Venezuela somos todos quienes propiciamos un mundo en donde la justicia social no sea una frase decorativa, sino una bandera que oriente y dignifique a los pueblos.

Isabel Gómez
Vicepresidenta Sociedad de Escritores de Chile (SECH)

18/02/2019. Emulando la obra Fuente Ovejuna cuya trama representa la sublevación de un pueblo cansado de la tiranía de su Comendador y que decide, por voluntad popular, vengarse ante el agobio y los abusos de poder. Una vez concretado los hechos los reyes mandan a juzgar a los culpables, sin embargo no le es posible porque todo el pueblo responden con firmeza: ¡Fuente Ovejuna fue! El imperio norteamericano concibe en su cabeza muchos “comendadores”, los cuales a través de la historia han perpetuado delitos contra la humanidad, apoyados por los lacayos de siempre, dispuestos a romper nuestras alas, pero nunca impedir nuestro vuelo.

Hoy todos somos Venezuela para alzar la voz y pedir paz para su pueblo. Aquellos que ostentan ser los nuevos “comendadores” de este siglo hay que responder con fuerza, al igual que Fuente Ovejuna, ¡Venezuela somos todos! Venezuela somos todos quienes propiciamos un mundo en donde la justicia social no sea una frase decorativa, sino una bandera que oriente y dignifique a los pueblos.

Si nos transportamos a la literatura venezolana nos encontramos con grandes nombres de la literatura universal, nombres que nos han enseñado el valor de la palabra, la poesía y las artes en general como un medio que nos significa y resignifica constantemente.

La Rica literatura venezolana recoge tópicos que la han hecho trascender las fronteras e instalar en nuestro imaginario figuras como Rómulo Gallegos, Víctor Valera Mora, Andrés Eloy Blanco, Elizabeth Schön, quien decía que “la poesía está aquí para los demás, no para alguien”. Todos ellos y ellas hicieron de la poesía y la literatura una fuente inagotable de conocimientos y aprendizajes que de alguna manera fueron en la búsqueda de la libertad, los sueños, los ideales de vida, tan necesarios en la existencia humana. Así aparecen en nuestra memoria nombres como Eugenio Montejo (Caracas. 1938-2008), quien en su poema: “Algunas palabras”, señala:

Algunas de nuestras palabras
son fuertes, francas, amarillas,
otras redondas, lisas, de madera…
Detrás de todas queda el Atlántico…

Me he detenido en este poeta, porque su poesía y su figura representan los anhelos de libertad y del sentido de humanidad que hoy reclamamos para nuestro pueblo hermano de Venezuela. No cabe duda que el anhelo de estos escritores, será el aliciente moral para impulsar, a través de sus voces el llamado internacional a levantar las banderas de la paz, la solidaridad y la sana convivencia entre los pueblos. Atrás quedarán quienes nuevamente, a través de acciones cobardes, han hecho de su política interna, el apropiarse de las riquezas de otros pueblos. La fuerza de la palabra es más poderosa y esta vez viene envuelta en poesía, cruza las fronteras y se avecina a través de los paisajes donde dejamos la esperanza tras el abrazo de los pueblos que luchan por un nuevo amanecer.

Vuelvo a la poesía de Montejo, quien nos educa a través de su palabra y nos invita a “despertar”, ¿será el llamado a comprometernos y a buscar la verdad, enunciarla y denunciarla más allá de nosotros?, porque tenemos la certeza que no se puede hablar de poesía sin hablar de libertad, humanismo, compromiso con el ser y con nuestra historia. Este noble oficio de escribir no tiene sentido sino busca emular ejemplos como el de Fuente Ovejuna, alzado en lo más selecto de la literatura universal para enseñarnos y educarnos bajo paradigmas donde el “derecho a vivir en paz” no sea el privilegio de unos pocos, sino la fuerza de las mayorías dispuestas a unirnos para acabar con la barbarie humana que se pretende continuar ejerciendo en nuestros pueblos de América. Hoy la poesía tiene la palabra y se enarbola para despertar nuestras conciencias.

La poesía
(Eugenio Montejo)
La poesía cruza la tierra sola,
apoya su voz en el dolor del mundo
y nada pide
ni siquiera palabras.
Llega de lejos y sin hora, nunca avisa;
tiene la llave de la puerta.
Al entrar siempre se detiene a mirarnos.
Después abre su mano y nos entrega
una flor o un guijarro, algo secreto,
pero tan intenso que el corazón palpita
demasiado veloz. Y despertamos.