Antecedentes y relatos de la Seguridad del Estado de Cuba

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El Ministerio del Interior de Cuba y los órganos de Seguridad, Inteligencia y Contrainteligencia han cumplido una encomiable labor de seis décadas en defensa y fortaleza de la Revolución Cubana, lo que incluye de manera vital el trabajo de cientos o miles de mujeres y hombres que efectuaron diversas tareas, muchas veces de manera anónima y muy sacrificada, para proteger la soberanía de la isla socialista y la vida de sus habitantes. El Siglo publica algunas notas periodísticas aparecidas este 26 de marzo en el periódico “Granma” y el Portal Web “Cubadebate” sobre este tema que siempre impacta y que aborda un aspecto tan necesario como conmovedor de la lucha de agentes, analistas, oficiales y personal de la Seguridad del Estado.

“Granma”. “Cubadebate”. La Habana. 26/03/2021. Miguel Díaz-Canel Bermúdez, Presidente de Cuba en Twitter: “Nuestro homenaje agradecido a los que impidieron más de 600 atentados contra la vida de #Fidel y enfrentan, invictos, a los servicios de inteligencia del adversario hace 62 años. #Felicidades, queridos combatientes de la legendaria Seguridad del Estado #CubaViva

La Seguridad del Estado tiene una gran fuerza: la del pueblo

Raúl Antonio Capote. “Granma”. Los órganos de la Seguridad del Estado fueron creados el 26 de marzo de 1959, ante la creciente agresividad del Gobierno estadounidense, dispuesto a recurrir a todo para doblegar a la Revolución. Contra la obra invaluable de esos combatientes se ha estrellado, durante 62 años, cada plan del imperio y sus servicios especiales.

Siglos de combate desigual ha librado el pueblo cubano para conquistar y preservar su independencia y soberanía; primero, frente al imperio colonial español, y luego, contra el imperio estadounidense.

Generaciones de patriotas lo entregaron todo por Cuba y, una vez alcanzado el triunfo, en enero de 1959, tuvieron que crecerse, como si la sangre derramada hasta entonces no hubiese bastado. Para cuidar la Revolución había que continuar «con ojos de guardianes del sol», desvelados, defendiendo la tierra sagrada de los padres.

Para los cubanos, siempre inferiores en número, escasos de armas y bastimentos, era imprescindible conocer al enemigo, anticiparse a sus acciones.

Cientos de hombres y mujeres, en campos, pueblos y ciudades, los heroicos «laborantes», los «cuando», agentes voluntarios de la inteligencia mambisa durante las guerras por la independencia, mantenían informadas a las tropas insurrectas de cada paso, movimiento o señal del adversario.

Ninguno cobró jamás un centavo por sus servicios, pues no se cobra por defender a la patria.

Fue estrategia también del Ejército Rebelde. El 20 de abril de 1958, en un informe firmado por el entonces comandante Raúl Castro Ruz, dirigido a Fidel, explicaba: «Estamos perfeccionando el cuerpo de oficiales de Inteligencia Rebelde (I.R.) que tiene bajo su mando el S.O.C., o sea, el Servicio de Observación Campesina y otras dependencias más de este tipo».

Los órganos de la Seguridad del Estado fueron creados el 26 de marzo de 1959, ante la creciente agresividad del Gobierno estadounidense, dispuesto a recurrir a todo para doblegar a la Revolución. Contra la obra invaluable de esos combatientes se ha estrellado, durante 62 años, cada plan del imperio y sus servicios especiales.

Muchas veces se han preguntado, nuestros adversarios, qué fuerza explica la invicta trayectoria de la Seguridad cubana. ¿La respuesta? Es una sola fuerza: la del pueblo.

La historia del agente Allam o los secretos del rubio de Cabaiguán

Yunier Javier Sifonte Díaz. “Cubadebate”. Cinco mil. Una y otra vez el número le aparecía en el pensamiento como un flashazo. Estaba acostado en su litera, las manos detrás de la cabeza, los ojos en el techo, como si aquella no fuera la última noche tras las rejas. Cinco mil días -pensó de nuevo- y enseguida comprendió que le faltaba poco más de un mes para cumplirlos en la cárcel. Para la contrarrevolución era el rubio de Cabaiguán; el agente Allam para la Seguridad del Estado cubana. Su nombre verdadero: Enoel Salas Santos.

Hoy tiene 85 años y vive en el municipio villaclareño de Placetas. Su verdadera identidad salió a la luz pública hace casi cuatro décadas, cuando ya tenía sobre sí decenas de misiones cumplidas. En sus tiempos libres cuida las plantas, lee, recuerda, enseña. Cuando habla se le notan más las arrugas alrededor de los ojos, pero en ellos todavía conserva el mismo color azul de su juventud. Para muchos ha tenido dos vidas, dos historias, aunque él sabe cuánto de heroísmo y consagración existe en cada una de ellas.

Prueba de fuego

Enoel tenía 42 años aquella última noche en prisión y de pronto lo recordaba todo. Había nacido en un pequeño poblado conocido como Neiva, casi en el centro de Cuba. Su padre llegaba a casa con un peso cada día cuando tenía trabajo, pero aquello apenas alcanzaba para mantener a la esposa y a los hijos. Desde los siete años Enoel lo imitó y recibía diez centavos por sembrar posturas en las vegas de tabaco. La escuela era demasiado cara, inimaginable.

Quizás por eso no comprendió por qué el 10 de marzo de 1952 unos vecinos hicieron fiesta en la casa. “Le pregunté a un muchacho qué ocurría y me dijo lo del golpe de estado de Batista -recuerda-, aunque yo nunca había escuchado ese nombre. Me explicó que era un dictador y cómo le quitó el poder a Grau, el presidente escogido por el pueblo, pero yo tampoco conocía qué era ser presidente”.

No obstante, esa noche Enoel tomó la primera decisión de su vida asociada a la política y le prendió fuego a la casa de tabaco de aquella familia. Recién había cumplido 16 años y trabajaba para un pequeño terrateniente de Cabaiguán. “A los pocos años uno de los hijos de aquel hombre llegó de La Habana a pasar las vacaciones allí y nos contó sobre el Movimiento 26 de Julio. Aquello enseguida prendió y entre seis o siete guajiros formamos la primera cédula”.

En ese lugar realizaron algunas acciones clandestinas. En una de ellas quemaron unos cultivos pertenecientes a Joaquín Casillas Lumpuy, el asesino de Jesús Menéndez. Sin embargo, aquello duró menos de un año, porque a mediados de 1957 la dirección del movimiento convocó a una huelga nacional en protesta por la muerte de Frank País y el pequeño grupo se dio a la tarea de buscar armas entre los campesinos.

Bohío a bohío recopilaron algunas, pero un seguidor de Batista no solo se rehusó a entregarle las suyas, sino que les disparó por la espalda cuando se marchaban del lugar. Los jóvenes respondieron y el hombre cayó muerto. No quedaba otra salida. Había que internarse en las montañas del Escambray para burlar a la Guardia Rural.

“En el camino hacia las lomas llegamos a una finca conocida como La Llorona y le pedimos al propietario que nos hiciera comida. Él aceptó, pero nos dijo que primero debía ir a un poblado cercano a buscar sal y grasa. Nosotros estuvimos de acuerdo, porque así nos informaba por dónde andaban los soldados. El hombre llegó un rato después con la comida, la dejó y automáticamente se fue corriendo. Le había avisado a los guardias y ahí mismo nos cayeron a tiros”.

De los quince muchachos apenas seis lograron escapar. Enoel salió sin saber a dónde iba, pero solo recibió una herida. Mientras habla se levanta la manga de la camisa y muestra la cicatriz en el brazo izquierdo. Es una franja delgada más blanca que el resto de la piel, aunque él sabe cuántas oscuridades guardan esos pocos centímetros del roce de una bala.

Durante los días siguientes los soldados literalmente cazaron a sus compañeros. A cuentagotas, como para extender el dolor, aparecían los cadáveres en los caminos, hasta que los muertos llegaron a nueve. Mientras tanto, unos campesinos encontraron a Enoel en una cueva y lo protegieron en un pequeño rancho. Con alguno de ellos formó otra guerrilla y siguió hasta lo profundo del monte.

Allá lo halló el Che cuando un año después apareció con su columna invasora. Lo primero, unir las fuerzas que operaban en la zona; lo segundo, realizar acciones para liberar los poblados cercanos. El plan de Ernesto tuvo éxito y contribuyó al fin de la tiranía. Enoel recibió el año 1959 con la alegría de la huida de Batista. Entonces tenía 22 años y aun no sabía leer o multiplicar, pero cuando entró a La Habana con el resto de los rebeldes conocía muy bien la historia que quería escribir a partir de ese momento.

Infiltrado

Enoel apenas permaneció dos semanas en la fortaleza de La Cabaña. “Enseguida nos enviaron para Las Villas con el objetivo de dirigir algunos poblados –cuenta-. A mí me mandaron para Guayos, aunque luego fui también a Cruces. Sin embargo, ya se daban los primeros pasos para consolidar el Departamento de Investigaciones del Ejército Rebelde (DIER) y piden un grupo de oficiales para formarlos como parte de la seguridad. Ahí me fui yo”.

Muchos de aquellos hombres todavía eran analfabetos. Entonces la Revolución abrió una escuela en la localidad de Jaimanitas y Enoel sacó hasta el cuarto grado. Estudiaba tres días a la semana y otros tres los dedicaba al trabajo. Casi con la misma alegría de la primera vez, recuerda cómo le gustaba aquello de unir letras y formar palabras. En poco más de dos meses consiguió aprender, pero enseguida le llegó una de sus primeras misiones.

“Muchos oficiales se dieron grados luego del triunfo. Cuando se detectó eso formaron con ellos un grupo de 150 hombres y allí me incluyen a mí como miembro de la seguridad. La prueba era subir diez veces el Pico Turquino y luego realizar largas marchas por la zona de Guantánamo, con el objetivo de que realmente se ganaran los cargos. Al final solo quedamos 36”, rememora.

En los meses siguientes Enoel recibió otras misiones encaminadas a detectar a miembros de la contrarrevolución entre los soldados. Poco a poco se ganó la confianza de sus jefes, aunque no olvida cuánto de rigor imponía la preparación para asumir esas tareas. Al frente de todos estaba el comandante Manuel Piñeiro Losada, conocido como Barbarroja, y uno de los encargados de fundar el 26 de marzo de 1959 los órganos de la Seguridad del Estado.

“Como parte de la preparación él nos obligaba a aprendernos cien números de teléfonos. Luego preguntaba diez o doce y debías decírselos. Por supuesto, no eran como los de ahora, pero aun así significaba un gran reto. Cuando uno está infiltrado en una organización contrarrevolucionaria tienes que ser como ellos, decir lo que quieren escuchar, seguirles el juego hasta tener la información. Barbarroja siempre decía una frase que no olvido: escucha mucho y habla poco”.

Con esa idea Enoel pasó a trabajar como segundo jefe de la Base Aérea de San Julián, un importante enclave militar en la provincia de Pinar del Río. Allí también contribuyó a detectar actividades de la contrarrevolución, pero fue un paso más allá.

“Teníamos a un compañero infiltrado en una organización enemiga conocida como Movimiento MRR, aunque no estaba trabajando bien ni para ellos ni para nosotros. Entonces proponen incluirme a mí en su lugar. Figúrate, yo era segundo jefe de una base aérea de la Revolución, una opción tentadora para la contra, así que montamos el plan y terminé dentro del grupo”, cuenta.

Mientras el rubio de Cabaiguán se construía un nombre entre los enemigos de la Revolución, poco a poco tomaban fuerza los ataques piratas y los planes contra Cuba elaborados por la organización terrorista Alpha 66. Entonces la dirección de la Seguridad del Estado le orientó penetrar también ese grupo. Aquello fue un escándalo.

De pronto en todas las unidades policiales del país apareció su nombre como el de un traidor. La familia supo de su deserción y le viró la espalda. En los próximos 23 años apenas tendrían contacto. Llegó a La Habana de forma clandestina y enseguida contactó con algunos dirigentes contrarrevolucionarios. Ya tenía referencias como un hombre definitivamente alejado de la Revolución y encontró poca resistencia.   

“Enseguida surgió la idea de sacarme del país para organizar desde afuera algunas bandas de alzados que irían al Escambray. Todo ocurrió a través de la Embajada de Brasil. La contra lo organizó desde el principio, me citaron en un lugar y allí me recogió un auto diplomático. De ahí nos sacaron y fuimos a parar a una prisión en Río de Janeiro, para luego salir y aparecer en Estados Unidos”, explica.

Cuando Enoel llegó a Miami casi enseguida los miembros de Alpha 66 lo buscaron y le ofrecieron varios cargos. El aceptó solo uno: coordinador militar del movimiento. Aquella responsabilidad no solo lo ubicaba como segundo al mando, sino que le permitía acceder a una valiosísima información para trasladar a los servicios secretos cubanos. El plan marchaba bien.

Cuando el agente Allam cuenta esa historia no puede contener una sonrisa de picardía. “Parece que no fui buen jefe –dice-, porque casi todas las lanchas piratas que salían de allá las capturaban aquí”. Ante el poco impacto de esos ataques, Eloy Gutiérrez Menoyo, el líder de Alpha 66, decidió abrir unos campamentos en Puerto Rico y República Dominicana para desde allí introducir mercenarios por el oriente de Cuba. Con él se fue Enoel Salas.

Así estuvo entre 1963 y casi todo 1964. A través de diversos métodos mantenía actualizada a la Seguridad del Estado cubana desde Santo Domingo. Hombre discreto y responsable, confiesa que aun no los puede revelar todos, pero sí habla sobre el uso de dos diccionarios idénticos para transmitir los mensajes.

“Yo tenía uno y los oficiales que me atendían otro -explica casi como en un susurro-. A través de un código previamente establecido podía comunicarme y enviar la información. También usábamos el teléfono para textos cortos, siempre en clave. Los contrarrevolucionarios nunca sospecharon de mí”.

Gracias al trabajo de Enoel la inteligencia cubana ya conocía sobre los planes de introducir mercenarios en el país, la cantidad de hombres alistándose e incluso la posible fecha de la primera incursión. Todo se había planificado para el 20 de enero de 1965, pero en la noche del 27 de diciembre del año anterior Eloy Gutiérrez sorprendió a todos. “¡Móntense en la lancha esa -les ordenó-, que nos vamos pa Cuba!”.

El agente no perdió la calma, gritó como los demás y se dispuso a regresar a su tierra como un connotado terrorista. Sin embargo, ¿qué hacer? ¿Cómo informar a la seguridad cubana que todo se había adelantado? Mientras la embarcación avanzaba entre la oscuridad y el silencio del Canal de los Vientos, él encontró una solución magistral.

“Empecé a dejar pistas en el terreno para que me identificaran. Así solté un carnet, la licencia de conducción, un anillo. Cuando las milicias encontraran aquellos objetos los oficiales de inteligencia se iban a dar cuenta que eran míos, y por tanto conocerían la cantidad de hombres o los objetivos, porque esa información ya se la había mandado desde Santo Domingo”.

El plan funcionó y las Milicias Serranas comenzaron a cercar al grupo. Ningún campesino los ayudaba y pronto se vieron en un terreno muy pequeño. No obstante, todavía no les bastaba para rendirse.

“Ya casi teníamos a los soldados encima y decidimos escondernos en un potrero con la hierba muy alta. Desde ahí yo veía cómo las milicias pasaban cerca. Entonces me di cuenta que ellos andaban por unos caminitos hechos por las vacas y comencé a arrastrarme muy despacio hacia atrás. Al rato logré sacar los pies y atravesarlos en medio de aquellos trillos. Enseguida los soldados los vieron y nos detuvieron a todos”, rememora.

Después de aquello Enoel Salas llegó a La Habana como un mercenario más. Solo unos pocos miembros de la Seguridad del Estado conocían su trabajo y cuánta información aportó durante aquellos años en el exterior. Entonces vino otro de esos momentos que le marcaron la vida: ¿dar a conocer su verdadero rostro o mantenerlo dentro de los mercenarios?

“En varias ocasiones Eloy se había jactado al decir que muchos oficiales de la seguridad y el ejército cubanos estaban a favor de Alpha 66, así que me entrevisté con mis superiores y planteamos la opción de ir a prisión para aclarar todo aquello. Yo estaba casi convencido que aquello no era así, justo como corroboramos luego, pero para estar seguros decidimos que yo fuera ir a juicio como los demás”.

Enoel tenía 29 años de edad y en aquel proceso recibió una sanción de 25 años de cárcel. Cuando a sus espaldas sintió por primera vez el rechinar de la puerta metálica que conducía a su área, de nuevo supo cuánto sacrificio implica defender una causa justa. En la cárcel, rodeado de verdaderos terroristas, pasaría los próximos 13 años y siete meses. Allí también fue el agente Allam.

“El enemigo del miedo son los ideales”

La vida en cualquier presidio no es sencilla, pero la soledad la complejiza aun más. “Yo no recibía visitas de mi familia –recuerda-, porque los decepcioné a todos. Ellos se hicieron revolucionarios por mí, me veían como un ídolo y de pronto descubrieron que era un traidor”. No obstante, él no olvida para qué está allí. “El trabajo ocupaba todo el tiempo –agrega-. A veces terminaba uno y ya tenía información para comenzar otro”.

Junto a él estaban miembros de la CIA, terroristas, asesinos, líderes de organizaciones contrarrevolucionarias, y en más de una ocasión planearon desde allí ataques contra Cuba o atentados a Fidel, pero siempre fallaban gracias al trabajo de la contrainteligencia. A más de cuatro décadas de su última noche en prisión, el agente Allan todavía recuerda cómo repasaba una y otra vez qué hacer para cumplir su misión.

“A veces debía provocar mi traslado hacia una celda para sacarle información a alguien. Si sabía que allí estaba un contrarrevolucionario importante, empujaba a un guardia o tiraba los platos a la hora del almuerzo para que me castigaran y me enviaran a allá. Entonces ahí podía trabajar a esa persona. Otras veces me iba solo, pero enseguida me traían a alguien. Yo estaba ahí para trabajarlos”, asegura.

Poco a poco pasaron los años y Enoel llegó a trece dentro de las cárceles cubanas. Cuando por fin recibió algunos pases, aprovechó y se casó con su esposa de tantos años, una mujer que conoció durante las visitas a otros contrarrevolucionarios de su grupo. Acostumbrado a no calentar demasiado las palabras, confiesa que durante toda su vida como agente encubierto el miedo es inevitable.

“Uno siempre lo siente. Siempre, siempre -revela-. Pero a mí Barbarroja me enseñó algo muy cierto: el peor enemigo del miedo son los ideales. Constantemente pensaba en eso cuando me quedaba solo. También en el valor del trabajo que realizaba y en cuánto ayudaba a la Revolución. Yo realmente estaba encantado, porque sabía de corazón todos los beneficios”.

A fines de la década de 1970 le llegó por fin el momento de la libertad. Ya varios reclusos estaban en la calle o fuera de Cuba y él no cumplía objetivo en la cárcel. No obstante, aun le quedaban varios años sin descubrir su verdad a la luz. El cambio vino en 1985, durante un gran acto en el municipio de Placetas, su lugar de residencia desde la salida de prisión.

“Mi citaron a La Habana y me informaron la decisión de darme a conocer. Entonces citaron a todos mis familiares, amigos, oficiales, pero nadie sabía qué pasaba. Algunos incluso hablaban de mi muerte, pero los sorprendí al llegar en un jeep con otros oficiales de la Seguridad del Estado. Allí lo explicaron todo. Mi familia y yo llorábamos y ambos nos felicitamos. Ellos por mi trabajo, y yo por la actitud que tomaron ante mi supuesta traición”, rememora.

Desde entonces Enoel Salas vive en el mismo municipio y ha recibido decenas de reconocimientos. Cuenta su historia con humildad y modestia. Mueve las manos, adelanta el rostro, sonríe. Todavía es difícil arrancarle las palabras, pero el rubio de Cabaiguán, el agente Allam o sencillamente el viejo Enoel, sabe muy bien por qué ha entregado su vida.  

“Me arrepiento de no haber hecho más —dice a modo de última confesión—, porque hoy contamos con mejores condiciones para trabajar. Eso los jóvenes deben aprovecharlo más. Mientras hablamos, otros compañeros desempeñan tal vez misiones similares a las mías. En mi caso, tengo 85 años y quisiera durar cien más para continuar aportando a la Seguridad del Estado y a la Revolución. Aunque ya mi nombre sea público, uno nunca de ser un agente al servicio de Cuba”.

Donde el G-2 se hizo pueblo y proeza su historia.

Francisco Arias Fernández. “Granma”. Una minuciosa investigación que conduce a la génesis de la política contrarrevolucionaria de los gobiernos de EE. UU. contra la Revolución Cubana y la necesaria respuesta en legítima defensa de aspiraciones y conquistas sagradas del pueblo, verá la luz próximamente en el libro G-2 en el ojo del huracán, de Manuel Hevia Frasquieri y Pedro Etcheverry Vázquez, como merecido homenaje al Ministerio del Interior en su aniversario 60, que se conmemorará el próximo 6 de junio.

Basada en documentos desclasificados, materiales bibliográficos y testimonios de protagonistas de la confrontación, la obra, que se sumará al catálogo de la editorial Capitán San Luis, al decir de sus autores, «se inserta en un escenario histórico anterior a la invasión mercenaria por Playa Girón. Ofrece una reseña del nacimiento de los Órganos de la Seguridad del Estado junto a un pueblo en revolución, frente a una guerra sucia, encubierta, tenaz e implacable, perpetrada por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) contra un empobrecido país que recién había derrotado una atroz dictadura».

Para llegar al estado de necesidad del surgimiento de la Seguridad del Estado, conocida también popularmente como G-2, los investigadores cubanos nos revelan a una CIA vinculada, y en negocios, con los derrotados servicios de inteligencia de la Alemania fascista para que le ayudaran con sus experiencias en la guerra anticomunista; «preocupada considerablemente» en 1948, apenas un año después de su surgimiento, con el joven de 21 años Fidel Castro, «involucrado» en tantas cosas en Cuba; y que infructuosamente intentó impedir el triunfo revolucionario de 1959 y de inmediato buscó e inventó pretextos de todo tipo para «convencer» al gobierno de EE. UU. de que a 90 millas había surgido su principal amenaza en el hemisferio occidental y propuso una guerra total, con una política de terrorismo de Estado, que ha causado al pueblo cubano 3 478 muertos y 2 099 discapacitados, víctimas de miles de acciones terroristas en todos estos años.

El anticomunismo y las mentiras: Armas contra Cuba

Revela el libro que «la Reunión 400 del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, del 26 de marzo de 1959, trazó un derrotero de hostilidad contra la Revolución Cubana cuando el director de la CIA, Allen Dulles, expresó ante el presidente D. Eisenhower sentirse perturbado por los acontecimientos recientes». El titular de la Agencia coló un mensaje bien digerible para la ocasión y ante un auditorio envenenado de anticomunismo: «El régimen se está moviendo hacia la dictadura y ya tiene prácticamente todo el poder en sus manos».

De aquel encuentro en 1959 saldría el primer programa subversivo conocido contra la Isla, que contenía 16 propuestas «para combatir el comunismo» dentro de Cuba, que comprendió el uso de tempranas acciones de reclutamiento e influencia, campañas de descrédito y atracción de figuras a la política norteamericana. Un año después, el 17 de marzo de 1960, consumaron el programa de acciones encubiertas, derrotado en las arenas de Playa Girón.

A seis décadas de distancia, los acontecimientos parecen de hoy mismo, por la recurrencia de la mentira como pretexto para predisponer directivas de política exterior, de gobernantes presionados por tendencias maccarthistas y anticomunistas,  y los históricos prejuicios de los servicios de inteligencia y sectores extremistas del Pentágono, propensos a desencadenar los planes más inescrupulosos contra Cuba y pisotear los derechos fundamentales de su pueblo.

Documentan los investigadores que «a finales de octubre de 1959 comenzaron los bombardeos a centrales azucareros y cañaverales por avionetas piratas procedentes de aeródromos, ubicados en la Florida. En los seis meses sucesivos, la cifra de estas agresiones aéreas se elevó a más de 50, con el consiguiente peligro y afectación sicológica para los ciudadanos de numerosas poblaciones y la ocurrencia de devastadores incendios de cañaverales en todo el país, sobre todo, en las regiones occidental y central, por su cercanía geográfica al territorio norteamericano».

Las huellas del macabro programa de los gobiernos de EE. UU. contra nuestro pueblo, desde los primeros días del triunfo revolucionario, quedan al descubierto en las páginas del libro, cuando nos revela información aportada por los propios estadounidenses. «Durante el periodo comprendido entre octubre de 1960 y el 15 de abril de 1961, se perpetraron en Cuba alrededor de 110 atentados dinamiteros contra objetivos políticos y económicos; se colocaron más de 200 bombas; se descarrilaron seis trenes; se dejó inactiva la refinería de Santiago de Cuba; fueron provocados más de 150 incendios contra centros estatales y privados, incluyendo 21 viviendas ‘de comunistas’ y 800 plantaciones de caña». Añade que las bandas y grupos terroristas, armados por la CIA, en esos pocos meses fueron responsables del asesinato de tres jóvenes maestros voluntarios de la Campaña de Alfabetización, 11 obreros y campesinos y un menor de edad.

Además, crearon 52 redes de la CIA solo en 1961, realizaron más de 21 operaciones aéreas de la Agencia para apoyar a las bandas contrarrevolucionarias de alzados entre 1959 y 1961 y las primeras de las más de 637 conspiraciones para asesinar al Comandante en Jefe.  Queda en la memoria, como uno de los crímenes más sangrientos y masivos de la época, el brutal sabotaje preparado en el extranjero contra el barco La Coubre en el puerto de La Habana, cargado de granadas y municiones, que resultaban vitales para la defensa del país, que causó 101 muertos y más de 400 heridos.

Son solo algunas de las consecuencias de una larga lista de crímenes, atentados, actos terroristas, sabotajes, bombardeos; infiltraciones de grupos de cubanos exiliados, entrenados por instructores paramilitares reclutados por la CIA y el Pentágono; la fabricación y abastecimiento de una quinta columna interna, intensa actividad propagandística de la Radio Swan y otras emisoras subversivas; e incluso, una invasión militar con un ejército mercenario entrenado de acuerdo con los manuales de la época, que incluía «un complot de asesinato contra Fidel» como «parte del plan integral de invasión», según revelan los autores del G-2 en el ojo del huracán.

El 17 de abril desembarcan por Playa Girón y Playa Larga, en bahía de Cochinos 1 500 mercenarios cubanos, organizados, entrenados y equipados por la CIA. Fueron derrotados en menos de 72 horas y más de 1 200 quedaron en calidad de prisioneros. Unidades navales norteamericanas, a bordo de las cuales se mantuvo un fuerte contingente de tropas, permanecieron durante esos tres días en aguas cercanas a la bahía de Cochinos, listas para intervenir.

Hombres de la Seguridad: Testimonios de la hazaña

Protagonistas del nacimiento de los Órganos de la Seguridad del Estado conforman, con sus testimonios y experiencias operativas, la aproximación a la historia de una proeza que permite entender mejor cómo pudo ser vencida aquella camarilla de la muerte y el inmenso desafío de una agresión intensa y cruel, que terminó en la primera gran derrota del imperialismo estadounidense en América, el 19 de abril de 1961, hace ahora seis décadas.

«…Jóvenes, hombres y mujeres del G-2, autores de extraordinarias proezas, más por instinto que por la experiencia que aún no contaban y, sobre todo, por el permanente esfuerzo. Se trata de testimonios de vida de compañeros –muchos ya no están entre nosotros–, que en sus años precoces lucharon contra aquel huracán de fuego rindiendo honor a la lealtad y confianza en Fidel, dotados de inteligencia y habilidad innatas, y junto a su pueblo pusieron de rodillas el programa encubierto de Eisenhower, finalmente sepultado en las arenas de Playa Girón por las balas del Ejército Rebelde, las Milicias Revolucionarias y el batallón de aguerridos combatientes de la Policía Nacional Revolucionaria», describen los autores.

«Estos testimonios son fragmentos de vida de combatientes en sus primeros años en los órganos de la Seguridad; representan solo a una pequeña parte de esa generación que cuenta una estrategia de enfrentamiento, surgida en la lucha diaria, en la que el Comandante en Jefe Fidel Castro fue su principal artífice. Si alguien preguntara en qué radicó la fortaleza de ese empuje, afirmaríamos: “en la lealtad y firmeza de nuestro pueblo frente a la carencia total de convicciones del adversario que enfrentaban”», afirman Hevia Frasquieri y Etcheverry Vázquez.

Con el estudio de los principales casos de la actividad subversiva desarrollada por la CIA y otros servicios especiales enemigos en los años iniciales de la Revolución, los autores reflejan la evolución en la efectividad del enfrentamiento de los órganos de la Seguridad cubana, y afirman que «este progreso se debió a la intensidad con que fue necesario actuar y aprender». Fueron años de una confrontación muy intensa y de este encontronazo el G-2 salió fortalecido, porque se adquirieron los conocimientos y el nivel de profesionalidad que permitieron desarticular los nuevos métodos de agresión, con más creatividad y empeño que recursos.

De ese desafío emergieron, desde la consagración, el sacrificio y la modestia, jefes muy capaces, que lograron encontrar la respuesta a los acertijos que impone la actividad de Inteligencia. Se formaron oficiales y agentes a lo largo y ancho del país, con sagacidad innata y abnegación total para enfrentar cualquier misión, por difícil y riesgosa que fuese. Muchos se convirtieron en los jefes que, años después, con mayor experiencia, enfrentaron nuevos embates.

G-2 en el ojo del huracán confirma que ha sido una historia fruto del heroísmo y la unidad, en la que la acción conjunta de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, las Milicias Revolucionarias, los batallones de Lucha Contra Bandidos, la Policía Nacional Revolucionaria y los Órganos de la Seguridad del Estado, contaron, en todo momento, con la participación masiva del pueblo y la estrecha colaboración de los Comités de Defensa de la Revolución, la Federación de Mujeres Cubanas, de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños y de otras organizaciones sociales y de masas.

 

 

 

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