La Guerra Fría y el Macartismo, fueron dos de sus piezas de recuperación. Y el anti comunismo desenfrenado, su sustento ideológico. Hoy lo hemos visto levantar cabeza en el corazón del Imperio. Washington ha sido el escenario de un espectáculo que dejó sin palabras a muchos. Trump -erguido como un senil Mussolini- ordenó la Marcha sobre El Capitolio.

Gustavo Espinoza M. Periodista. Lima. 11/01/2021. Hace 100 años, en 1920, asomó en el mundo un fenómeno inédito: El fascismo. Fue la respuesta del Gran Capital, atemorizado por el levantamiento de los pueblos, luego de la victoriosa insurrección en Rusia, ocurrida en 1917.

Fue una manera de contener lo que se veía venir: El derrumbe de un sistema de explotación que había apostado a una guerra generalizada para solventar su crisis, sin lograrlo. En 1918, en efecto, en el mundo sobraban las armas y los desocupados; pero faltaba el trabajo y sobre todo la justicia.

El remedio asomó como dictado por el diablo: La súper explotación de los pueblos, y el látigo para rayar el alma millones.

La primera expresión del fascismo surgió en Europa central, a orillas del Danubio. Fue el grito de guerra de los poderosos para ahogar en sangre la República Húngara de los Consejos nacida en 1919 por iniciativa del Conde Karoldy y Bela Kun.

El Almirante Horty estuvo al frente de la acción. Las aguas del lago Bálaton se tiñeron de rojo con la sangre de los asesinados.

Luego, la iniciativa se extendió a la Bulgaria balcánica. Allí, el gobierno de la Unión Agraria dirigido por Alexander Stambolinski  había dispuesto una reforma agraria que eliminó  el gran poder sobre la tierra, e inauguró un sistema más  justo  para los campesinos.

La disposición fue considerada intolerable por la clase dominante, que echó mano a dos militares siniestros: El general Tzankov y el coronel Valkov, organizaron un golpe de Estado que afirmó el Poder de la Sección III del Ministerio del Interior, y que exterminó a los adversarios de sus planes.

Estaban dispuestos -y lo dijeron entonces- a matar a la mitad de Bulgaria si fuera necesario; pero, sobre todo, les interesaba restaurar el mellado poder de los terratenientes. De por medio, no hubo razones, sino balas.

Pero fue en Italia, donde el fascismo alcanzó mayores dimensiones. La Marcha sobre Roma, el 28 de octubre de 1922, fue un episodio destinado a quebrar la débil resistencia de una monarquía acosada.

Un rey asustado, y presionado por el capital financiero, aceptó nombrar como su Primer Ministro a Benito Mussolini, quien dio inicio a una etapa nueva. En 1932, la victoria de Hitler en los territorios germanos, le dio al fascismo una connotación mundial.

Con otra denominación -el Nazismo- las fuerzas ideadas por el Gran Capital, cumplieron la misma tarea. Fueron los años de dominio Pardo, que pusieron al mundo al borde del holocausto. La II Gran Guerra fue un episodio espeluznante, pero el fascismo fue abatido.

Después de 1945 se perfiló un nuevo periodo de la historia. Y dio la impresión que la humanidad había logrado liberarse definitivamente de ese monstruo abominable. Pero no. El fascismo había sido vencido, pero no había muerto. Renació a partir de 1947.

La Guerra Fría y el Macartismo, fueron dos de sus piezas de recuperación. Y el anti comunismo desenfrenado, su sustento ideológico.

Hoy lo hemos visto levantar cabeza en el corazón del Imperio. Washington, ha sido el escenario de un espectáculo que dejó sin palabras a muchos. Donald Trump -erguido como un senil Mussolini- ordenó la Marcha sobre El Capitolio con la idea de recuperar un Poder que el electorado le quitara en noviembre.

El episodio ha sido duramente comentado. Y se ha prestado, a la burla y al escarnio. Pero esto, no es lo que corresponde.

En 1920, nadie tomó en serio al Almirante Horthy, ni a los militares búlgaros que asesinaron a su pueblo dos años después, muchos reían parodiando al Ducce. Y otros, años después, tampoco tomaron en serio al Cabo Austriaco que en nombre del “Espacio vital” buscó la expansión de Alemania.

Los años, convirtieron las risas en lágrimas. Y luego, las lágrimas en sangre. No lo olvidemos.

Lo ocurrido en los Estados Unidos el pasado miércoles 6 de enero, pudo haber tenido otro desenlace. Y hay razones para suponer que fue preparado para un final distinto. Eso explica la lenidad policial.

Ocurrió, solo que faltó fuerza para cumplir el propósito. Porque el arma decisiva el fascismo, es esa: la fuerza.

Trump no es un loco. Es un hombre plenamente consciente y sabe lo que hace. Perdió por 306 a 232 en la Convención electoral. Y por más de 7 millones de votos en el electorado, ante Joe Biden. Pero proclama su “victoria” como Guaidó, Jannine Añez. Keiko, o Merino. Está en su juego.

Mediante la fuerza, el fascismo logró recuperar posiciones en distintos confines del planeta. En el Brasil, de los militares del 64, que derribaron a Goulart; en el Uruguay, de junio del 73; en el Chile, de Pinochet; en la Argentina de Videla.

Aquí mismo, tuvimos una parodia que todavía aletea: el régimen Neo Nazi de Alberto Fujimori. Y más reciente, el intento de Golpe frustrado del pasado 9 de noviembre.

Un valeroso periodista asesinado el 8 de septiembre de 1944 en la cárcel de Pankrak  -Julius Fucik- nos dijo: “¡Hombres del mundo, Velad!. ¡El fascismo está vivo!”. Y claro que lo está.

 

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