La unidad de las fuerzas antineoliberales y de izquierda que se expresan en un variopinto elenco de listas para la elección de convencionales, debiera concretarse además en una acción política que excede los límites de la Convención y que ya incluso se manifiesta, lamentablemente de manera desarticulada y dispersa, en las luchas del movimiento social.

Hernán González. Profesor de Arte. Valparaíso. 16/03/2021. A poco menos de un mes de las elecciones para elegir constituyentes, llegó la hora de la verdad. Hay miles de candidatos. La dispersión en la conformación de las listas de oposición y especialmente, de izquierda es inexplicable al escuchar a quienes las conforman.

Sus propuestas son prácticamente idénticas y lo que abunda son las propuestas sectoriales: el agua, el género, los trabajadores, los recursos naturales, la educación, la cultura, etc.

Un segundo elemento que caracteriza todas las propuestas opositoras con independencia de quienes las promueven, es lo que dice relación con la democratización del sistema político: especialmente, equilibrar la distribución del poder entre la Sociedad Civil y el Estado. También en lo que dice relación con el régimen político y la limitación del excesivo presidencialismo vigente en nuestro país, desde el surgimiento de la República.

Sin embargo, a medida que se acerca la elección de constituyentes, y una vez instalada la Convención, la hora de poner sobre la mesa los proyectos de sociedad, más allá de legítimos, y no tan legítimos, intereses corporativos, gremiales y de movimientos específicos, se hará más urgente.

Tras la discusión acerca del carácter del Estado, y su apariencia de neutralidad jurídica y naturaleza teórica, se ocultan cuestiones muy concretas. Como el carácter de la propiedad, los límites de la regulación del mercado, la titularidad de los derechos sociales y las responsabilidades del Estado respecto no sólo de su garantía sino de su provisión.

A este respecto, la Concertación ya no podrá seguir estirando los límites de las aparentes posibilidades que el neoliberalismo brindó en el pasado y que se expresaban en su política de extensión del principio de focalización del gasto social. Es más, precisamente el rol del Estado respecto de la administración y distribución del crecimiento económico -chico o grande-, será uno de los temas de los que tendrá que hacerse cargo la nueva Constitución y respecto de lo cual tendrá que pronunciarse la Convención Constitucional y todos sus integrantes.

Así como los delegados y partidos de la Concertación ya no podrán seguir eludiendo estos debates, razón por lo demás que explica la situación crítica de Unidad Constituyente, la dispersión de la izquierda en la presentación de listas a la Convención Constitucional tendrá que resolverse a la hora de discutir los grandes temas de los que debiera hacerse cargo la nueva Constitución, so pena de transformar su participación en un testimonio o la presentación de un listado de reivindicaciones.

Ciertamente, los limites impuestos por el acuerdo del 15 de noviembre, lo hacen aún más difícil. La convención, no es exactamente un espacio que facilite las cosas. Y probablemente, ni siquiera se trate del momento de resolución ni menos de legitimación de un nuevo texto constitucional. La trampa impuesta por la derecha y aceptada por los infrascritos del acuerdo de esa madrugada, colocan a la Convención en una situación tal que es altamente probable que esta termine en un aborto constitucional dada la imposibilidad de alcanzar los mega quorum impuestos esa madrugada por parte de ninguno de los concurrentes.

Una trampa calculada por la derecha, seguramente, no solo para bloquear la posibilidad de cualquier cambio sino también simplemente para hacer de la convención una institución inocua, a menos que empiece el clásico y ya conocido juego del muñequeo y las componendas, las negociaciones y la reedición de la democracia de los acuerdos de la que la izquierda en este caso, terminaría siendo simplemente un espectador.

En ese caso, la unidad de las fuerzas antineoliberales y de izquierda que se expresan en un variopinto elenco de listas para la elección de convencionales, debiera concretarse además en una acción política que excede los límites de la Convención y que ya incluso se manifiesta, lamentablemente de manera desarticulada y dispersa, en las luchas del movimiento social. Que debiera expresarse el día de mañana en la fiscalización y vigilancia activa de lo que se discute, se acuerda o se resuelve en la Convención. En la exigencia de las organizaciones de trabajadores, pobladores, minorías étnicas, de género, estudiantiles, cabildos territoriales, etc. de plebiscitos intermedios, rendición de cuentas de sus delegados y finalmente, en la denuncia de los intentos que evidentemente va a haber, por escamotear la voluntad popular y desconocer los anhelos de democratización de la sociedad expresados en las calles y en las urnas.

Esa va a ser la hora de la verdad. La posibilidad de restituir la unidad del pueblo, fracturada desde  los albores de la transición. Es la hora en que la voluntad unitaria y transformadora  de todos y todas será puesta a prueba.

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