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Aunque Marx piensa la innovación técnica durante la industrialización de la producción,  es innegable que las relaciones sociales de entonces descansan en la misma contradicción  fundamental que las actuales: capital versus trabajo. En consecuencia, a pesar de las diferencias  históricas, dicha teoría posee validez científica suficiente para, al menos, ser considerada al  momento de analizar modificaciones tecnológicas contemporáneas, tales como la virtualización  del trabajo. 

Ignacio Libretti. CEILER. 14/02/2022. Explicando el desarrollo de la maquinaria, en diálogo con John Stuart Mill, Carlos Marx extrema  la duda del economista británico sobre el presunto alivio laboral que implican los inventos  mecánicos, afirmando que éstos, “como cualquier desarrollo de la fuerza productiva del trabajo,  deben abaratar las mercancías y reducir la parte de la jornada laboral que el obrero necesita para  sí, a fin de prolongar la otra parte en que trabaja gratuitamente para el capitalista. Es un medio  para la producción de plusvalía”1. En estos términos, el fundador del materialismo histórico  sugiere un modo de entender las innovaciones técnicas en las formaciones sociales capitalistas,  relacionándolas directamente con la división de la jornada laboral.  

Según Marx, la jornada laboral capitalista se constituye a partir de la siguiente división:  tiempo de trabajo socialmente necesario para la mantención de la mano de obra y tiempo de  trabajo para la producción de plusvalía. Determinada su duración absoluta, las innovaciones  técnicas buscan prolongar el tiempo relativo a esta segunda fracción de la jornada laboral, en  detrimento del correspondiente a la primera, aumentando la tasa de ganancia. Esto lo consigue  introduciendo modificaciones tecnológicas que simplifican las tareas productivas, pues,  disminuyendo la calificación de los obreros en condiciones de realizarlas, inmediatamente  disminuye el valor de la fuerza de trabajo por concepto del tiempo social necesario para formar trabajadores adecuados al rubro. En síntesis, acortando el tiempo de trabajo socialmente necesario para la reproducción de la mano de obra, inmediatamente aumenta el margen relativo  para la producción de plusvalía, pudiendo incluso reducir la duración absoluta de la jornada  laboral sin perjudicar la tasa de ganancia. 

Aunque Marx piensa la innovación técnica durante la industrialización de la producción,  es innegable que las relaciones sociales de entonces descansan en la misma contradicción  fundamental que las actuales: capital versus trabajo. En consecuencia, a pesar de las diferencias  históricas, dicha teoría posee validez científica suficiente para, al menos, ser considerada al  momento de analizar modificaciones tecnológicas contemporáneas, tales como la virtualización  del trabajo.

1 Carlos Marx. El capital. Crítica de la economía política. Madrid: Ediciones Akal, S.A., 1976, libro 1, t. II, p. 79.

En circunstancias históricas regulares, la implementación del teletrabajo supondría engorrosas negociaciones con los sindicatos de los rubros involucrados, en vista de las  consecuencias que podría tener. Sobre todo, considerando que, temporalmente hablando,  navega entre futuro y pasado, sin suficiente arraigo para vislumbrar su verdadera significación histórica. Por un parte, reviste aspecto progresista, ya que supera indisposiciones circunstanciales –desde la distancia física hasta la inminente posibilidad de nuevas pandemias– mediante la  utilización de tecnologías avanzadas. Por otra, evoca el régimen de trabajo a domicilio del siglo  XIX, donde los trabajadores –en especial, las trabajadoras dedicadas a labores textiles– costeaban  los gastos ejecutivos bajo sueldo a tratar, sometidos a jornadas sin duración fija, en patentes  condiciones de insalubridad. De un modo u otro, ambas cuestiones marcan el desenvolvimiento  contemporáneo del teletrabajo, pues, así como permite sortear la crisis sanitaria sin detener la  producción, también transfiere los gastos ejecutivos a la mano de obra, quien también padece  enfermedades asociadas al trabajo doméstico; esta vez, centradas en el ámbito psicológico. 

Teniendo en cuenta las alarmantes cifras de contagios diarios tras la llegada de la variante  ómicron a Chile –con 24 mil casos diarios sobre 18 millones de habitantes–, sumado al hecho  de que ya es ley, probablemente el año 2022 también estará marcado por el teletrabajo, cuestión  que nos devuelve al comienzo del presente comentario: ¿Cuánto afecta esta innovación técnica  al valor de la fuerza de trabajo?  

De suscribir con la hipótesis marxista respecto al problema señalado, probablemente  descubriremos que el teletrabajo disminuye el valor de la fuerza de trabajo, pues no solo  transfiere los gastos ejecutivos al trabajador, sino que además aumenta considerablemente la disponibilidad de aspirantes, ya que trasciende límites territoriales. Tanto así, que inclusive un  trabajador ubicado en un país diferente al del puesto en cuestión, con una legislación laboral  distinta, puede asumir un empleo telemático, no habiendo más condiciones que las pactadas de  consumo. Evidentemente, el efecto reactivo que dicha posibilidad –por no decir realidad– tiene  sobre el conjunto de la clase obrera es gigante, pues agudiza la competencia y las contradicciones entre trabajadores. En consecuencia, urge analizar los efectos materiales del teletrabajo, pues  vehicula nuevas formas de lucha de clases.  

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