El Imperio bajo amenaza

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Ni la “amenaza socialista”, ni el “enemigo externo”, ni los “terroristas árabes” son el dolor de cabeza hoy de los Estados Unidos. Es el peligro interno de las fuerzas extremistas y fanáticas que han florecido de un sistema corrupto y avasallador, donde el capital manda sobre los seres humanos. La sociedad estadounidense es cada vez más fiel reflejo de las pronunciadas diferencias económicas y los agudos problemas sociales de ese país.

Randy Alonso Falcón. Director Cubadebate. La Habana. 20/01/2021. Se han pasado la vida hablándonos de la amenaza soviética o rusa, del peligro chino, de los terroristas árabes y hasta de los extraterrestres. La narrativa del imperio estadounidense para justificar su enorme gasto militar, y no pocas de sus guerras, se ha construido alrededor del peligro que viene de afuera.

Pero, desde la reciente contienda electoral -con su pesada carga de divisionismo e improperios- y, especialmente, desde el inaudito asalto al Capitolio de Washington el pasado 6 de enero, los Estados Unidos han empezado a tener miedo de sí mismos.

Más de 25.000 soldados de la Guardia Nacional tienen tomada la capital estadounidense desde los días previos a la ceremonia de asunción presidencial del 20 de enero; todos los 50 capitolios estatales tienen su seguridad reforzada; edificios federales, residencias de legisladores y negocios están bajo custodia preventiva; los medios de comunicación transmiten una y otra vez imágenes de militarización y zozobra en el país más poderoso del mundo.

Nunca antes una asunción presidencial estadounidense tuvo tal grado de incertidumbre y amenazas.

Injusticia Social en la esencia profunda

La sociedad estadounidense es cada vez más fiel reflejo de las pronunciadas diferencias económicas y los agudos problemas sociales de ese país.

Una nación donde la familia blanca promedio tiene ingresos netos por más de $181.440, mientras una familia negra media sólo alcanza $20.730, según estadísticas del Survey of Consumer Finances (SCF) de la Reserva Federal, al cierre de 2019. Un país donde las familias con patrimonios superiores a 1 millón de dólares poseen el 79,2% de todo el patrimonio familiar del país; mientras, la mitad inferior de las familias estadounidenses sólo poseen el 1,5% de las riquezas. Son el fruto de décadas de políticas económicas neoliberales.

La administración Trump, cuyas campañas electorales se afianzaron en los sectores blancos empobrecidos, no hizo más que acrecentar esas diferencias de clases. Según Noam Chomsky: “Es difícil encontrar un presidente estadounidense que se haya dedicado más a enriquecer y empoderar a los ultrarricos y al sector empresarial”.

La profundamente injusta distribución de la riqueza y los sentimientos de odio acumulados y acrecentados en la sociedad estadounidense son la verdadera amenaza para ese país. El propio Noam Chomsky advertía recientemente de las posibilidades de una guerra civil.

Conspiraciones, Chamanes y Milicias Armadas

Las profundas inequidades son caldo de cultivo del resentimiento y la animadversión. Notorio ha sido, en las últimas décadas, el crecimiento en Estados Unidos del pensamiento de extrema derecha, xenófobo, supremacista y cuasi fascista, que ve en el mundo externo y las élites liberales a los causantes de los infortunios del imperio.

Es el empuje corrosivo de esas fuerzas, y no al revés, lo que llevó a un tipo despreciable, misógino, racista y excluyente como Trump a la presidencia de los Estados Unidos. Y hoy son el sostén de sus teorías de “fraude” electoral y de sus llamados a la rebelión.

De esas entrañas perversas han nacido más de 1.600 milicias armadas que atemorizan en diversas ciudades de la Unión. De ahí han crecido los autores de hechos violentos en la reciente historia de EE. UU. como el atentado de Oklahoma.

De tan retrogradas ideas proviene el movimiento QAnon y su excéntrico chamán Jacob Chansley (conocido como Jake Angeli), quien con su atuendo de guerrero sioux se convirtió en la imagen del intempestivo asalto al Capitolio de Washington. También germinaron de allí personajes del 6 de enero como el que enarbolaba con fervor dentro del edificio congresional la bandera confederada de las fuerzas racistas del sur, o el que vestía una sudadera en la que se leía “Camp Auschwitz”.

Son símbolos del odio, el fanatismo y la intolerancia que han sido alentados por Trump y su administración. “Trump es un racista que azuza el racismo en este país. Y no sólo ofende nuestras sensibilidades, sino que fundamentalmente cambia el carácter de este país y lo lleva a la violencia”, había advertido el excandidato presidencial Beto O´Rourke.

En el 2019 fueron contabilizados 7 314 delitos de odio en Estados Unidos, el doble de los registrados el año anterior según datos ofrecidos por el FBI; buena parte de ellos fueron perpetrados por supremacistas blancos

A marchar hasta el Capitolio llamó el anaranjado presidente poco antes de que ocurrieran los inéditos sucesos de inicios de año. Es difícil separar el incendiario discurso que dio a sus seguidores fuera de la Casa Blanca de los incidentes que se produjeron minutos después. El Presidente describió a las elecciones como un “atroz asalto a la democracia”. “Vamos a tener que luchar mucho más duro”, dijo, y llamó a la muchedumbre que gritaba enardecida a “caminar hasta el Capitolio”.

Los fiscales que investigan los hechos afirman que “la intención de los alborotadores era capturar y asesinar a funcionarios electos del gobierno de Estados Unidos” (léase Congresistas). Hasta el Vicepresidente Pence parecía ser un objetivo de la ira Trumpista aquel 6 de enero. En el estrado donde había estado minutos antes, el chamán Chansley dejó una nota directa: “Es sólo cuestión de tiempo, la justicia está llegando”

El miedo por dentro

En pocas horas será la asunción presidencial de Biden. Ni por asomo se verán las imágenes de la millonaria concentración que reunió allí Barack Obama el día inaugural de su gobierno. Ni la Covid-19 ni las amenazas de violencia permitirán siquiera aproximarse a aquellas icónicas imágenes.

El emblemático “National Mall”, una enorme explanada que va desde el Monumento a Lincoln hasta el Capitolio, estará cerrado al público. Allí es donde cientos de miles de estadounidenses se congregan tradicionalmente para saludar a su nuevo presidente. Esta vez, estará cubierto de un mar de 200 mil banderas de las barras y las estrellas

La situación es tan intensa y caótica, que el FBI ha estado revisando escrutadoramente a todos los componentes de las tropas de la Guardia Nacional que participan en el operativo de seguridad de la toma presidencial de Joe Biden.

Las autoridades temen la posibilidad de un ataque interno, luego de que en los disturbios de inicio de año participaran exmilitares, policías fuera de servicio, oficiales del ejército y reservistas según se ha constatado; entre ellos Ashli Babbitt, una veterana de la Fuerza Aérea, participante en las guerras de Afganistán e Iraq, quien murió de un disparo cuando intentaba forzar su ingreso a la Cámara de Representantes.

Tales hechos sacaron a la luz una amenaza que desde hace tiempo advierten algunos expertos: la presencia del extremismo, y los supremacistas blancos entre las fuerzas de seguridad estadounidenses. “Desde hace tiempo que los supremacistas se esfuerzan por reclutar e infiltrar entre los policías, los militares y los socorristas”, señaló a la prensa Christian Picciolini, un exsupremacista reconvertido.

En el 2006, el FBI publicó un informe sobre la infiltración de grupos supremacistas blancos entre los agentes de la ley y en el 2009 el Departamento de Seguridad Interna emitió una advertencia sobre el tema.

Ni la “amenaza socialista”, ni el “enemigo externo”, ni los “terroristas árabes” son el dolor de cabeza hoy de los Estados Unidos. Es el peligro interno de las fuerzas extremistas y fanáticas que han florecido de un sistema corrupto y avasallador, donde el capital manda sobre los seres humanos. Washington se blinda; el establishment imperial luce realmente preocupado, mientras el mundo mira con estupor y cierta sorna al guapetón del barrio.

Esperemos que Joe Biden asuma este 20 de enero en tranquilidad e inicie un período menos oscuro para EE.UU. que estos cuatro años que terminan. Pero la huella divisiva y fanática del trumpismo no se irá con el viaje del expresidente hacia su fastuosa residencia en la Florida, ni el peligro del supremacismo blanco dejará de estar presente.

 

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