Si la escuela formara políticamente a los ciudadanos -parece una redundancia-, si la educación cumpliera a cabalidad esa indispensable misión cívica, la vida en la sociedad sería muy distinta, naturalmente mejor.

Carlos Poblete Avila. Profesor de Estado. 28/02/2021. En toda sociedad humana desde inmemoriales tiempos, desde larga data ética y política  constituyen un binomio conceptual filosófico inseparable, indivisible. La etimología de ambas palabras remite a los más elevados significados, tanto en su origen del griego como del latín. Dichos vocablos tienen directa relación con las personas, con los ciudadanos y sus comportamientos.

Esos términos debieran tener permanente actualidad. Todo niño, joven y adulto debieran saber, porque la buena escuela así lo enseñara, la trascendencia de ambos conceptos para su diaria comprensión y aplicación en la vida pública, en los asuntos de la sociedad y del Estado.

Que todo hombre es un animal político ya lo sabemos, pero no todo humano es un ser ético, también es una realidad. Esto último referido esencialmente a los asuntos públicos, a la política como ciencia. Es obvio que en la actual realidad, en la llamada praxis existe un divorcio entre esos dos términos.

En Chile nuestra escuela, genéricamente todas, acusan un claro vacío en la formación de los ciudadanos. Suele escucharse a los docentes -no todos-, pero a una mayoría de ellos presentarse ante los estudiantes como la negación del “zoon politikon”, en los hechos reniegan de su condición ciudadana. Distintas razones pueden tener: temores, comodidad y abulia. Lo que en verdad en el fondo se hace en nuestras escuelas es política. Buena o mala es otro tema. Toda educación es política, en el sistema de enseñanza la neutralidad no existe.

Tener o seguir una determinada política es saber adónde se va y para qué. El tema de los partidos es otro asunto. Tener o seguir una determinada política no siempre y no necesariamente debe obligar a tener una militancia en un partido. Los partidos son formas, estructuras, instrumentos, medios para aplicar o seguir ciertas políticas, pero no son los únicos. Hay que despejar definitivamente esa confusión. La política es parte de la cultura, sin ella somos seres incompletos.

Si la escuela formara políticamente a los ciudadanos -parece una redundancia-, si la educación cumpliera a cabalidad esa indispensable misión cívica, la vida en la sociedad sería muy distinta, naturalmente mejor. Entendida esa formación política como un asunto de solvencia cultural de toda persona. Pero como eso no es lo que ocurre tenemos esta otra realidad, lamentable, triste, precaria de los llamados políticos, personas menguadas de formación doctrinaria y, por lo mismo, presas de un voluntarismo peligroso.

La política exige tener principios, formación doctrinaria. Hoy la escuela no cumple esa tarea formadora, tampoco la mayoría de los partidos lo hace. Como sociedad acusamos un vacío de alto riesgo.

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