Afganistán: el gran juego continúa

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Tras la salida de EU de Kabul, negociada en Doha por la administración Tump y el Talibán en febrero de 2020, el gran juego geopolítico, que incorpora como actores regionales a China y Rusia, se reanuda. Moscú podría ayudar a Afganistán a reconstruir la hidroeléctrica de Naghlu y cooperar en el tendido de gasoductos y la construcción de instalaciones petroleras. A su vez, Pekín quiere extender el corredor económico China-Pakistán, uno de los proyectos insignia de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, a Afganistán.

Carlos Fazio. Periodista. Ciudad de México. 24/08/2021. Las mentiras mediáticas de la propaganda occidental sobre la caída de Kabul y la retirada de Estados Unidos de Afganistán, lejos de reflejar el desmoronamiento definitivo del imperio del caos podría significar un reposicionamiento -con nuevos elementos de privatización militar vía sofisticadas tecnologías, drones, bombarderos de largo alcance, mercenarios y redes de espionaje- que obedece a una reconfiguración geopolítica, donde la misión principal del Pentágono y la Agencia
Central de Inteligencia (CIA) ya no será la guerra contra el terrorismo, sino tratar de aislar a Rusia, potencia energética regional, y acosar a China por todos los medios en la expansión de las
nuevas rutas de la seda.

La guerra contra el terrorismo de la administración Bush hijo fue una
falacia. Se ha documentado ampliamente que el pretexto para librarla fue
una fabricación. La invasión a Afganistán, en 2001, no fue una
respuesta al 11 de septiembre: ya estaba planificada desde julio
anterior. Y Osama Bin Laden y la red Al-Qaeda no eran una amenaza a los
anglosajones, sino su instrumento. Tampoco fue una intervención
humanitaria para restaurar la democracia, como lo acaba de reconfirmar
el presidente de EU, Joe Biden.

Ahora, como entonces, los medios hegemónicos occidentales pretenden
ignorar el apoyo de la CIA y el Pentágono a las organizaciones
terroristas internacionales. Cuando en julio de 1979 triunfó la
insurrección sandinista en Nicaragua y en diciembre siguiente la Unión
Soviética intervino en la República Democrática de Afganistán
invitada por el gobierno socialista de Nur Muhammad Taraki, el
presidente de EU, Ronald Reagan, y el director de la CIA, George Bush
padre, crearon, armaron, entrenaron, abastecieron y cofinanciaron (junto
con Arabia Saudita) a los contras nicaragüenses y a los muyahidines
afganos (poco después talibanes) y los llamaron freedom fighters
(luchadores por la libertad). El propio Bin Laden reconoció al New
York Times, que el complejo de Tora Bora, donde se escondían los
miembros de Al-Qaeda, había sido creado con ayuda de la CIA y
funcionaba como una base para los afganos y los voluntarios que venían
de los países árabes y musulmanes para luchar contra los soviéticos y
el gobierno de la época, donde eran entrenados por oficiales
estadunidenses y paquistaníes.

Otra fuente de financiamiento de las acciones terroristas de la “contra
nicaragüense” y los talibanes afganos era el tráfico de drogas.
Durante la ocupación estadunidense, la superficie dedicada al cultivo
de amapola (adormidera) en Afganistán se cuadruplicó y el opio se
convirtió en la principal actividad económica del país. Y no es
secreto que la heroína afgana sirvió para financiar las actividades
encubiertas de la CIA.

La invasión militar a Afganistán por EU y sus socios de la OTAN
respondió a los intereses de los gigantes petroleros
angloestadunidenses (Unocal, Chevron, British Petroleum), aliados con
los cinco grandes fabricantes de armas: Lockheed Martin, Raytheon,
Northrop Grumman, Boeing y General Dynamics. Afganistán resulta
estratégico, no sólo porque bordea el corredor de la ruta de la seda
que une al Cáucaso con la frontera occidental de China, sino porque se
ubica en el centro de cinco potencias nucleares: Rusia, China,
Pakistán, India y Kazajistán. El corredor euroasiático cuenta con
reservas de petróleo y gas natural similares a las del golfo Pérsico,
lo que convierte a Afganistán en un territorio clave para el cruce de
las rutas de transporte y oleoductos, y en puente terrestre lógico para
los oleoductos que van hacia el sur, desde la antigua república
soviética de Turkmenistán hasta el mar Arábigo, a través de
Pakistán.

Como dijo en 1997 Graham Fuller, experto en política de la CIA, quien
controla ciertos tipos de ductos e inversiones en la región
euroasiática, tiene cierta fuerza geopolítica aun cuando no tenga el
control físico del petróleo. De allí que la invasión fue para
establecer un punto de apoyo esencial a través de una red de bases
militares en la intersección estratégica de Asia Central y del Sur,
complementado después con la ocupación de Irak. De entonces datan,
también, los nexos de las administraciones Clinton y Bush hijo con las
organizaciones islámicas fundamentalistas, que continuaron bajo las de
Obama, Trump y Biden.

Tras la salida de EU de Kabul, negociada en Doha por la administración
Tump y el Talibán en febrero de 2020, el gran juego geopolítico, que
incorpora como actores regionales a China y Rusia, se reanuda. Moscú
podría ayudar a Afganistán a reconstruir la hidroeléctrica de Naghlu
y cooperar en el tendido de gasoductos y la construcción de
instalaciones petroleras. A su vez, Pekín quiere extender el corredor
económico China-Pakistán, uno de los proyectos insignia de la
Iniciativa de la Franja y la Ruta, a Afganistán. Y ofrece a los
talibanes proyectos de infraestructura, energía y minería, con
énfasis en la explotación de litio y de los minerales en tierras
raras, esenciales para las nuevas tecnologías militares,
computacionales y espaciales. Según Thierry Meyssan, EU no perdió
Afganistán, quiere que esa zona siga siendo inestable. El objetivo de
­Washington es que las empresas de cualquier país, China incluida,
tengan que aceptar la protección de EU para poder explotar las riquezas
afganas.

El “imperio del caos” -como llamó hace 20 años Alain Joxe a EU-
puede seguir creando conflictos en la sombra y utilizar sus fuerzas
especiales clandestinas, contratistas privados (mercenarios) que reciben
órdenes del Pentágono y de la CIA y grupos terroristas de
fundamentalistas islámicos, para destruir toda forma de organización
política en esa región. Incluso, podrá supervisar una variedad de
bombardeos a Afganistán desde su base Centcom en Qatar y otras bases
militares instaladas por Biden en países vecinos.

Como señaló el analista Pepe Escobar, la pérdida de Afganistán puede
interpretarse como un reposicionamiento de EU. Se ajusta a la nueva
reconfiguración geopolítica donde las nuevas misiones de la CIA y el
Pentágono serán aislar a Rusia y acosar a China. Para ello necesita un
nuevo chivo expiatorio; un nuevo eje del mal. El eje es
Talibán-Pakistán-China.

 

 

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