Resistió las amenazas personales y a sus hijas. Soportó un tiempo muy duro, pero cumplió su tarea y hoy las decenas de juicios en curso ante jueces especiales, provienen en definitiva del trabajo incansable de ese chileno que desde hoy no está más con nosotros físicamente pero cuyo recuerdo será imperecedero.

Eduardo Contreras. Abogado. 22/01/2021. Cuando el 12 de enero de 1998 un pequeño grupo de abogados comunistas fuimos junto a Gladys Marín hasta el palacio de Justicia en Santiago a presentar en nombre de nuestro partido la primera querella criminal de la historia en contra del dictador Augusto Pinochet Ugarte, nadie podía imaginar la enorme trascendencia, nacional e internacional, que tendría aquella acción jurídica. Los abogados fuimos José Cavieres, Ramón Vargas, Alberto Espinoza, Julia Urquieta, Graciela Álvarez y quien escribe.

Cuando horas más tarde la Corte decidió que se aceptaba a tramitación esa querella y que se designaba al efecto al juez Juan Guzmán Tapia, por entonces ministro de la Corte santiaguina, buena parte del mundo judicial no auguraba buenos resultados y aseguraban que el magistrado designado era un hombre conservador que no se atrevería a ir contra un personaje que ostentaba tanto poder como el dictador.

Hijo del gran poeta y diplomático chileno Juan Guzmán Cruchaga, era más bien conocido por sus dotes en materia de cultura y de arte.

Pasaron las primeras semanas y junto a Gladys solicité una audiencia con el juez. Cuando llegamos a la antesala de su oficina salió de pronto llorando una compañera que acababa de ofrecer su testimonio. Había sido violada y torturada durante su larga prisión en la llamada “Colonia Dignidad”. No dejó de llamarnos la atención que los ojos del juez estaban visiblemente húmedos y entonces asumimos su humanidad.

Con el concurso de la Brigada de Derechos Humanos de la PDI de aquella época, el juez recorrió el país buscando información en cada centro de detención, en cada lugar en que hubo prisioneros de la dictadura de la derecha chilena. Interrogatorios de horas y horas, diligencias de toda índole, pericias, fueron su vida desde entonces. Hizo hallazgos notables como aquella pieza metálica, un riel, encontrado en el fondeo del mar y que mostraba como ataban a los prisioneros que lanzaban al mar para evitar que sus cuerpos flotaran y fueran descubiertos.

Resistió las amenazas personales y a sus hijas. Soportó un tiempo muy duro, pero cumplió su tarea y hoy las decenas de juicios en curso ante jueces especiales, provienen en definitiva del trabajo incansable de ese chileno que desde hoy no está más con nosotros físicamente pero cuyo recuerdo será imperecedero.

Deja una respuesta