¿Debe tener un preámbulo la nueva Constitución?

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La nueva Constitución debe contener un preámbulo, como un relato poético de la épica que vivimos capaz de condensar y sintetizar el momento, reflejando lo que somos y lo que queremos ser. Un preámbulo que comunica los motivos para redactar una nueva Constitución y lo que nos identifica como sociedad y los valores que quisiéramos representar.

Carlos Arrúe. Abogado. 14/04/2021. La Constitución es, dicho en términos populares, un mamotreto, así tenga 50 artículos y solo 10 páginas. Su aspecto de ladrillo repleto de términos indescifrables para muchos que requieren explicaciones, la convierten en un texto muchas veces inalcanzable.

El uso correcto y eficiente de las palabras, algo que se agradece en general, curiosamente en este caso, es un problema. Su afán de precisión y exactitud, requiere continuamente de lo mismo; precisión y exactitud.

¿Qué puede encontrar entonces, un ciudadano cualquiera en su Carta Fundamental que lo identifique a tal nivel que esté dispuesto a defender esa Constitución como algo relevante y único? Es más, ¿por qué hay gente que muere por su Constitución si es un texto tan aburrido y plano?

Probablemente la respuesta la encontremos en los motivos y las razones que rodean el momento en que nace la Constitución cuya proyección histórica trasciende con creces el texto mismo. No solo importa lo que dice como lo que inspira, siendo esa inspiración una fuente permanente de consulta y referencia que luego es admirada con el paso de las décadas. Se visita después el hito histórico y se estudian las formas en que se abordaron los desafíos y las razones para asumir el momento más incluso, que con el registro escrito en sí mismo.

La épica de un nacimiento, produce un impacto cuya profundidad es determinada fundamentalmente por el contexto histórico y cuyo rasgo esencial es lo trascendental y conmovedor que pueden resultar los hechos. Son esos hechos, y las subjetividades que los rodean, los que marcan el rumbo del desenlace, generando, eventualmente, la inflexión del antes y después. Sin antes y después, sin ese cambio conmovedor que remece la conciencia y desplaza los valores y aspiraciones de una gran mayoría, no hay nada más que un texto.

Es la creación de una nueva dimensión y propósito lo determinante para que una Constitución “pase a la historia”.

La dictadura cívico militar tuvo esa pretensión con la Constitución de 1980, pero nunca se pudo sacudir de la sangre con la que está bañada. Nunca. Cuando el ex Presidente Lagos intentó lavar la imagen de esa Constitución, colocando su rubrica en el año 2005, le salió el tiro por la culata. Nadie le dice la Constitución de Lagos sino que sigue siendo de Pinochet y no es mencionada como aquella del 2005 sino que sigue siendo referenciada como la de 1980. Así dictadura y neoliberalismo siempre han andarán de la mano.

Por eso la nueva Constitución debe contener un preámbulo, como un relato poético de la épica que vivimos capaz de condensar y sintetizar el momento, reflejando lo que somos y lo que queremos ser. Un preámbulo que comunica los motivos para redactar una nueva Constitución y lo que nos identifica como sociedad y los valores que quisiéramos representar.

Sin embargo, para que eso pueda suceder, este proceso debe completar exitosamente la etapa en que el pueblo la haga suya no solo ser un texto plebiscitado sino una propuesta de propósito y motivos.

Para eso, en primer lugar, no debe tener temor de escribirse mirando a la ciudadanía. Algo tan evidente pero tan contra histórico dada la reiteración con la cual se escriben acuerdos políticos en Chile entre cuatro paredes, de madrugada y llenos de eufemismos justificantes.

Puesto de otro modo, no solo hay que redactar la nueva Constitución, sino que hay que significarla.

Significar una Constitución es, además de un acto de voluntad, es decir, de desear significarla, es también un acto intencionado de empatía, de propiciar algo trascedente, conmovedor y revolucionario.

La época que comenzamos a vivir, es una época de disputa entre quienes no quieren reconocerse y quienes nos estamos reconociendo. Es una época en la que hemos visto no miles, sino centenares de miles con pañuelos verdes y morados en las muñecas. En que hemos marchado y luchado con banderas mapuches y su estrella de ocho puntas, no de cinco, no de seis. Es una época en que un perro es el líder indiscutido de la rebeldía política y social. Es una época en la cual el capital transnacional y depredador está siendo cuestionado profundamente, en que el capitalismo está siendo cuestionado, sobre todo sus reglas leoninas del comercio internacional injusto. Una época en que nos motiva la protección radical de la Naturaleza y no solo nos preocupa el pan que comemos. Es una época en que importa cómo vive el del lado. Esta época es de democracia digital y participativa y no solo de representación electoral. Es una época en que se escribirá una Constitución en pandemia, en que la salud de mañana no será como la de ayer. Vivimos y constatamos la permanente transformación, en la que la única constante, es el cambio. Hemos vivimos una época en la cual mujeres, trabajadores, niños y niños, adultos y adultas mayores y sobre todo jóvenes han dado de todo, han dado sus ojos, su sangre, su tiempo, su sudor, sus pies gastados, sus heridas, su temple y su decisión para un Chile nuevo.

La constitución será, en suma, de quienes luchan por ella y esto, debe estar en el preámbulo.

 

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