El legado de Rosa Luxemburgo

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Reseña del libro “Rosa Luxemburo hoy. Su legado para una izquierda democrática”, de Carlos Julio Báez Evertsz.

Roberto Montoya. “Rebelión”. 03/2021. ¿Por qué revisitar en 2021, a 150 años de su nacimiento, la obra de Rosa Luxemburgo? Cinco años después de publicar un trabajo de la envergadura de Desigualdad y clases sociales, Carlos Julio Báez Evertz vuelve con otro ensayo de calado, Rosa Luxemburgo. Su legado para una izquierda democrática (Ed.Betania).

Doctor en Sociología y en Ciencias Políticas, Báez, de origen dominicano y radicado en España desde hace décadas, rinde con este nuevo libro homenaje a la que califica como “la teórica marxista y revolucionaria socialista más importante del siglo XIX y XX” y reivindica la vigencia que siguen teniendo sus principios y valores.

Báez reconoce haberse sentido atraído especialmente por rescatar la tantas veces minusvalorada figura y obra de esta polaca judía (1871-1919) que libró duras batallas teóricas y políticas desde el campo de la izquierda en el extremadamente masculino mundo político de su época.

Ya en su Introducción el autor nos adelanta una de sus conclusiones: “Se puede afirmar que se produjo una pinza política ideológica de hecho entre los partidos comunistas estalinizados y los socialdemócratas contra el socialismo democrático de Luxemburgo”.

No es casual que la obra de Rosa Luxemburgo solo empezara a ver la luz en la URSS y en los países de Europa del Este bajo su órbita en la segunda mitad de la década del ’60, durante la liberalización emprendida por Nikita Krushov.

A lo largo de las 254 páginas de su libro Báez cita a decenas de autores que han escrito sobre Rosa Luxemburgo, destacando sus aportes para la reconstrucción de su vida y pensamiento y polemizando en determinados casos con sus conclusiones.

El libro hace un recorrido cronológico sobre la corta pero intensa vida de Luxemburgo (muere a los 47 años), nacida en el seno de una familia judía polaca cerca de Lublin, entonces bajo control del imperio ruso, que de muy joven, a los 16 años, se integra ya en Proletariat, un partido de izquierda, varios de cuyos dirigentes principales habían sido ahorcados poco tiempo antes.

Dos años después se veía obligada a huir a Suiza, donde conoció a otro revolucionario socialista, Leo Jogiches, el que sería su guía intelectual y el amor de su vida.

La temprana militancia de Luxemburgo ya mostraba las inquietudes de esta joven que compatibilizó sus actividades políticas con sus estudios de Derecho Público, Ciencias Políticas, y muy especialmente Economía Política, y de la que Trotsky dijo: “Dominaba completamente el método marxista, como si fuera un órgano de su cuerpo. Se podría decir que el marxismo estaba en su sangre”.

Estudiosa de Engels y Marx desde muy joven, denunció siempre el burocratismo y verticalismo de los partidos y sindicatos obreros polacos y alemanes, lo que la convirtió a ella y su corriente, el espartaquismo, en objeto de acusaciones de desviacionismo espontaneísta.

El libro dedica un capítulo específicamente al espontaneísmo. “Para Luxemburgo, las masas trabajadoras y populares son espontáneamente revolucionarias y partiendo de un hecho menor se puede producir un estallido revolucionario de gran calado”, nos dice Báez.

Sin embargo, el autor aclara que eso no supone que Rosa Luxemburgo despreciara la necesidad del partido revolucionario. De hecho fue militante de partidos de izquierda desde muy joven, tanto en Polonia como en Alemania -a donde se mudó en 1898 incorporándose al Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD)- pero confiaba en “la espontaneidad de las masas”, sosteniendo que una de las tareas principales del partido era contribuir a la formación de la conciencia política socialista.

En su obra La huelga de masas, el partido político y los sindicatos, ella sostenía que una huelga general de los trabajadores podría ser la vía para provocar una revolución social.

En su libro ¿Reforma o revolución? abundaba también en el tema: “El socialismo no surge espontáneamente y en todas las circunstancias de las luchas diarias de la clase trabajadora. Él nacerá de la exasperación de las contradicciones internas de la economía capitalista y de la toma de conciencia de la clase trabajadora, que comprenderá la necesidad de abolirlas por medio de la revolución social”. “Hablando claro: los errores cometidos por un movimiento obrero verdaderamente revolucionario son históricamente infinitamente más fecundos y valiosos que la infalibilidad del mejor comité central”, es una de las frases de la revolucionaria que cita Báez en su libro.

Luckács disentía de las posiciones de Rosa Luxemburgo, considerando que ella tenía una posición totalmente distinta a la concepción bolchevique del partido, dado que no lo concebía como un partido sólo de la clase obrera sino como una organización que incluyera también a sectores de la “nueva pequeño burguesía” con “posiciones contradictorias de clase”.

Báez recuerda que Lenin tampoco aceptaba semejante postura y reproduce en su libro una frase suya en El Estado y la revolución que sintetiza su idea: “Se trata de mantener por todos los medios y en todas las circunstancias el poder del Estado en manos del proletariado”.

El autor reivindica la vigencia que tiene el planteamiento de Rosa Luxemburgo sobre la importancia de defender la democracia en cualquier circunstancia y de rechazar el verticalismo y autoritarismo. Frente a la defensa de la dictadura del proletariado de los bolcheviques ella sostenía que “la tarea histórica del proletariado si llega al poder es la de crear la democracia socialista en lugar de la democracia burguesa, pero no derrocar cualquier democracia (…) La democracia socialista comienza con la destrucción de la primacía de unas clases sobre las otras para la subsiguiente creación del socialismo. Dicha democracia socialista comienza con el momento de la toma del poder por medio del partido socialista”.

Rosa Luxemburgo no fue una activista del feminismo, como sí lo fue su íntima amiga Clara Zetkin, y en el periódico que esta dirigía, Glichhet (Igualdad), en el que colaboraba con columnas de opinión, polemizaba con aquellas organizaciones de mujeres que se limitaban a luchar por sus derechos políticos.

“La actual lucha de masas en favor de los derechos políticos de la mujer es sólo una expresión y una parte de la lucha general del proletariado por su liberación”, sostenía Luxemburgo.

En 1912 fue invitada a intervenir en las Segundas Jornadas de Mujeres Socialdemócratas, en Stuttgart, donde en relación a la batalla por el sufragio femenino mostró su intransigencia sobre el tema: “La mayoría de estas mujeres burguesas, que actúan como leonas en la lucha contra los privilegios masculinos, se alinearían como dóciles corderitos en las filas de la reacción conservadora y clerical si tuvieran derecho al voto”.

Báez se distancia de aquellos autores que entienden que tanto en su folleto La revolución rusa como en varios de los artículos en los que mostró importantes diferencias con Lenin y Trotsky, Rosa Luxemburgo lo hiciera situándose a la derecha de estos. Todo lo contrario, sostiene el autor, para quien en realidad no criticaba la radicalización de la revolución sino el hecho de que “los bolcheviques sustituyeran los órganos democráticos de los trabajadores, por su verticalismo, ejerciendo una dictadura política sobre los trabajadores y sobre todo el pueblo”.

Rosa Luxemburgo criticó a los bolcheviques tras la Revolución de Octubre de 1917 por haber disuelto la Asamblea Constituyente y haber suprimido los partidos rivales.

Lenin, que llamó a Luxemburgo Águila de la Revolución tras su muerte, mantuvo también diferencia con ella sobre la autodeterminación de los pueblos. Ella rechazaba la defensa que el líder bolchevique hacía del derecho a la autodeterminación, y de la misma forma criticaba el nacionalismo. Sostenía que los trabajadores debían unirse obviando totalmente las fronteras geográficas.

Báez recuerda en su libro que Luxemburgo disintió totalmente de la postura que aprobó en 1896 el Congreso de la Internacional Socialista que se celebró en Londres, en el que se defendía “el derecho a la autodeterminación de todas las naciones sometidas a la opresión de un ejército, de una nación o un despotismo de cualquier naturaleza”.

Tanto Kautsky como Liebknecht y Jogiches criticaron su posición sobre el tema en varios escritos.

La que fue conocida como Rosa Roja fue detenida y encarcelada en varias ocasiones en Alemania por participar activamente en las manifestaciones callejeras contra la Primera Guerra Mundial, y según su amiga Clara Zedkin ambas llegaron a pensar seriamente en suicidarse, muy afectadas al comprobar que el propio SPD votaba a favor del presupuesto para armamento y municiones.

Tras desatarse la Gran Guerra ambas, junto a Karl Liebknecht, decidieron fundar la Liga Espartaquista y en diciembre de 1918, en plena efervescencia social, con la caída del Kaiser y la entrada en el Gobierno del SPD, la Conferencia Nacional de la Liga Espartaquista decidió por mayoría la creación del KPD, el partido comunista alemán.

La Revolución Socialista, a la que se oponía el SPD, parecía estar por fin al alcance de la mano. En enero de 1919 Rosa Luxemburgo y sus camaradas participaron activamente en una huelga general en Berlín, con masivas manifestaciones callejeras, estimulados por el levantamiento de los marineros y trabajadores de Kiel.

Ante el temor a que la situación se descontrolara y que se asentara un doble poder, el líder del SPD, Friedrich Ebert, nombrado presidente, acordó con el Estado Mayor alemán aplastar la rebelión y encomendó a los paramilitares freikorps la tarea de decapitar a su ala más radical, los espartaquistas.

Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron detenidos, golpeados brutalmente y la culata de un fusil aplastó el cráneo de ella, que fue arrojada al Landwehrkanal agonizante. Días después su cuerpo fue recuperado del agua. Liebknecht fue fusilado el mismo día en un parque cercano.

La socialdemocracia alemana manchaba sus manos con sangre de revolucionarios.

En su último capítulo Carlos Báez reflexiona sobre aquel tiempo y nuestro tiempo, sobre Karl Marx y Rosa Luxemburgo en la era cibernética, y esta es una de sus conclusiones: “La crítica marxista de Luxemburgo realizada en 1918-1919 sobre la cuestión de la relación de masas y jefes, dictadura y democracia, democracia de los trabajadores y no dictadura de un partido, fue tan lúcida que vista ciento y un año después parece una profecía”.

 

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