuevos derechos a conquistar para las mujeres.

Por eso es tan importante la amplitud de las demandas que se enarbolaron este 8 de marzo en las calles, centros de trabajo, centros educacionales, en los barrios, en las organizaciones políticas y sociales, en el debate de las familias, porque hablan de un Chile que debe ser distinto, más justo, más igualitario, sin abusos de los poderosos y sin violencia. Por eso no es de extrañar las demandas por más trabajo decente y estable, sueldos dignos y sin brecha salarial, nuevo sistema de pensiones, derecho a la vivienda digna, a una corresponsabilidad de verdad en el cuidado de los y las hijas, con salas cuna para todos los y las trabajadoras con hijos menores. Corresponsabilidad social en el cuidado de las y los familiares en situación de discapacidad, no valentes o adultos(as) mayores, con un sistema nacional de cuidado que nos sólo tenga en el centro a los(as) que requieren este cuidado, sino que libere de esta función que histórica, cultural y exclusivamente han realizado las mujeres en sus familias sin remuneración. Que se compartan las labores del trabajo doméstico porque es trabajo. Que se prevenga, sancione, repare y erradique la violencia contra las mujeres y de género en todas sus manifestaciones y contextos. Que ponga fin a la violencia contra las mujeres indígenas, en especial las mujeres mapuches, reconocimiento constitucional a los pueblos originarios. Que exista verdad y justicia plena para las violaciones a los derechos humanos en la Dictadura Civico-Militar. Que exista una ley de migraciones basada en los DDHH, y el pleno respeto a las mujeres migrantes. Por cierto terminar con la educación sexista, el fin a los liceos sólo de hombres o sólo de mujeres, educación sexual laica y en respeto a las identidades de género, aborto por plazos, seguro y gratuito, atención de salud pública de calidad en todo ciclo vital de las mujeres, que los programas que atiendan la infertilidad también estén en el sistema público como parte de las prestaciones, democracia paritaria y nueva constitución que consagre los derechos sociales y la igualdad y equidad de género.

Desafío será también el debate de ideas feministas, sobre todo cuando hay sectores que habiendo denostado de los feminismos, como movimiento político, o decretado que las demandas son innecesarias o poco representativas, luego en un acto casi de prestidigitación aparecen incluso declarándose feministas como la senadora Van Rysselberghe, cuando la propia ex senadora Lily Pérez reconoce que esa declaración significa que no ha entendido lo que es el feminismo. Esto no solo es un acto de instrumentalización por parte del gobierno de la Derecha, sino también una cortina de humo, un intento por ocultar cómo han votado frente a los derechos que les hemos arrebatado al capitalismo como organizaciones de mujeres, de feministas y de mujeres trabajadoras. Por tanto decir que la derecha siempre ha estado con estos derechos no es cierto, cuando hasta en los debates parlamentarios de los últimos 5 años, bajo el Gobierno de la Presidenta Bachelet,  se han opuesto a que el Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género se llamara así, por qué no el de la familia, se opusieron a los criterios de paridad en el cambio al sistema electoral binominal, cuando no comparten la educación no sexista, o cuando lo que ofrecen para más incorporación de las mujeres al mundo del trabajo remunerado fuera del hogar es más flexibilidad pero en condiciones de precariedad, o cuando siempre han cuestionado el acceso a método anticonceptivos de emergencia, la interrupción del embarazo en 3 causales o el derecho a decidir de las mujeres sobre nuestros cuerpos.

Es cierto que existen distintas corrientes de feminismos, pero declararse feminista desde la derecha hoy en nuestro país parece una mentira grande, porque no buscan ni terminar con el patriarcado, ni mucho menos con el capitalismo.

Por otro lado, un desafío interesante de estas movilizaciones y llamado a Huelga es entender por qué se logra la amplitud y masividad que hizo que a lo largo de todo el país se realizaran marchas masivas el día 8 de marzo de 2019. En primer lugar, es indudable el aumento de conciencia de las condiciones de discriminación, subordinación y de violencia que viven las mujeres no sólo en nuestro país, sino en el mundo. A pesar de que nadie puede negar que las condiciones de vida de las mujeres en nuestro país hoy son más avanzadas que hace 30, 50 o 100 años atrás, no es menos cierto que hay mayor conciencia de todo lo que nos resta resolver para alcanzar la igualdad y equidad de género plena, como también para erradicar uno de los problemas más generalizados y durante muchos siglos normalizado como es la violencia de género y en especial contra las mujeres. En segundo lugar, el cada vez más amplio y completo abanico de demandas y derechos a conquistar, desde la concepción de las autonomías económica, física y política de las mujeres (condiciones laborales, derechos sexuales y reproductivos, derecho a decidir, a organizarse y representar lo público, etc.), que hace que la diversidad de mujeres que habitamos nuestro país podamos encontrar espacios y demandas concretas para nuestra lucha. Tercero, el avance en la conciencia de que los derechos de las mujeres, la emancipación y liberación de las mismas de estas condiciones de opresión, discriminación y violencia, pasa también y junto a una transformación económica, política, social y cultural del sistema capitalista en el que vivimos. Capitalismo y patriarcado han sido un matrimonio perverso a lo largo de la historia para la condición de las mujeres en el mundo, y por cierto en nuestro país. En cuarto lugar, porque la transformación del sistema capitalista y patriarcal que se busca, implica también un cambio cultural que nos interpela como sociedad, estructuras e instituciones públicas y privadas, organizaciones sociales y políticas, como sistema educacional, como sujetos(as) y colectivos, y es tan profunda que no basta con una ley, una política pública, o una declaración pública para llevarla a cabo, sino que son todas esas acciones -y más a la vez y de forma sistemática- las que pueden hacer que se vaya cumpliendo. La tarea por la deconstrucción patriarcal, capitalista y machista es un esfuerzo consciente y sistemático en el tiempo, que requiere el concurso de todos, todas y todes en definitiva. Quinto, también se está produciendo la comprensión de que no hay un ranking o una prelación de demandas o derechos que indique qué es primero y qué puede esperar, sino que debemos avanzar en todas las direcciones al mismo tiempo, pero por sobre todo ha aumentado la impaciencia, o dicho de otro modo, aumentan las visiones y opiniones que debemos acelerar el paso de estas transformaciones y conquistas de derechos. Y por otro lado, y en sexto lugar, no podemos dejar de mencionar el papel que jugaron varios medios de comunicación al difundir las discriminaciones que viven las mujeres y generando expectativas frente a las movilizaciones.

Finalmente, este 8 de marzo más que nunca se levantan con más fuerza las demandas contra toda violencia hacia las mujeres y contra toda violencia de género. Seguir naturalizando un hecho de violencia de género y/o contra las mujeres es absolutamente intolerable, de ahí no sólo la necesidad de condena social, política, cultural y judicial, sino también terminar con la dilación en la condena frente a las manifestaciones de violencia extrema como el femicidio y la violación, debemos evitar la sensación de impunidad en la población, y muy en particular en las mujeres y sus círculos, que desacreditan el actuar de las instituciones públicas, organizaciones y colectivos.