La España republicana en el corazón de Pablo Neruda.

Mario Amorós. Periodista. Historiador. El 13 de octubre de 1933, en Buenos Aires, en el hogar del escritor Pablo Rojas Paz y Sara Tornú, Pablo Neruda y Federico García Lorca se conocieron personalmente. Desde el primer momento, ambos poetas tuvieron una empatía arrolladora y compartieron un sinfín de momentos. El más destacado tuvo lugar el sábado 28 de octubre en el último piso del emblemático Plaza Hotel, en la calle Florida, donde el Pen Club organizó un banquete con la asistencia de más de cien escritores e intelectuales. Con su “discurso al alimón” en homenaje a Rubén Darío, rindieron un tributo memorable al fundador de la poesía moderna en español.

A principios de abril de 1934, García Lorca regresó a España y, en mayo, Pablo Neruda y su esposa, María Antonia Hagenaar, viajaron a Barcelona, puesto que había sido trasladado a este Consulado. Se reencontraron el 1 de junio en Madrid, en la Estación del Norte. En el mismo andén, el autor de Yerma recibió al creador de Veinte poemas de amor y una canción desesperada con un ramo de flores en compañía de dos miembros de La Barraca. “Hacía calor, lo cual nos animó a tomar algo fresco; fuimos, pues, a una tasca a charlar y a beber un poco”, recordó Luis Sáenz de la Calzada. Compartieron dos o tres frascas de vino y a la salida, pleno de felicidad, García Lorca pidió a Sáenz de la Calzada que declamara algunos versos de El burlador de Sevilla, la obra que estaban ensayando. El poeta chileno, por su parte, les leyó su poema “Walking Around”.

En los días en que cumplía 30 años, Neruda logró instalarse en Madrid, donde tuvo una gran acogida. Lejana quedaba su primera estancia fugaz en julio de 1927, camino de su primer puesto consular, en Birmania. Pronto conoció a Rafael Alberti, quien vivía con María Teresa León en la calle Marqués de Urquijo. En 1930 y 1931, Alberti había intentado publicar en España, sin éxito, el primer volumen de Residencia en la Tierra, una de las cimas de la poesía nerudiana. Con su ayuda, pudo alquilar un piso en un edificio singular del barrio de Argüelles, la Casa de las Flores, que se convirtió en lugar de encuentros literarios y festivos que marcaron a aquella generación de intelectuales y artistas. Y en la capital española nació, el 18 de agosto de 1934, su única hija, Malva Trinidad, enferma de hidrocefalia, que fallecería el 2 de marzo de 1943 en Holanda.

Desde sus primeros meses, Neruda vivió la convulsa situación política española. En octubre, la revolución obrera de Asturias fue sofocada por el ejército de África, encabezado por el general Francisco Franco, y el clima se endureció aún más con la designación de José María Gil-Robles, líder de la derecha, al frente del Ministerio de la Guerra. Comprometidos con el PCE, sus amigos Rafael Alberti y María Teresa León tuvieron que abandonar España. Su actividad en Madrid se concentraba en el trabajo diplomático y en una intensa vida social en el mundillo de los cafés y las tabernas de la villa, así como en las tertulias y círculos literarios y el inexcusable recorrido por las librerías de viejo. Protagonizó su primer acto público relevante en España el 6 de diciembre, cuando ofreció un recital de poesía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central.

Aquel día, Federico García Lorca le presentó a su auditorio estudiantil. “Y digo que os dispongáis para oír a un auténtico poeta (…) Un poeta más cerca de la muerte que de la filosofía; más cerca del dolor que de la inteligencia; más cerca de la sangre que de la tinta. (…) Al lado de la prodigiosa voz del siempre maestro Rubén Darío (…), la poesía de Pablo Neruda se levanta con un tono, nunca igualado en América, de pasión, de ternura y de sinceridad”. Entre el público se hallaba Miguel Hernández, quien le había conocido unos meses antes en la tertulia de la revista Cruz y Raya. “Me sentí compañero entrañable suyo desde los primeros momentos. Hemos vivido muchas horas buenas juntos, en su casa, en la de Vicente Aleixandre, con Federico García Lorca, con Delia, con Maruca”, escribió el joven poeta alicantino. “La suya ha sido una profunda enseñanza y una profunda experiencia para mí…”.

El 29 de diciembre de 1934, El Sol publicó una entrevista a Neruda. Se trata de un texto relevante, puesto que cuando Alardo Prats le preguntó cuál debía de ser “la actitud del poeta en nuestros tiempos”, respondió con ironía y sin referencias al compromiso político que marcaría su poesía a partir de 1936: “Escribir versos…; la de todos los tiempos”. También le inquirió sobre el problema contemporáneo que más le impresionaba. “Seguramente el más visible y el que más se deja sentir: esta sensación de derrota que se desprende de todo, esta sensación de que el mundo se hace pedazos. Parece que ocupamos un vehículo conducido por gente que parece muy experta, pero que va por un camino muy difícil”.

En aquellos días recibió una carta de Miguel Hernández, quien desde Orihuela le preguntó si concretaría su proyecto de lanzar una revista literaria. Le respondió el 4 de enero de 1935 con unas letras simpáticas y llenas de afecto: “Querido Miguel: siento decirle que no me gusta [la revista] Gallo Crisis, le hallo demasiado olor a iglesia ahogado en incienso. Qué pesado se pone el mundo, por un lado los poetas comunistas, por el otro los católicos y por suerte en medio Miguel Hernández hablando de ruiseñores y cabras! Ya haremos revista aquí querido pastor, y grandes cosas”.

En abril de 1935, los poetas de la Generación del 27 y otros aún más jóvenes le brindaron un significativo tributo como respuesta a los ácidos ataques que sufría desde su país por parte de Vicente Huidobro y Pablo de Rokha. Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda, Gerardo Diego, León Felipe, Federico García Lorca, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Miguel Hernández o Luis Rosales suscribieron el manifiesto del Homenaje a Pablo Neruda, que incluía también los Tres Cantos materiales del chileno: “Chile ha enviado a España al gran poeta Pablo Neruda, cuya evidente fuerza creadora, en plena posesión de su destino poético, está produciendo obras personalísimas, para honor del idioma castellano. Nosotros, poetas y admiradores del joven e insigne escritor americano, al publicar estos poemas inéditos –últimos testimonios de su magnífica creación- no hacemos otra cosa que subrayar su extraordinaria personalidad y su indudable altura literaria. Al reiterarle en esta ocasión una cordial bienvenida, este grupo de poetas españoles se complace en manifestar una vez más y públicamente su admiración por una obra que sin disputa constituye una de las más auténticas realidades de la poesía de lengua española”. Desde la conmemoración del tercer centenario de la muerte de Góngora, ha subrayado Julio Neira, era la primera vez que expresaban de modo colectivo “una posición que acabaría teniendo, como en 1927, consecuencias estéticas”.

Su prestigio literario creció aún más en el otoño de 1935. A fines de septiembre, Ediciones del Árbol publicó el segundo volumen de Residencia en la Tierra y editó por primera vez en España el primero, con una tirada en ambos casos de mil cien ejemplares, al precio de doce pesetas. “Nos hallamos ante el más grande de los poetas americanos de esta hora. Sus versos brotan de las raíces de la tierra y van a las raíces del corazón”, señaló El Heraldo de Madrid el 10 de octubre.

Y en aquellos mismos días apareció el primero de los cuatro números que se difundieron de la revista Caballo Verde para la Poesía, que se vendía al precio de dos pesetas y media. Fue promovida por los impresores Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, quienes le encargaron la dirección. Su posicionamiento público a través de los editoriales de Caballo Verde en defensa de una poesía “impura” motivó una respuesta pública del principal aludido, Juan Ramón Jiménez, el 23 de febrero de 1936 desde El Sol, con un artículo titulado “Con la inmensa minoría”. De manera mucho más prosaica, en aquellos meses el poeta de Moguer le acusó de “no saber escribir ni una carta” y en 1939 acuñaría la expresión preferida de los enemigos de Neruda al definirle como “un gran mal poeta”. En enero de 1942, el autor de Platero y yo rectificaría estas opiniones en una carta pública.

El sábado 11 de julio de 1936 Federico García Lorca cenó en la Casa de las Flores. Neruda y él compartieron los últimos instantes juntos, puesto que el 13 de julio se marchó en tren a Granada. Ese mismo día Neruda conoció el asesinato del líder derechista José Calvo Sotelo, después del crimen del teniente republicano José Castillo, y por la noche, en casa de Morla Lynch, Manuel Altolaguirre, Concha Méndez, Luis Cernuda, Delia del Carril y él comentaron con los anfitriones la tensión política que se respiraba en España. Con el golpe de Estado militar del 17 de julio y el inicio de la Guerra Civil, Neruda, quien entonces era el Cónsul de Chile en Madrid, tuvo que hacer frente a cinco meses de trabajo muy complicado, principalmente en relación con la concesión de visas y pasaportes y la protección de la colonia chilena. El 8 de noviembre, de madrugada, abandonó Madrid, camino de Valencia, Barcelona y Marsella.

Hasta 1937, su solidaridad con la República Española fue casi siempre encubierta. El 24 de septiembre de 1936, publicó de forma anónima su poema “Canto a las madres de los milicianos muertos” en El Mono Azul, periódico editado por la Alianza de Intelectuales Antifascistas, que abrió paso al compromiso político en su creación poética. El 12 de octubre leyó estos versos en un mitin organizado conjuntamente por la Federación Universitaria Hispanoamericana y la Alianza de Intelectuales en Cuenca, ante campesinos, ganaderos y obreros.

En aquel momento, ya se había confirmado el asesinato en Granada de Federico García Lorca. En su corazón quedaron grabadas para siempre las palabras que le dedicara en un ejemplar de Romancero gitano: “Para mi queridísimo Pablo, uno de los pocos grandes poetas que he tenido la suerte de amar y conocer”. “Aquel hecho le dejó a Neruda todo claro”, escribió su amigo y compañero Volodia Teitelboim. “Le cambió el mundo. Y él cambió la poesía. Había caído sobre ella una bomba, una gota de sangre del poeta sacrificado en el bosquecillo de Víznar”. A partir de entonces, asumió como propia la causa de la República Española y la memoria de aquel tiempo, como el recuerdo de Federico, le acompañó siempre, hasta sus últimos días. “Empecé a ser comunista en España, durante la Guerra Civil”, explicó en 1971, pocas semanas antes de recibir el Premio Nobel de Literatura. “A todos nos atrajo esa enorme resistencia al fascismo que fue la guerra de España. (…) La República era para mí el renacimiento de la cultura, de la literatura y de las artes en España”.

Derrotada la II República, en 1939 emprendió una de las tareas más hermosas de toda su vida: llevar a Chile a más de dos mil refugiados republicanos a bordo del Winnipeg. La luz de la España republicana lo acompañó siempre. Su sangre transformó su poesía y su existencia.

80 años de una obra memorable

En noviembre de 1937, la editorial chilena Ercilla publicó la primera edición de España en el corazón, el libro que Neruda dedicó a la República. Incluye poemas como “Explico algunas cosas”, “Antitanquistas”, “El general Franco en los infiernos” o “Almería”. Es una obra determinante en su evolución poética y legendaria por la singular edición que Manuel Altolaguirre dirigió a principios de noviembre de 1938, mientras la resistencia republicana se desplomaba en Cataluña.

“El libro de Pablo lo imprimí en el Monasterio de Montserrat, donde los frailes tenían uno de los mejores talleres de Cataluña. Pensé hacerlo en una máquina de pedal, que llevé conmigo al mismo frente para editar el Boletín Diario del XI Cuerpo de Ejército y otros materiales”, escribió Altolaguirre en 1941, desde su exilio en La Habana, al escritor y diplomático cubano José Antonio Fernández de Castro. “El día que se fabricó el papel del libro de Pablo fueron soldados los que trabajaron en el molino. No solo se utilizaron las materias primas (algodón y trapos) que facilitó el Comisariado, sino que los soldados echaron en la pasta ropas y vendajes, trofeos de guerra, una bandera enemiga y la camisa de un prisionero moro. Impreso bajo mi dirección, fue compuesto a mano por soldados tipógrafos e impreso también por soldados. (…) Solo hicimos quinientos ejemplares; algunos ejemplares pasaron la frontera en la mochila de los soldados, pero casi la totalidad de la edición quedó en Cataluña”.

Terminó una segunda edición de mil quinientos ejemplares el 10 de enero de 1939. De ambas han sobrevivido muy pocos volúmenes. La Universidad Autónoma de Barcelona conserva uno. En la Colección Neruda de la Universidad de Chile está el número 41 de la primera edición, con una dedicatoria del Comisario de Guerra del Ejército del Este, José Ignacio Mantecón, al Presidente de Chile, Pedro Aguirre Cerda, fechada el 9 de diciembre de 1938. La Biblioteca del Congreso, en Washington, conserva el ejemplar número 55, catalogado como Rare book, con una dedicatoria manuscrita de Neruda fechada el 5 de marzo de 1943.