¿Cuánto tiempo habrá que esperar para dar un primer beso seguro? ¿14 días? ¿28? ¿Cómo asegurarse de que no hubo contagio en el período de espera? Se me ocurre que quizá se pueda crear un momento romántico del test rápido: “tú me lo haces a mí, yo te lo hago a ti”. Para compensar la pérdida de la espontaneidad, ¿se creará un rito de la retirada del nasobuco semejante al intercambio de anillos? ¿O será más bien una transgresión, como cuando le permitíamos a un novio que nos tocara los senos por encima de la blusa?

Marcia Choueri. “La Jiribilla”. La Habana. 2021. Al encontrarme con la invitación hecha por La Jiribilla –pensar cómo será el mundo después de la pandemia de la COVID-19-, lo primero que me vino a la mente fue: ¿Habrá un mundo post COVID? No soy una persona pesimista, más bien tengo la impresión de que existen demasiados optimistas, que creen que nada está pasando y que solo se trata de una virosis más. De hecho, me pareció una propuesta interesante, pues como ya se sabe -los especialistas lo dicen todos los días-, el mundo, tal como lo conocemos, no existirá. La oportuna invitación nos convoca entonces a concebir uno nuevo, construirlo con nuestra imaginación.

Quien llamó primero mi atención acerca del tema escogido -el amor en ese mundo nuevo- fue mi hija de 14 años, cumplidos en medio de la pandemia. Empiezo por explicar que en muchos aspectos nuestra familia es un punto fuera de la curva, en términos de estadísticas sociales. Tal vez por esa razón nuestra experiencia no pueda ser generalizada. Sin embargo, pienso en esos puntos como pequeños nudos e irregularidades en el tejido social, que lo vuelven más complejo y, por ende, más atractivo. Esto lo expreso sin pretensiones o vanidades, sino para advertir a un eventual lector, ya que contaré una pequeña parte de nuestra historia. La pregunta que me hizo mi adolescente puede ayudarnos a reflexionar sobre ciertas dificultades de un mundo post COVID que quizá se nos escapen a los adultos.

Trataré de aclarar las circunstancias en que tuvo lugar su interrogante. Nosotras (Bárbara y yo) somos de Brasil y vivimos actualmente en La Habana. Llegamos a Cuba hace apenas un año, y hemos pasado la mitad de ese tiempo en aislamiento social; algo totalmente fuera de lo planificado. Cuando llegó el virus que cambiaría todo, Bárbara empezaba a adaptarse a las nuevas condiciones -otro paisaje, clima cálido, segunda lengua, la escuela y sus reglas, horarios, asignaturas, uniforme y amistades. Nada se parecía al mundo ya conocido.

Durante los primeros días, además de ser la mayor entre compañeros más jóvenes, tuvo que explicar repetidas veces por qué estaba aún en séptimo grado si ya tenía trece años. Por si fuera poco, a su vida se incorporó la presencia del padre, con quien no convivía desde que tenía tan solo dos años. Esta es una de las razones por las que vinimos a Cuba, para que ellos tuvieran la oportunidad de conocerse y profundizar sus lazos. Estar con él significa más amor, pero también el desarrollo de comprensión, tolerancia, aceptación del otro, establecimiento de límites y, sobre todo, percibir, sobrellevar, superar y asimilar las diferencias culturales.

Por supuesto que ser extranjera en Cuba es más fácil que en otros países (lo afirma una persona que trató de vivir en España). Es toda una verdad que el pueblo cubano es solidario, lo cual nos ha facilitado aprender a caminar por un escenario tan distinto. Por ello agradezco a todos los que han participado en estos primeros momentos. Pero llegó la pandemia -y el consiguiente aislamiento social-, y todo quedó en el aire.

Volviendo ahora al tema. Bárbara no es una muchacha precoz en lo que se refiere a las relaciones con el otro sexo, más bien es tímida, desea ser aceptada, y le da una importancia relevante a cómo la ven los demás. Eso hace que evite exponerse. Aunque baila muy bien evita hacerlo en público, y habla menos de lo que desearía por temor a que se rían de su acento. En fin, trata de pasar imperceptible.

Desde que entró en la secundaria -lo que en Brasil ocurre en sexto grado- tuvo conciencia de que los varones que le demostraban interés podían estar motivados más bien por ser ella una bv (boca virgen), ya que entre los machitos había competencia por obtener el primer beso de una muchacha. A ella le repugnaba que la consideraran un trofeo. Aún en Brasil, había tenido dos o tres amores fugaces, es decir, relaciones que duraron cerca de 24 horas, y que ella rompió por el WhatsApp, explicándome que todavía era muy niña para eso. En esas experiencias, apenas llegaron a tomarse de las manos. Ya en Cuba, durante el primer semestre lectivo fueron tantas las demandas de todo tipo, además de su preocupación por no destacarse, que no llegó a mirar a ningún joven de la escuela.

Nuestras relaciones sociales aquí, por razones obvias y por otra que paso a explicar, son escasas. Sucede que somos un punto fuera de la curva en otro aspecto: cuando Bárbara nació yo tenía ya 50 años, y su padre, 58. Esa diferencia de edad en relación a las familias de sus compañeros también conspira. Si usted llegó hasta aquí ya debe haber comprendido lo que pasó después. La pandemia llegó, nos encerró en la casa -con todo el cuidado y disciplina que el momento exige-, y Bárbara seguía siendo una bv.

Estar aisladas en casa no está siendo fácil, pero nos ha ofrecido oportunidades inesperadas. Ella aprendió a cocinar varios platos, a compartir más tareas del trabajo doméstico y varias veces seguimos juntas las clases por la televisión. Una de nuestras distracciones en este período es ver series en mi computadora. Esa es una actividad nueva y la disfrutamos mucho. Por supuesto, son películas adecuadas a su edad e intereses, es decir, cuentos de adolescentes que acabaron por traerle esta cuestión verdaderamente esencial en su vida: “¿Mami, cómo será ahora? No se puede dar un primer beso con nasobuco. El primer beso tiene que ser espontáneo”. Lector, póngale a mi escritura fría una gran dosis de angustia.

Yo ya había tratado de imaginar cuáles serían los cambios provocados por la pandemia, así como las dificultades que podrían traer. Les había dicho a mis amigas que 2020 sería conocido como el año en que las mujeres cambiaron el ajustador por el nasobuco. Sin embargo, su pregunta me cogió desprevenida. Traté de tranquilizarla y ganar tiempo, diciendo que seguramente habría alguna manera.

Soy de la generación de mujeres “bendecidas” por los anticonceptivos orales. Comparto con muchos investigadores del desarrollo de las sociedades occidentales en el siglo XX la convicción de que ese método de evitar un embarazo nos ha dado la oportunidad de escoger cuándo y con quién tener sexo, cosa que las mujeres de la generación de mi madre no podían imaginar ni en los sueños más locos.

En la década del 70, las mujeres nacidas después del 40 tomábamos nuestra dosis diaria de hormona -que muchos consideraban un veneno-, y a los hombres no les preocupaba en lo absoluto la posibilidad de un embarazo fuera de los planes. No quiere decir que no pasara nunca, solo que a ellos no les inquietaba, eso era una (pre)ocupación femenina.

Cuando surgió el VIH-Sida -creo que el paralelismo entre las dos pandemias se impone-, yo ya estaba casada por primera vez y había tenido a mis dos hijos mayores. Me acuerdo de la resistencia de los hombres de mi generación para aceptar el uso de los condones, tan semejante a la gente que cuelga su nasobuco del cuello. Recuerdo también nuestra preocupación de que un marido infiel pudiera traernos, de sus aventuras, la enfermedad. Ya no se trataba tan solo de un embarazo o de una infección curable con algunas dosis de antibiótico. Era una cuestión de vida o muerte. Mucha gente perdió la vida por no aceptar el cambio que el momento exigía.

Sin embargo, eso no ha sido un problema para mis hijos mayores, que hoy tienen cerca de 40 años. Nuestras conversaciones sobre sexualidad y los libros que les compré ya traían información acerca de la importancia del uso de condón. Los de su generación ya empezaron la vida sexual con el criterio de la protección. Si fue así para ellos, me atrevo a imaginar que, quizás, la generación de Bárbara tenga que pasar por la dificultad de crear nuevos parámetros y abrir el camino para los futuros adolescentes. Cabe decir que los numerosos casos actuales de embarazo precoz parecen indicar que los más jóvenes tal vez no han aprovechado la experiencia anterior. Habría que preguntar si estamos fallando en su educación

Volviendo, pues, al primer amor post COVID de nuestros adolescentes, y a todas las nuevas relaciones, quiero dejar aquí algunas interrogantes. Perdonen que solo deje más dudas, pero si tuviera respuestas me habría ganado unos punticos más como madre. Según muchos especialistas, la COVID-19 vino para quedarse, y es posible que surjan otras enfermedades contagiosas en consecuencia con nuestra manera de relacionamos con el medio como si los recursos fueran inagotables.

Vamos entonces a las preguntas: ¿Cuánto tiempo habrá que esperar para dar un primer beso seguro? ¿14 días? ¿28? ¿Cómo asegurarse de que no hubo contagio en el período de espera? Se me ocurre que quizá se pueda crear un momento romántico del test rápido: “tú me lo haces a mí, yo te lo hago a ti”. Para compensar la pérdida de la espontaneidad, ¿se creará un rito de la retirada del nasobuco semejante al intercambio de anillos? ¿O será más bien una transgresión, como cuando le permitíamos a un novio que nos tocara los senos por encima de la blusa?

¿Y si a la retirada de los nasobucos nos encontramos con una cara que nos decepciona? ¿Sinceridad o disimulo? ¿Crearemos una fórmula de buena educación para lidiar con esa posibilidad? Algo así como: “¡Qué sorpresa! Te imaginaba muy diferente”. ¿Acaso eso será suficiente? Pareciera un encuentro a oscuras con una persona conocida a través de una red social. Podríamos aprovechar la cámara del celular y conocernos visualmente desde el primer momento.

Digamos que exista al fin una vacuna segura y eficaz. ¿Cómo asegurarse de que la otra persona está vacunada? ¿Será posible preguntarle sin acabar con la emoción y el romance? Tal vez se pueda incorporar a los primeros momentos juntos la costumbre de enseñar la tarjeta de vacunación.

Son unas pocas interrogantes, solo como punto de partida. La práctica seguramente va a traer muchas más. Pienso que las respuestas aparecerán poco a poco y que serán muy variadas, según la geografía física y social, además de las características individuales. Como mensaje de esperanza les dejo mi deseo de que, cuando lleguemos a la nueva normalidad, Bárbara y todos los adolescentes, jóvenes, adultos y personas mayores tengamos la posibilidad de vivir nuestros amores y de celebrar la vida con vacuna, nasobuco, cuidados, prevención y emoción.

 

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