“De las condiciones de Boric para dar gobernabilidad me caben pocas dudas”

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“No conozco a muchos con esa capacidad de autonomía para tomar decisiones que buscan aunar criterios, aún con costos políticos y lograr superar esos costos” enfatizó la académica y ex ministra Clarisa Hardy. En contrapunto, sostuvo que “un gobierno liderado por José Antonio Kast augura alta ingobernabilidad”. Planteó que en la segunda vuelta se juega “la nueva Constitución y una agenda social que debe acompañarla y que está a la espera”. La presidenta del Instituto Igualdad señaló que en el balotaje se juegan “proyectos de país distintos”, pero advirtió que “eso no quiere decir que estamos en un país polarizado”. Enfatizó que “para abordar los cambios que debe contener la nueva Constitución y tener un Gobierno de transformación se requieren amplias mayorías sociales y políticas. Eso se llama unidad de la oposición”.

Hugo Guzmán. Periodista. “El Siglo”. Santiago. 10/12/2021. Presidenta del Instituto Igualdad -vinculado al Partido Socialista-, esta antropóloga y psicóloga, ex ministra de Estado, no ha dejado de estar en la primera línea académica y política en los ajetreados momentos de los últimos años en el país, no exentos de polémicas y reflexiones diversas.

Clarisa Hardy abordó en entrevista algunos temas como el surgimiento de la ultraderecha, el desafío de la unidad de fuerzas progresistas y de izquierda, la candidatura presidencial de Gabriel Boric y el contexto que se ha vivido en los últimos tiempos en Chile.

Quisiera partir con algo muy general. ¿Esta segunda vuelta encuentra a un país polarizado, en la incertidumbre, o usted cree que estamos viviendo un proceso natural de opciones de proyecto país?

A pesar de que el estallido social parece lejos después de dos años y que en medio, hemos vivido una severa emergencia sanitaria con graves impactos sociales y económicos para el país y los hogares, subsisten los graves problemas estructurales de nuestra sociedad y que están al origen del estallido. Hay un retroceso de cinco años en materia de pobreza y de una década en extrema pobreza y, al mismo tiempo, la desigualdad de ingresos ha retrocedido a niveles que no conocíamos en estas décadas, parecida a la crisis de los ochenta. No lo digo yo, lo muestran los resultados de la CASEN 2020 que conocimos hace pocos meses atrás.

Ante tal escenario, no tengo dudas de que se están enfrentando  proyectos de país distintos y que eso se juega en estas elecciones. Uno, representado por José Antonio Kast quien, más allá de un nuevo programa maquillado y edulcorado, implica un retroceso aún con el desolador cuadro que describo. Otro, representado por Gabriel Boric que ofrece, no sólo una respuesta a la crítica coyuntura que se vive en el país, sino que señala una hoja de ruta para abordar las problemáticas estructurales que nos acompañan.

Pero digamos también que esos proyectos alternativos no se están jugando sólo en la elección presidencial, sino en el proceso constituyente y está en manos de la Convención Constitucional. Su trabajo y desenlace pueden verse obstaculizados o favorecidos dependiendo de quien llega a la presidencia de Chile. Se juega mucho en esta segunda vuelta presidencial: la nueva Constitución y una agenda social que debe acompañarla y que está a la espera.

Quiero aclarar que si bien hay en juego dos proyectos alternativos, eso no quiere decir que estamos en un país polarizado. La inmensa mayoría que votó Apruebo (nueva Constitución) votó cambios y en mayor medida cambios progresivos. Solo una minoría estuvo por el Rechazo y por el inmovilismo. Eso refleja que no hay un país polarizado. Hay una minoría parapetada en la trinchera del inmovilismo y una mayoría por los cambios. Ahora bien, es obvio por los resultados de la primera vuelta que lo que se entiende por cambios progresivos tiene distintas expresiones sociales y políticas y también distintos significados, por lo que el reto político más importante es articular esas expresiones diversas. Pero está claro que el inmovilismo e incluso los cambios regresivos son minoría, minoría poderosa, pero minoría.

Llamó la atención el posicionamiento de la extrema derecha.

Haber incomprendido la pluralidad de visiones de cambio y, por otro lado, haber ignorado que junto a la incertidumbre que es propia de vivir en una sociedad con tantas vulnerabilidades y desigualdades se agrava cuando viene una pandemia que te hace convivir día a día con incertidumbres vitales y miedos a la sobrevivencia, permite el surgimiento de la ultraderecha.

Ella ofrece soluciones simplistas de orden y de certezas, por un lado y, por otro, reduce la comprensión de los problemas a ciertos grupos de la sociedad agitando los miedos (migrantes, violentistas, por ejemplo). Lo anterior se da en un cuadro de evidente deterioro y pérdida de adhesión a los partidos tradicionales que han gobernado y en el campo de la derecha da espacio al surgimiento de un nuevo partido aún más a la derecha, el Partido Republicano y de un “supuesto” nuevo liderazgo. No olvidemos que José Antonio Kast formó parte del sector político más conservador de la derecha y que se alejó de él porque piensa que han cedido sus principios fundacionales. Me refiero a la UDI, del que es hijo.

¿Independiente del resultado, quedará Kast como el líder de la derecha y la ultraderecha, vendrá un reacomodo orgánico en esos sectores?

Decía que, en general, casi todas las fuerzas políticas tradicionales que hemos conocido desde la recuperación democrática han perdido adhesión y se han visto disminuidas en su representación. Unas más que otras, pero debilitadas por igual. En ese escenario, en la derecha emerge el Partido Republicano y logra un número interesante de parlamentarios, pero sobre todo se posiciona el liderazgo de José Antonio Kast quien ha recibido el respaldo entusiasta de la mayoría de la derecha o al menos un respaldo resignado, como en el caso de Evópoli. Como soy de las que cree que José Antonio Kast no será electo presidente, sí pienso que hay que prepararse ante el hecho de que será la figura que va a liderar implacablemente la oposición al gobierno de Boric. Que sea ésta una voz de alerta para quienes, en el campo de la actual oposición, aún no entienden que la unidad es un imperativo para defender cambios progresivos en nuestro país.

Es evidente el respaldo de Nuevo Pacto Social, el Partido Progresista y otras fuerzas a la candidatura de Apruebo Dignidad, donde están el Frente Amplio, el Partido Comunista, el Frente Regionalista Verde Social y otros colectivos.  Esto en un marco donde se sostiene que la ex Concertación ya falleció. ¿Cómo vendrían los nuevos pactos, alianzas, caminos en el mundo progresista y de izquierda?

Me parece que ya me anticipé a tu pregunta en mi anterior respuesta. Soy de las que ha dicho -incluso en este mismo medio como recordarás estimado Hugo-, que para abordar los cambios que debe contener la nueva Constitución y poder tener un Gobierno de transformación se requieren amplias mayorías sociales y políticas. Eso se llama unidad de la oposición.

Ha costado tanto que las fuerzas opositoras lo entiendan, si bien hay que reconocer que el Partido Socialista lo ha reiterado desde que Sebastián Piñera se impusiera en la anterior elección. No es momento de reproches por haber fallado en ese camino, pero sí de aprendizajes. Hemos tenido que llegar al extremo de tener al frente a José Antonio Kast ganando la primera vuelta presidencial, para asumir la urgente necesidad de una unidad opositora, habiendo ya pagado el costo de un Parlamento fragmentado y potencialmente esquivo para un proyecto de Gobierno progresista. El aprendizaje es que hay que tener la capacidad de traducir esta urgencia unitaria en una estrategia política que implique mucha iniciativa innovadora en la construcción de esa alianza por los cambios. Es un desafío en distintas instancias en paralelo: al interior de la Convención Constitucional, en el Congreso y en el Gobierno y es una reflexión que se va a tener que dar el día siguiente de la elección de la segunda vuelta.

En el caso improbable de que ganara la derecha con un presidente de ultraderecha, unidad para defender la viabilidad del proceso constituyente y tener un nuevo texto constitucional que sea ratificado por la mayoría ciudadana en el plebiscito que lo sancionará, así como para hacer del Congreso el espacio en que se pueda impedir cualquier regresión en derechos conquistados y forzar democráticamente avances al menos civilizatorios. En el caso más probable de un Gobierno de Boric, que es el Gobierno de Apruebo Dignidad, unidad para ser un soporte facilitador de la Convención Constitucional y de la nueva Constitución, para lograr pluralizar la base política de sustentación del gobierno y, sobre todo, de alianzas por los cambios en el Congreso. Creo que ese entendimiento ya está asentándose en esta fase en que todas las fuerzas políticas opositoras han suscrito como propia la candidatura de Gabriel Boric.

Es un inicio auspicioso, pero entendiendo que hay que aceptar con humildad que quien ganó las elecciones en primera vuelta fue Gabriel Boric y que no es el momento de protagonismo de aquellos partidos que concurrieron sin éxito a esa primera vuelta. No sé bien cuál o cuáles serán las fórmulas de alianzas, pero está claro que no es posible reeditar experiencias del pasado político, si bien hay lecciones que nuestro pasado de alianzas puede dejar, y tal vez indagar en experiencias de otros países. Uruguay tuvo una larga y exitosa experiencia con una alianza muy amplia de Gobierno desde la DC al PC, por tomar un ejemplo en América Latina, o bien está la fórmula  de Portugal en Europa basada en un amplio entendimiento parlamentario, por mencionar otra. Si bien hay que tener presente que en ninguna de ellas se dio la coincidencia de una Convención Constitucional en funcionamiento con un cambio de Gobierno. Es un camino propio en el que habrá que aprender.

Frente a los cuestionamientos que se quieren instalar, ¿usted cree en la capacidad de gobernabilidad de Gabriel Boric?

De las condiciones de Gabriel Boric para dar gobernabilidad me caben pocas dudas. No conozco a muchos con esa capacidad de autonomía para tomar decisiones que buscan aunar criterios, aún con costos políticos y lograr superar esos costos. Me refiero no sólo a su opción por la suscripción del acuerdo que posibilitó el proceso constituyente sino, por lo que recuerdo, a su decisión de integrar, cuando nadie de la oposición lo acompañó, la comisión de infancia que convocó el presidente Piñera a inicios de su Gobierno. Pero en realidad la gobernabilidad no sólo depende del talento político de un líder que aspira a presidente, sino además de las fuerzas políticas que lo acompañen. Estas señales iniciales de unidad opositora en torno de la candidatura de Boric de la que hablaba antes, abonan también en la dirección de darle gobernabilidad a un país que adolece, al igual que el sistema político, de fragmentación. Será un Gobierno con muchas dificultades pero tiene a la base estas cualidades que señalo. Por el contrario, de lo que sí estoy segura es que un gobierno liderado por José Antonio Kast augura alta ingobernabilidad. Un Kast que en los momentos en que se requiere flexibilidad para buscar salidas mostró una irreductible inflexibilidad, un Kast que cuando se requiere ductilidad para equilibrar las propias convicciones con la sensibilidad para comprender cuales son las necesidades y expectativas ciudadanas, esconde sus convicciones y revela alta  insensibilidad al diario vivir de una sociedad diversa, sólo puede augurar ingobernabilidad.

No estoy para nada por hacer de esta una campaña que infunda miedos, pero creo que es realista anticiparse a los altos riesgos de ingobernabilidad que podría haber de ser Kast quien llegara a la presidencia del país, con una coalición de derecha en la que muchos de sus propios integrantes confiesan que votan por él como un “mal menor”. Esto es tener una combinación de liderazgo presidencial con pocos atributos y una frágil alianza antes de sentarse en La Moneda y en el Congreso, con una división que ya se refleja en la Convención Constitucional entre los propios convencionales de derecha.

¿Cómo ve esta insistencia de demonizar y estigmatizar al Partido Comunista en el escenario nacional?

Nada nuevo en la historia política chilena ni internacional. Este lema de libertad o comunismo que ha levantado históricamente la derecha chilena y que hoy es una bandera agitada por la ultraderecha en otros países, es parte del “menú” esperable en unas elecciones en que se enfrentan, por un lado, un candidato ultraconservador que ha visto amenazante cada avance conquistado en derechos civiles y sociales y, por otro, un candidato apoyado, entre otros partidos, por el comunista. Agitar el anticomunismo además se ve facilitado cuando existen voces ambiguas o incluso negadoras frente a países con evidentes violaciones a los derechos humanos y a la democracia, cuando además tenemos una población migrante que viene de esos países. En eso hay errores que el propio Partido Comunista debe asumir y corregir. A modo de ejemplo, lo hizo en relación a una desafortunada declaración respecto de Nicaragua que finalmente terminó por ser desconocida por la dirigencia pública del Partido Comunista y que a estas alturas carece de paternidad. En todo caso, a nivel nacional nadie puede dar un solo argumento o mostrar hechos que relacionen al PC con amenazas a la democracia chilena en la larga historia de este partido en el país. Y frente a esa evidencia me ha parecido un serio error que la campaña de Yasna Provoste en cierta etapa se hiciera eco de esta estrategia de la derecha y sacara al pizarrón al Partido Comunista por sus posturas internacionales pues, lejos de capitalizar de esa estrategia diferenciadora, lo que hizo fue derivarle votos a la derecha a juzgar por los resultados electorales de la primera vuelta presidencial.

Por último y así como he dicho que los partidos de la centroizquierda perdedores en esta contienda electoral deben asumir con humildad su rol sin por eso deponer sus ideas y convicciones, del mismo modo pienso que debe hacerlo el Partido Comunista que perdió las primarias frente a Gabriel Boric. Porque, en definitiva, nos necesitamos todos en un camino en que nos convocan acuerdos esenciales, tal vez no máximos, pero esenciales. Confío en la nueva generación de liderazgos que ha surgido, casi todas mujeres por lo demás, incluyendo no sólo a quienes construyeron su liderazgo desde el movimiento estudiantil sino a una mujer como Claudia Pascual, cuyas convicciones nunca han sido obstáculo para construir puentes de diálogo. Que ella haya llegado al Senado es una muy alentadora señal para construir confluencia unitaria.

 

 

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