Al otro día del triunfo

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No será la obra de un gobierno, ni de una coalición de partidos políticos, la que garantice el triunfo ni las reformas contenidas en él, sino de la movilización popular tras un programa que exprese efectivamente la tensión entre lo viejo y lo nuevo y que le de sentido a las vidas de millones que aspiran a la felicidad.   

Hernán González. Profesor de Arte. Valparaíso. 09/07/2021. En los momentos decisivos de la historia, los grandes movimientos políticos y sociales, no necesitan demasiadas explicaciones. El pueblo las vive prácticamente en el trabajo, en el barrio, en la escuela y en el consultorio; en las grandes movilizaciones de masas y encuentra finalmente la forma apropiada de exresarlas.

Son momentos que se prolongan en el tiempo y que marcan la vida de generaciones enteras.

Son los momentos en que las cosas ya no pueden seguir siendo como eran hasta entonces y la sociedad se plantea grandes transformaciones. El Frente Popular, la Revolución en Libertad; son expresiones de esos momentos determinantes de la historia en que las cosas ya no pueden seguir siendo como hasta entonces y esa tensión se expresa en enormes movimientos de masas.

La expansión de la educación pública y la cultura impulsada por el Estado desde la Ley de Instrucción Primaria Olbligatoria; de la red de empresas estatales que se crean al alero de la CORFO, saqueadas por la dictadura militar y que explican la fortuna de varios “emprendedores”; la reforma agraria y la Ley de Juntas de Vecinos para culminar con quizás la obra más emblemática de la Nación en el siglo XX, la Nacionalización del Cobre durante el gobierno popular.

Todas estas obras expresan ese movimiento histórico y de masas que se va desarrollando en la lucha entre lo viejo y lo nuevo; entre el atraso y la exclusión y las aspiraciones de desarrollo e igualdad de las mayorías.

Se trata de una cuestión de sentido, no de radicalidad. Las grandes reformas, expresan por así decirlo el espíritu de un pueblo, una idea, una necesidad; una razón por la cual vale la pena luchar.

Será la misma lucha; el desarrollo del programa y sus logros; también la oposición que encuentre en su implementación lo que va a plantear nuevas tareas al pueblo y a las fuerzas democráticas, como fue en el siglo XX, por ejemplo respecto de la democratización del sistema político expresada en la creación del registro electoral y la cédula única para erradicar el cohecho.

O la profundización de la reforma agraria -comenzada por Frei- durante el gobierno popular de Salvador Allende.

Chile en la actualidad, está atravesando por uno de esos momentos donde ya no sólo son necesarias algunas o muchas reformas, sino una transformación de la sociedad. El programa de gobierno debe contener ese espíritu, no ser un catálogo con el conjunto de medidas a adoptar, ni una lista de necesidades por resolver.

No se debe temer a hablar por ejemplo de “soberanía”, “desarrollo”; “progreso”; “igualdad”. Son precisamente las ideas posmodernas y liberales que renuncian a la transformación; que se conforman con pequeños ajustes bajo el supuesto de que la iniciativa individual o mejor dicho, millones de opciones individuales sumadas van a encontrar espontáneamente y en forma autónoma la respuesta a sus demandas, lo que fracasó y está en retirada.

Eso es la cultura en el programa. Una idea inspiradora de vidas que relaciona la biografía de millones con la historia de un país. Historias de familias que migran, que trabajan, que habitan un territorio y que van conformando clases sociales, movimientos de masas que luchan por su felicidad.

Eso fue la formación de la clase obrera y los empleados en el siglo XX. Del magisterio y la intelectualidad universitaria; del movimiento feminista, de pobladores que aportaron al movimiento popular conocimiento, arte, técnica, valores, una cultura original que se expresó luego en la Nueva Canción Chilena, en el movimiento muralista, en el teatro experimental; en la poesía de de Rockha, Neruda y la Mistral.

Los conflictos que desde ya se pueden prever en el transcurso de la implementación del programa, producto de la resistencia de las clases privilegiadas por cuarenta años de neoliberalismo después del triunfo de noviembre, van a requerir la movilización de millones.

No será la obra de un gobierno, ni de una coalición de partidos políticos, la que garantice el triunfo ni las reformas contenidas en él, sino de la movilización popular tras un programa que exprese efectivamente la tensión entre lo viejo y lo nuevo y que le de sentido a las vidas de millones que aspiran a la felicidad.

 

 

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