Frei Betto. Democracia cultural

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No hay culturas superiores, hay culturas distintas, social e históricamente complementarias. Agonizan las versiones totalizadoras en todos los terrenos de la producción de sentido político, económico y religioso.

Frei Betto(*). 23/02/2022. El hombre y la mujer son los únicos seres vivos que se contraponen a la naturaleza. Los demás, desde las abejas arquitectas hasta los macacos africanos, que protegen sus recursos para la sobrevivencia, están todos determinados por la naturaleza. Ese distanciamiento humano con respecto al mundo natural hace que la realidad se revista de simbolismo y produce el surgimiento trascendental de lo imaginado.

Del interés por el fuego provocado por el relámpago nace el conocimiento que despierta la conciencia. Volcada sobre sí misma, la conciencia humana sabe que sabe, mientras que los animales saben, pero ignoran la reflexión. Mediante el símbolo y el significado el ser humano se relaciona con la naturaleza, consigo mismo, con sus semejantes y con Dios.

Nace así la cultura, el toque humano que hace de lo natural, arte. La vida social adquiere contornos definidos y explicaciones categóricas. Del dominio de las fuerzas arbitrarias de la naturaleza se llega a las armas, que permiten la imposición de un grupo cultural sobre otro. Pero cultura es identidad y, por tanto, resistencia. Aun así, la absolutización de sistemas ideológicos promete el paraíso, induciendo al dominado a sentirse excluido por no pensar con cabeza ajena.

En el Brasil colonial, los métodos de la catequesis cristiana propagaban entre los indígenas el virus de la desagregación, y hoy día, los dueños de explotaciones mineras y madereras, y el Gobierno, se preguntan perplejos por qué los pueblos indígenas necesitan tanta tierra, si no producen nada. Los neopentecostales atacan a los creyentes de umbanda, y ciertos sectores de la Iglesia cristiana miran con solemne desprecio el candomblé, como si sus fieles aún estuvieran en un estadio primitivo de la conciencia religiosa que no les permitiera disfrutar de la belleza del canto gregoriano o la ortodoxia teológica de los libros de Ratzinger.

La caída de los gobiernos de los países socialistas de Europa Oriental no indica el fin del socialismo, como predican los medios de comunicación capitalistas, sino el fin de la absolutización de sistemas ideológicos. Con la herencia estalinista, se derrumban todas las estrategias hegemonizadoras de la cultura, y la idea misma de «evolución cultural». No hay culturas superiores, hay culturas distintas, social e históricamente complementarias. Agonizan las versiones totalizadoras en todos los terrenos de la producción de sentido político, económico y religioso.

Quien pretenda ignorar las señales de los tiempos tendrá que apelar al autoritarismo para infundir temor y terror. Sabemos ahora que incluso en la América Latina no hay una cultura única, sino una multiplicidad de culturas –indígena, negra, blanca, sincrética— a las que explican sus propios factores internos. Esa polisemia de sistemas de sentido es una riqueza, aunque amenace el poder de quienes imaginaban que era posible restaurar la uniformidad medieval.

A más de 500 años de la llegada de Colón a las Américas -una invasión genocida que algunos llaman “encuentro de culturas”- conviene recordar esos conceptos antropológicos. Y ahora la democracia impregna también la cultura. Cada hombre o mujer, grupo étnico o racial, descubre que puede ser productor de su propio sentido de vida y, así, cambiar la historia. Es lo que nos enseñan los ejemplos y las obras de Martí y Fidel.

Afortunadamente, el propio Jesús nos ilustra la diferencia entre imposición y revelación. Se impone al pervertir la naturaleza del poder (Mateo 23,1-12). Pero revelación significa “retirar el velo”: ser capaz de captar los fragmentos culturales de cada pueblo y reconocer las primicias evangélicas que contienen, como afirmó el Concilio Vaticano II.

Además, Dios no habla latín. Prefiere el idioma del amor y la justicia. Y esa lengua la incorpora y la entiende toda cultura.

(*)Frei Betto. Fraile dominico brasileño, teólogo de la liberación.