“No existe oposición entre gobernabilidad y garantizar derechos”

Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, apuntó que “la paz es siempre una obra de la justicia, y por eso las respuestas meramente represivas exacerban la violencia”. Mirando hacia la segunda vuelta presidencial, el teólogo declaró en entrevista que “un Gobierno de ultraderecha asegura un cuadro donde los estallidos van a re-emerger de forma espasmódica”.

Hugo Guzmán. Periodista. “El Siglo”. Santiago. 26/11/2021. Quisiera conversar contigo más allá de la contingencia dura y abordar algunos temas que se fueron instalando. Por ejemplo, ¿compartes que en la elección, con el triunfo de José Antonio Kast, se rompió el octubrismo, quedó atrás la revuelta social?

Evidentemente, el estallido no se reflejó en la votación. Pero comparto la opinión del sociólogo Raúl Zarzuri, quien sostiene que, aunque no hubo efectos relacionados con el estallido social en esta elección, como sí ocurrió en la elección de la Convención Constitucional, ello no quiere decir que el octubrismo no exista, pero como malestar no digerido ni procesado por la sociedad. Es una fuerza latente, sin cauce electoral, que puede emerger en cualquier escenario político futuro de manera inesperada e incontrolable. Recordemos que los secundarios no saltaron el torniquete por mera rebeldía, sino porque sus familias no tenían el dinero para que fueran a estudiar. Esta carencia microfinanciera, desesperada, se ha agudizado en la pandemia y se ha reflejado en la fuerza de la demanda por el retiro de fondos de las AFP. Estas carencias inmediatas, tan angustiantes, son relevantes para pensar qué tipo gobierno sería capaz de administrar mejor este escenario. Un Gobierno de ultraderecha asegura un cuadro donde los estallidos van a re-emerger de forma espasmódica, incontrolable y permanente; mientras que un gobierno de Boric puede reconducir el malestar a formas políticas y racionales de articulación.

Se ha llegado a decir que la elección demostró que la mayoría no quiere cambios radicales, que quedó atrás toda la etapa de protestas.

Creo que no es una lectura correcta. Quienes sostengan esa tesis deberán en el futuro responder cuando el mismo malestar que ha existido en estos años retorne de formas insospechadas. El cuadro electoral muestra una insatisfacción con las respuestas políticas a la crisis, por el nivel de abstención y por la dificultad de canalizar la insatisfacción en un sólo liderazgo. Ningún candidato logró superar el 30%, lo que muestra una enorme dificultad política para lograr representar a los diversos “Chiles” que existen y que buscan formas de expresarse.

¿Está polarizado el país?

En parte. Pero creo que además esta tribalizado. Hay muchas identidades fragmentadas. Hay un voto masculino, sobre los cincuenta años, de clase media y alta. Y en frente hay un Chile femenino, joven, de clase media baja y baja. Entre esos dos mundos polares hay una serie de combinaciones posibles, que pugnan por hegemonía. El factor clase está cruzado, más que nunca, por elementos de género, identidad étnica, procedencia geográfica. El voto regional o rural es hoy muy distinto al urbano. El voto del norte, expresado en la votación de Parisi, no se parece al del centro-sur, donde se fortaleció la ultraderecha. A esto hay que agregar el extremismo de la candidatura de Kast, que enerva las emociones de la sociedad, desde el miedo, la rabia y la indignación.

Hay como una competencia entre atributos: gobernabilidad, estabilidad, paz, derechos, participación, orden. ¿Cómo desentrañar esa disputa conceptual en las campañas y propuestas?

Habría que mostrar que no existe oposición entre dar gobernabilidad, orden y estabilidad, con garantizar derechos y más democracia. La paz es siempre una obra de la justicia, y por eso las respuestas meramente represivas exacerban de la violencia. Por otro lado, hay que asumir que la administración del Estado es algo muy serio, exige hacer uso de todas las herramientas legales de las que dispone para regular la convivencia, bajo criterios justos. Esto implica el uso de la fuerza legítima, el derecho penal, la acción policial e incluso militar cuando corresponda. Lo que se debe cuestionar es la absoluta falta de prudencia y adecuación de estos instrumentos en las manos del actual gobierno, y el desquiciamiento que pretende hacer de ellos bajo la candidatura de extrema derecha.

En esta elección está en disputa el proyecto-país. A pesar de eso, se teme que continuemos bajo el 50% de participación de la gente. ¿Qué pasa con eso, qué hacer frente a eso?

La relegitimación del sistema político pasa por tareas de largo plazo: educación ciudadana masiva, reconstrucción del tejido social y asociativo, mayor confianza en las instituciones, y eso exige un cambio constitucional como el que se está diseñando. Pero hay elementos de contexto inmediato que pueden alterar este cuadro. Debería ser evidente que cuando la gente logra una conquista social concreta, patente en su bolsillo y en su vida cotidiana, debería votar por defenderla. Pero en la práctica esto no se ha logrado. Sería un objetivo conseguir que las personas vean el vínculo entre la lucha social y política, con el logro de conquistas concretas como la gratuidad universitaria, políticas sociales, etc., que han sido conseguidos por un congreso o un gobierno favorable a sus demandas.

¿Cómo asumir el tema de la violencia? Porque es disímil. La que hay en las zonas populares con el narcotráfico, los portazos, la delincuencia, lo que sucede en La Araucanía o episodios durante la protesta social.

La violencia es un estado natural de la sociedad. Entramos en un estado para superarla. Esa es un labor evidente de cualquier gobierno. Por eso hay que tener una política clara en este campo, ya que desde el primer día en La Moneda habrá que ejercer ese rol de forma perentoria. Pero no todas las violencias son iguales. No es lo mismo el narcotráfico que la violencia en una manifestación. No es igual la violencia en la Araucanía que en las poblaciones de Santiago. No es lo mismo la delincuencia rural que la urbana. Y, por supuesto, tampoco es lo mismo la violencia de las fuerzas policiales mismas, que está desbocada. El mensaje debe ser simple por razones comunicacionales, ya que la audiencia no admite rápidamente estas distinciones. Por eso es bueno perfilar la capacidad de (Gabriel) Boric y la clara disposición de Apruebo Dignidad, sin ninguna vacilación, a la hora de tomar decisiones duras o difíciles cuando hay que garantizar la seguridad de la gente. Es un deber que se va a ejercer de manera fuerte y clara, más allá de la prudencia y respeto a los derechos humanos que no se pueden tranzar en esta materia. Se controlarán todas las formas de violencia delincuencial, partiendo por la violencia de los poderosos.

Sale mucho el tema generacional, sobre todo en el sector progresista y de izquierda. ¿Cómo está jugando ese factor?

El electorado se puede caracterizar en un gráfico de cuatro cuadrantes, donde los catetos son la edad y el género, cruzados por una hipotenusa que mide el ingreso. El voto de los hombres de clase media y alta se orientó a la Derecha; y el voto joven, femenino y de bajos ingresos, a la Izquierda. Pero la clase social hace una diferencia. Es un dato. Por eso una parte del voto masculino y joven, de bajos ingresos, se fugó hacia MEO (Marco Enríquez-Ominami) y especialmente hacia Franco Parisi. Este análisis tan simple puede ser matizado, pero en lo urgente sirve para reconocer que hay una parte importante del electorado que se mueve en estas claves. Ello sirve para analizar el discurso que hay que transmitir en un lapso de tiempo tan corto.

El caso de las platas en la rendición de gastos de Karina Oliva, volvió a poner en carpeta el tema de la ética y la estética. ¿Crees que se están descuidando esos elementos en el campo progresista y de la izquierda?

No creo que se deba generalizar este diagnóstico, ya que desmoraliza la política. No podemos aceptar la idea de extender un caso particular a todo un partido como Comunes, que merece respeto, y menos a todo un sector político. Hay una enorme diferencia con una Derecha que tiene normalizada la apropiación de lo público con fines privados y no reacciona ante sus escándalos sino con la impunidad, empezando por el caso del Presidente (Sebastián) Piñera. Esto no implica exculpar a quienes caigan en malas prácticas en la Izquierda, y las dirigencias políticas deben ser implacables a la hora de denunciar y sancionar las acciones ilegítimas o inescrupulosas, por pequeñas que sean. Nada puede asegurar que no exista gente corrupta en una organización grande y compleja como una coalición de gobierno a escala nacional. La diferencia debe estar en la eficiente prevención de estas prácticas y la rápida y fuerte respuesta ante ellas.

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