Las horas del velorio, el cortejo y la sepultación de Pablo Neruda. El canto de La Internacional, el acecho militar, el homenaje anónimo y valiente.

Un trabajo del periodista Sergio Villegas en revista Araucaria de 1984. Con el aporte de Luis Alberto Mancilla, Matilde Urrutia, Aida Figueroa, Hernán Loyola y otros amigos. Cuando llegué al Registro Civil para inscribir la defunción y obtener el pase, las oficinas estaban ya cerradas. Logré entrar convenciendo al portero. Adentro, las funcionarias habían cerrado los libros. Expliqué la situación. “Usted sabe que en la tarde no se atiende público, pero…” La empleada no siguió, podía estar comprometiéndose. Todo el mundo andaba aterrorizado. Los generales habían enviado a esas oficinas nuevos jefes administrativos. Dos mujeres me miraron significativamente, sin decir palabra, y reabrieron los libros. Así expresaban su solidaridad.

“¿Dónde se hará la sepultación?”

“Tumba de don Carlos Dittborn, calle O’Higgins Central, entre Lima y Los Tilos del Cementerio General (Adriana Dittborn, escritora había ofrecido a Matilde la tumba de su familia, puesto que no podía cumplirse aún el deseo de Pablo de ser enterrado en Isla Negra).

Cuando volvimos a la casa, la gente se agolpaba entre los escombros. Muchos amigos que habían desaparecido desde el once de septiembre, corriendo el riesgo, estaban ahí.

Loyola: Mucha gente anónima trajo flores y lágrimas por los que no podían llegar. También vivieron algunos personajes, como los democratacristianos Radomiro Tomic, Flavian Levine, y Máximo Pacheco. Al mediodía llegaron dos representantes de la Junta, pero Matilde se negó a recibirlos. Había muchos periodistas extranjeros y hasta las seis o siete de la tarde la casa estuvo llena de gente, un fluir permanente de personas que querían expresar de alguna manera el dolor de Chile. Era evidente que algunas de ellas entraban sin haber superado todavía el temor de ser sorprendidas en ese lugar y se iban rápidamente.

Aída: No sé en qué momento, cosa increíble, apareció ahí el Partido de Pablo. Era gente muy joven de la editorial “Quimantú”. “Compañera”, dijeron, “pida por favor que no saquen fotos. Vamos a rendirle homenaje a Neruda con una guardia de honor”. Hicieron la guardia y los periodistas respetaron el pedido.

Los extranjeros, sobre todo los que tenían fuero, expresaban no sólo su pesar, sino su indignación. Muy abiertamente. Recuerdo a Harald Edelstam, el embajador de Suecia, denunciando a grandes voces al fascismo. Hablaba con los periodistas. “Saquen fotos”, decía, mostrando el destruido hogar del gran poeta. “Fotos, fotos, esta es la prueba más evidente el salvajismo de esa gente”.

Con los periodistas, por alguna razón, uno se equivocaba. Por alguna razón, a primera vista, los consideraba a todos, de alguna manera, gente del otro lado. Aquella misma mañana, en la Clínica, se me había acercado un periodista brasileño. “¿Me puede decir algo?”, dijo. Le respondí que yo era sólo amiga de la familia. “Es que ella está tan choqueada”, me dijo señalando a Matilde. Adivinaba que un diario brasileño producía en nosotros una actitud por lo menos de reserva. “Señora”, me dijo, “yo sé, yo he vivido la experiencia brasileña, pero puedo decirle que nada de lo que ocurrió en Brasil se puede comparar con lo que he visto aquí”. Le conté algunas cosas.

Alguien llegó diciendo que había gente que rondaba por las cercanías sin atreverse a entrar. Luego recibimos una noticia que nos aclaró la situación: a la entrada de la calle Márquez de la Plata había apostado un bus lleno de carabineros.

“Algo hay que hacer” dijo Matilde. “La gente tiene derecho a ver a Pablo”.

Fuimos a la casa de Queta, la viuda del fotógrafo Antonio Quintana. De allí hablamos por teléfono. Llamé a la Comisaría, al Mayor. Un Mayor me pareció lo más indicado. Habló Matilde. “La gente tiene miedo”, dijo, “y no se atreve a venir a la casa. Creo que no hay derecho. Esa gente no puede despedirse de Pablo”. Le rogó que hiciera retirar el bus.

El oficial le dijo: “Señora, es sólo para darle protección a usted y al señor Neruda”. Matilde le respondió que eran los amigos y el pueblo los que llegaban a ver a Pablo por última vez y que para eso no se necesitaba protección. Retiraron el bus.

Luis Alberto: Vi al embajador de México y al de Francia saltando entre los charcos, tratando de evitar el barro para llegar al living. Muchos diplomáticos tuvieron que sortear ese obstáculo para saludar a Matilde y hacer presente el pesar de sus gobiernos por ese hecho terrible: no sólo la muerte del gran poeta chileno, sino también ese marco increíble en que se velaban sus restos.

Aída: Más tarde, otra conmoción en el living. Alguien comunica que ha llegado una representación de la Junta a dar el pésame a la viuda. Matilde me dijo: “Yo no voy a recibirlos” “Te ruego que vayas tú”. Eran oficiales de Carabineros. El que hacía de jefe tendría unos cuarenta años. Los hice pasar al comedor, que se veía desarbolado y destruido. Todo estaba por los suelos y se caminaba tropezando con los vidrios rotos.

“Venimos a darle las condolencias a la viuda”, dijo el que hacía de jefe.

“La señora Matilde”, les expliqué, “no los va a recibir”.

El oficial estaba intranquilo. “Ustedes comprenden “, dijo, “que esto no lo hemos hecho nosotros”. “Las Fuerzas Armadas y Carabineros no proceden así. Esto es vandálico y sólo pueden haberlo hecho delincuentes”.

Me habría gustado preguntarles, en ese momento, quienes habían bombardeado La Moneda.

“Es curioso, porque no han robado nada”, les dije. “Permítanme que les muestre”.

Los hice dar una vuelta por el comedor para que vieran la intención brutal de destruir. Quedaba en evidencia una cosa: que habían actuado muchas personas. Y que era una acción calculada con precisión para destruir una gran casa.

Me seguían. Les mostré la sala escritorio que tenía Pablo en medio del jardín. Era uno de los en que se distraía y en que iba realizando su obra poética. Tenía una chimenea. Había ahí, antes del asalto, una mesa, una mecedora, el ambiente de Pablo, un reloj de pie grande, con los adornos que a él le gustaban. Les mostré lo que había quedado de eso. Habían destripado el reloj. Era un reloj muy antiguo, precioso, de marquetería inhallable.

Les mostré por último la montaña de cosas sacadas del canal. No hablaron mucho, caminaban detrás, miraban y se fueron, al final, bastante incómodos. Sobre todo, tal vez, por no haber podido cumplir su misión.

Podría haberles dicho mucho más. Que en esa casa, por ejemplo, no había una taza, un vaso para tomar agua. Ni luz, obviamente, de modo que el velorio tuvo que hacerse con velas, como un auténtico y muy triste velorio del sur.

Tampoco había camas. Los colchones habían sido vaciados. Pero, en algún rincón, encontramos uno o dos. Los pusimos al pie del ataúd y ahí nos tendimos con Laura y con Matilde. Llegó un sobrino, un sobrino nieto de Pablo. Velamos el cuerpo toda la noche. El frío se hacía cada vez más grande. En algún momento, en medio de ese desamparo, se presentó una visita oportuna: los jóvenes de “Quimantú”, que iban a preguntar si necesitábamos algo. Nos traían una botella de pisco que, francamente, fue bienvenida.

Loyola: Como a las siete de la tarde de ese lunes fui a mi casa a buscar algunas frazadas y luego regresé para quedarme toda la noche velando a Pablo. El toque de queda empezaba entonces a las ocho y volví a Márquez de la Plata solo algunos minutos antes. Había oscurecido. No había nadie en la calleja, pero de algún rincón salió de pronto un tipo que dijo ser periodista y buscaba la casa de Neruda. Subió conmigo la escalera de acceso pero se limitó a echar un vistazo al interior de la sala y bajó enseguida. Era seguramente un policía.

Hubo nueve personas en el velorio de Pablo: Matilde, Laura Reyes, un matrimonio de apellido Cárcamo (parientes de Matilde), Aída Figueroa, esposa del ministro de Justicia Sergio Insunza, Elena Nascimiento, Juanita Flores; Enriqueta de Quintana y yo. Matilde durmió un rato. Era increíble que se tuviera en pie después de tantos días y noches en vela. Pero menos de dos horas después se había levantado otra vez. Volvió a su guardia junto al cadáver del poeta, mirándolo intensamente como había hecho todo el día.

Me puse del otro lado de la urna, en silencio, y ella sin mirarme empezó a contarme detalles dispersos de los últimos días, de los últimos meses, de los proyectos inconclusos, más bien como si estuviera recordando a media voz.

Aída: Recuerdo el último cumpleaños de Pablo, el 12 de julio. Un grupo de amigos viajó a Isla Negra a festejarlo. Le llevé un gran “llepo”, una fuente campesina tejida con fibras, lleno de frutas. Le encantaban los olores. Pablo estuvo alegre, pero no pudo levantarse.

Luis Alberto: Estuve con Neruda en marzo de 1973. Fui a hacerle una entrevista al Hotel Miramar, de Viña, con motivo de la muerte de Picasso. Había sido amigo suyo. Pablo residía momentáneamente allí porque estaban haciéndole un tratamiento de luz en un hospital de Valparaíso.

La puerta de la habitación estaba entreabierta. “Pasa, pasa no más”, oí su voz adentro. Yo iba con un fotógrafo. Estaba acostado. No había ninguna silla. Me ofreció asiento a los pies de la cama.

Venía despertando de la siesta, su infaltable siesta. Se juntaron luego otras personas, Matilde, que llegó pronto, María Martner y el doctor Velasco. Se levantó, estaba de buen humor, caminaba por esa pieza amplia que tenía ventanas con vista al mar. No era, desde luego, el Neruda que conocíamos, pero se veía de ánimo excelente. Conversó mucho. Habló de sus 70 años, recordó con simpatía a Allende, a quien consideraba un Presidente honestamente amigo de la cultura, y se mostró muy preocupado de una promesa que quería cumplir: la construcción de una casa de descanso, una Fundación o algo así, para los escritores. Había comprado los terrenos. Se acordó de mucha gente que después de toda una vida consagrada a la literatura no tenía donde dormir. Entre ellos su gran amigo, el poeta Rojas Jiménez, que murió de miseria. De Picasso tenía mucho que contar. Cosas serias y cosas anecdóticas. Lo unían a él una amistad larga y la afinidad política. Se detuvo de paso en los amores del pintor con una chilena de apellido Larraín, que lo ayudó en los primeros años, allá por los comienzos del siglo, cuando Picasso gustaba poco aún y, naturalmente, no tenía finanzas muy sólidas. La conocí. Era una dama dulce y agradable. A ella no le gustaba mucho recordar esa historia. Pablo acotó que Picasso, en cambio, no perdía ocasión de ponderar lo buena y generosa que había sido con él en aquella época difícil.

Después llevaron una mesa, sillas, y comimos. A Pablo no le gustaba comer solo. Estaba feliz con tanto comensal. Se portó como el gran conversador que era y lo encontré incluso divertido. Sólo la cortisona, que dejaba su huella inevitable en el rostro, hacía recordar que Pablo estaba seriamente enfermo.

 Aída: Conocimos a Pablo en circunstancias muy especiales. Desde entonces databa nuestra amistad, que fue como un afecto de padre e hijos. Fue en 1948. Éramos unos militantes muy jóvenes, desconocidos, y con frecuencia recibíamos a compañeros clandestinos que necesitaban alojamiento o escondite. Era la época de González Videla. Una vez casi me morí de la impresión. Abrí la puerta para recibir a un nuevo visitante y me encontré con Pablo Neruda acompañado de su esposa Delia. El contacto, por supuesto, no me había dicho de quién se trataba.

Pasó algunos meses con nosotros y después se fue al sur, evitando controles, en un auto insospechable que conducía su amigo Solimano rumbo a un apartado fundo cordillerano, donde otros amigos se encargarían de hacerlo pasar a Argentina para que siguiera después a Europa a denunciar lo que estaba ocurriendo en Chile. Desde entonces fuimos siempre amigos.

Loyola: El martes 25, a las nueve de la mañana, otra vez la tristeza de sacar el cadáver atravesando difícilmente el agua que inundaba la entrada y la planta baja. Los periodistas extranjeros (muchos habían llegado el día anterior) no cabían en sí de asombro ante la escena. Y tanto allí como en el Cementerio, más tarde, vi a varios de ellos ser incapaces de contener la emoción y las lágrimas.

Cuando logramos sacar la urna, afuera, en la calle, se había reunido ya un considerable grupo de obreros y estudiantes y escuché los primeros gritos: “¡Camarada Pablo Neruda!”…y la respuesta en coro: “¡Presente!”.

Luis Alberto: En el corto trecho de la calle Márquez de la Plata vimos, a los lados, muchas caras torvas, tipos de anteojos negros, figuras policiales inconfundibles. Aunque temo equivocarme, porque había algunos que usaban anteojos oscuros para ocultar el dolor o las lágrimas o con la esperanza de disimular así su identidad.

Seguimos en las callejuelas adyacentes y desembocamos en una plazuela que queda junto al cerro San Cristóbal. Ahí había una pequeña multitud. Era gente que esperaba el paso del cortejo para unirse a él. Seguimos. Resultaba increíble que en ese momento pudiera hacerse un desfile en Santiago, aunque ese desfile fuese cortejo de un inmenso poeta. A ratos se me ocurría más una fantasmagoría que la realidad.

Aída: Hubo algo muy singular en ese desfile. Todos miraban hacia adelante. Nadie le miró la cara a nadie. Yo sólo sentía que detrás de mí, a poca distancia, iba mi hijo de 22 años, como protegiéndome.

Sentíamos que el cortejo crecía. Vi, a un costado, a una mujercita que lloraba. Sacó un pañuelito, se lo amarró a la cabeza en señal de duelo y se incorporó a la fila.

Creo que la policía se confundió, porque evolucionaba en torno a nosotros en forma muy extraña, entre agresiva y desconcertada. No se imaginaron nunca que se iba a formar una columna. Carabineros en motocicleta se acercaban, parecía que iban a lanzarse contra nosotros y luego se alejaban. Pero volvían, sin saber qué hacer, en tanto que el desfile seguía adelante.

De pronto una sorpresa. Tensión en el grupo. Instintivamente nos apretamos unos contra otros. Pasábamos frente a una concentradora de electricidad y había un grupo de “boinas negras”, metralleta en mano, apuntando hacia nosotros.

Calle Purísima, Río Mapocho, avenida La Paz. Lo imposible. Parecía un sueño. Ahí se empezó a cantar La Internacional. ¡La Internacional en esos momentos! Eran frases. Luego moría. Más allá quería volver a empezar, se escuchaba en distintas partes, y moría. Pero había ya, recuerdo, como un murmullo de La Internacional.

Alguien empezó a recitar versos de Neruda, en voz alta. No sé quién sería, pero era un compañero cojo. Frente a la morgue había mucha gente esperando. El cortejo creció en forma considerable. Ya ahí tuvimos la sensación de masa. Al principio habían sido sólo algunas filas de personas.

Luis Alberto: La columna se engrosaba. Iban muchas mujeres con flores en los brazos, estudiantes, incluso algún niño de la mano de su mamá. En muchas ventanas aparecía gente que hacía un saludo silencioso con un pañuelo o levantando una mano. Una cosa muy curiosa y notoria era que el cortejo lo encabezaba, en realidad, una cuadra más adelante, un carro lleno de militares que iban, a la vuelta de la rueda, apuntando con sus armas en todas direcciones.

Los que se asomaban a saludar eran sobre todo dueñas de casa, algunos viejos. No era poco, porque cualquiera que estimara en algo su vida en esos momentos no debía mostrar simpatía por nada que no fuera el golpe. Algunos no hacían ni un solo ademán. Abrían la ventana, simplemente, y ahí permanecían mirando con ojos fijos, inescrutables, el paso de la gente. Bastaba. Eso era no sólo un resto de prudencia, sino también la decisión de arriesgarlo todo, por último, para decir adiós al poeta.

Bello: Atravesamos la avenida Perú. Al enfilar Santos Dumont, los que habían llegado en auto empezaron a bajar para seguir a pie. Nunca vi mayor expresión de duelo en una multitud. En esas fisonomías se unían la desolación causada por la muerte de Pablo y la vigilia tensa que imponían por el terror los militares facciosos.

“¡Viva Pablo Neruda!”

“¡Viva el Partido Comunista!”

Cada cierto trecho, desde el centro del desfile alguien leía en voz alta. Llevaba un libro de Neruda abierto en las manos.

“Chacales que el chacal rechazaría

piedras que el cardo seco mordería escupiendo

víboras que las víboras odiaran!

“¡Compañero Pablo Neruda…

“Presente!”

Este grito se repetía tres veces. Nadie se ocultaba. Nadie tenía miedo. Muchos respondían “presente” con el rostro mojado en llanto.

 Luis Alberto: Era “España en el corazón”. El presidente del sindicato “Quimantú” sacó el libro y empezó a leer con voz fuerte. Poco después aparecieron otros recitadores. Había mucha gente que se sabía esos poemas de memoria. Se recitaban distintas cosas, pero se volvía de preferencia a los mismos:

Generales traidores.

Mirad mi casa rota

Mirad España muerta.

Se decía España y se sentía dolorosamente Chile en el corazón.

Los periodistas extranjeros, que andaban por todas partes, se acercaban a preguntar y nosotros les contestábamos apenas, temiendo que se tratara de policías. “¿Qué opina de toda esta brutalidad tremenda?” “¿No tienen miedo de ser detenidos en el cementerio?” Era un corresponsal de la televisión mexicana, según dijo. “Es un riesgo que hay que correr”.

Bello: Delante de nosotros caminaba pálida, como una autómata, la bailarina inglesa Joan Turner. La sostenían dos amigas. Era la viuda del cantante y compositor Víctor Jara, cuyo cuerpo mutilado por las torturas debió rescatar ella personalmente de la morgue. Cuando enfrentábamos el edificio de la morgue en la avenida La Paz, una de sus compañeras gritó:

“¡Compañero Víctor Jara…

“Presente!”

“¡Compañero Víctor Jara…

“Presente!”

“¡Compañero Víctor Jara…

“Presente!”

“Ahora”

“¡Y siempre!”

A ambos lados de la entrada al Cementerio General, aunque a cierta distancia, grupos de soldados armados vigilaban en carros blindados y en jeeps.

Aída: Cuando entramos al Cementerio, íbamos ya cantando abiertamente y en realidad sollozando La Internacional. Había mucha gente esperando. Se empezaron a vocear nombres de nuevo. El de Pablo. Se me acercó Irma de Almeyda y me dijo: “No hemos nombrado a Allende”.

Íbamos  atravesando la cúpula de la entrada en ese momento. Y hacia arriba, hacia la cúpula, grité con todas las fuerzas que me quedaban: “¡Salvador Allende!”… Y vino el coro entonces: “¡Presente!”. Había un abogado del sur por ahí cerca y escuche que decía: “Estos comunistas no van a aprender nunca”. Vi a Alone muy afectado, y a Fernando Castillo Velasco, el rector de la Universidad Católica, que sollozaba. Empezó a oírse la voz de Chela Álvarez muy fuerte.

Luis Alberto: Era un día de sol vacilante, que salía y no salía. Un día de comienzos de primavera. Pero lo sentíamos sobre todo como un día de duelo, más nítido y penoso aún que tantos días de duelo que habíamos vivido hasta ese momento. La columna llegó hasta la rotonda del Cementerio y vimos a mucha gente esperando. Recuerdo a Radomiro Tomic, el ex candidato presidencial de la Democracia Cristiana y, como tal, contendor de Allende. Parecía cargar una montaña sobre sus espaldas. Se decía que un hijo suyo había sido detenido. La ciudad estaba llena de rumores. Y volví a ver, un poco más allá, a Alone, con sus anteojos negros, enjuto, más de piedra que nunca. Era, curiosamente, un enemigo de Pablo y a la vez un admirador. Escribía y sigue escribiendo las cosas que se sabe, estremecidas hasta los huesos de anticomunismo, pero ahí estaba esa mañana. Amigos, Diego Muñoz, el escritor, Enrique Bello, animador de revistas literarias que publicó en “Pro Arte” las primeras noticias y los primeros poemas de Pablo en el destierro, por allá por el 50, cuando hasta el nombre del poeta estaba prohibido en Chile. Vi cerca de Matilde, al embajador de México, Martínez Corbalá, que tenía instrucciones expresas del Presidente Echeverría de prestarle toda la ayuda necesaria.

Loyola: Yo había quedado rezagado y cuando me incorporé al cortejo, en avenida La Paz, confieso que quedé helado de pavor, pues ya en un tono crecientemente alto la gente iba cantando La Internacional, puño en alto, todos sin distinción. Gente que jamás pensó ser comunista, simplemente escritores o amigos de Pablo, sintieron tal vez que no había mejor modo de expresar lo que llevaban  adentro que alzar el puño y cantar el himno.

Los soldados rodeaban la plaza que queda frente al Cementerio. Estaban a la vista. Yo creí que era cosa de segundos la descarga de metralleta cuando alguien de gran vozarrón empezó a gritar: “¡Compañero Pablo Neruda!” y todos contestamos: “¡Presente!”. Se repitió el grito dos o tres veces y las respuestas crecían en fuerza, pero de pronto el gritó fue: “¡Compañero Víctor Jara!” y a todos se nos quebró la voz porque era primera vez que se nombraba a Víctor  en público denunciando su asesinato. “¡Presente!” contestamos todos lo mejor que pudimos.

Pero entonces se produjo un silencio y enseguida, como tomando aliento, la voz gritó con todas sus fuerzas: “¡Compañero Salvador Allende!”, pronunciando el “Allende” en forma muy marcada. Y allí la respuesta fue una especie de aullido ronco, quebrado, distorsionado por la emoción y por el terror y por las ganas de gritar de modo que se oyera en todo el mundo:”¡PRESENTE!”. Yo creo que así se nos pasó el miedo a todos, porque ahí no había ya nada que hacer. Más valía morir con el puño en alto y cantando La Internacional, y así, cantando a voz en cuello, todos llorando, entramos al Cementerio General. Tal vez la presencia de muchos periodistas extranjeros nos salvó.

 Bello: Cuando los restos del asesinado Presidente de la República llegaron al Cementerio de Viña del Mar, sólo su esposa y sus hijas seguían el féretro. Nadie supo siquiera a donde lo llevarían. Pero allí, en ese instante, la presencia de Allende se nos hizo viva con el grito de la multitud, que por alguna razón profunda, sin que hubiera una voz previa, empezó a cantar el Himno Nacional.

Luis Alberto: El cortejo se detuvo adentro. Había que esperar los trámites de rigor. La gente, a esa altura, se expresaba abiertamente. Algunos personajes conspicuos, que estaban lejos de las posiciones políticas de Pablo pero que consideraban necesario rendirle homenaje, miraban la escena de soslayo, circunspectos, como no queriendo dar crédito a sus ojos. Se gritaban consignas y se cantaba.

Dieron el pase y emprendimos la marcha por las avenidas interiores, entre las criptas y los árboles. Volvió a cantarse La Internacional, una, dos veces.

En medio del gentío, me encontré con el profesor Alejandro Lipschutz. Estaba un poco cansado y se apoyó en mi brazo. Caminamos lentamente. “Anoche tuve visitas inesperadas”, me dijo. El profesor Lipschutz es la figura más venerable del mundo científico chileno y su prestigio va más allá de las fronteras del país. Habían estado militares en su casa. Allanaron. Lo tuvieron encerrado con llave toda la noche, a él, que tiene 90 años, y a su esposa Margarita, que es mayor aun. Registraron todo, dieron vuelta todo, buscando armas y buscando a Luis Corvalán. Removieron todo el jardín con chuzos y palas y se fueron, al final, llevándose papeles, investigaciones, reliquias, objetos, diversas cosas inapreciables para un hombre de ciencia que las ha reunido pacientemente a lo largo de toda su vida.

“Compañero”, me dijo; “esta gente no es eterna”. Hablaba con una especie de clarividencia fatigada. “He visto mucho, el fascismo hizo lo mismo en Europa y ya ve como se terminó”.

Tenía el rostro de un color ceniciento que no le había visto nunca. Parecía tranquilo, aunque se notaba el peso que había caído sobre sus hombros. La muerte de Pablo era un golpe considerable para él. Entre ambos había una relación que era una mezcla de admiración mutua, afecto y respeto.

Loyola: Ya en el interior del Cementerio ocurrió algo curioso. A medida que se acercaba al sitio de la tumba, el cortejo empezó a tomar velocidad. Era un cortejo modesto, provinciano, digamos, falto de orden y protocolo, un cortejo verdaderamente popular. Y nadie, por cierto, se preocupó de que tuviera un carácter solemne. Sucedió que todos querían estar cerca de la tumba para la ceremonia misma de la sepultación y entonces los que iban fuera de la columna empezaron a apurarse. De pronto vi a Matilde y a todo el cortejo casi corriendo. Los portadores del féretro se habían comenzado a apurar también, sin duda contagiados por la prisa de la gente que pasaba a su lado.

Luis Alberto: Hubo discursos. Se escuchaban poco desde donde estábamos. Alguien leyó poemas del Canto General, alguien asoció la figura gigantesca de Neruda con el mar y la tierra de Chile. Un joven obrero leyó un poema escrito, sin duda, la noche anterior, y todos, de un momento a otro, trataban de decir con alusiones vagas, con metáforas desesperadas, eso que hubieran querido decir con todas sus letras, con todo su corazón y a todo pulmón,  pero que en esas circunstancias no podían expresar en un discurso público ni con las más humildes palabras.

Frente a aquella pequeña multitud condolida había un gran mausoleo en cuyo techo estaban estratégicamente instalados unos diez o quince fotógrafos, toda una batería electrónica en la cual, en algún punto -eso pensábamos estoicamente todos- debía encontrarse el ojo mágico de nuestra ficha policial.

El féretro  de Pablo fue colocado en el mausoleo y allí quedó cubierto de flores. La gente empezó a salir.

Circulaban rumores  y prevenciones. “Están deteniendo afuera”. “Ándate por atrás, compañero”.

A un costado de la rotonda, afuera, había un carro con militares. Miraron la salida de los grupos, como vigilando, sin moverse.