Manola Robles, una heroína que no muere

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Con justicia recordamos su incansable y valiente labor periodística en varios medios de comunicación durante la dictadura, en los que reveló su inconfundible y aguerrido sello de reportera.

 Erasmo López Ávila. Periodista. 03/01/2021. Resulta muy conmovedor conocer las manifestaciones de pesar que ha despertado el fallecimiento hoy domingo 03 de enero de 2021 de nuestra querida compañera de profesión, Manola Robles Delgado.

Con justicia recordamos su incansable y valiente labor periodística en varios medios de comunicación durante la dictadura, en los que reveló su inconfundible y aguerrido sello de reportera.

Hoy quiero mencionar una parte de la vida de Manola que es probable que muy pocos conozcan, porque, obvio, de estos andares no se hablaba en su época y, después, en estos tiempos, se ha preferido dejarlos en un rinconcito de la memoria, a la espera de que alguien los rescate.

Con Manola nos conocimos trabajando codo a codo en algunos períodos del Gobierno Popular. Ella periodista del vespertino Última Hora y yo del diario El Siglo, donde éramos reporteros policiales que acudíamos diariamente al edificio de la Policía de Investigaciones en General Mackenna.

Trabajar con ella era vivir el nerviosismo y la excitación del reporteo del minuto a minuto. Nada parecía escapar a sus vivaces ojos y a esa infatigable movilidad que la caracterizaban.

Cuando llegué a trabajar en la sala de prensa de Investigaciones, ella ya era una reportera avezada que superaba en inquietud y curiosidad a varios viejos reporteros de la “Pesca”, que sabían que Manola estaba siempre mejor informada y dateada que el resto.

El día que la Dirección de El Siglo me destinó a reportear en la “Pesca” recibí una escueta instrucción: “Tienes que seguir a Manola”. No me dijeron que me contactara con los que dirigían a la policía civil, el PS Eduardo “Coco” Paredes o el PC Carlos Toro, Director y Subdirector de Investigaciones, respectivamente. Era mejor seguir y aprender, junto a Manola.

Lo que aprendí del reporteo policial se debe a las clases en vivo de Manola. Visitar y aprender a “leer” sitios del suceso; indagar más allá de los comunicados oficiales; vincularse adecuadamente con el detective preciso; nunca preguntar sin antes tener datos básicos indesmentibles; valorar los testigos; no descartar hipótesis, etc., etc., fueron enseñanzas indelebles que recibí de Manola en el día a día de muchos y muchos meses juntos.

Luego la dirección de El Siglo me daría otras destinaciones periodísticas y dejamos de vernos con Manola durante el Gobierno Popular.

Nuestro próximo encuentro ocurrió menos de diez días después del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, en alguna discreta esquina de Santiago Centro.

A las 12 horas del jueves 13 de septiembre, en un furtivo encuentro sostenido en la esquina de Irarrázaval con Ramón Carnicer, a 48 horas del bombardeo a La Moneda y recién levantado el toque de queda, el secretario político de la célula del PC en El Siglo me informó: “La instrucción que tengo para usted, compañero, es que coordine una célula clandestina con otros tres reporteros comunistas. Cada uno de ellos le entregará información detallada de lo que sepan, vean y conozcan en sus respectivos lugares. Estas entregas deben ser semanales, con las más estrictas y rigurosas medidas de seguridad y compartimentación. Contáctelos individualmente. Ellos saben que usted los llamará. Nos vemos en dos semanas”.

En la despedida, el colega de El Siglo me entregó tres nombres con sus respectivos datos para ubicarlos.

Uno de esos nombres era el de Manola Robles, más el de otros dos colegas a quienes yo conocía y sabía de su militancia y compromiso. Mantendré reserva de sus identidades.

Cumplí la tarea y contacté a Manola, con quien me encontré en el transcurso de la tercera semana de septiembre.

Entramos a una Fuente de Soda en las inmediaciones del Mercado Central y conversamos largo mientras bebíamos algún refresco. Me contó de las vicisitudes que había vivido después del golpe; que esta era una de sus primeras salidas de casa y que tenía una hija pequeña.

Desde luego, Manola mostró plena disposición a incorporarse al trabajo clandestino que estaba recién comenzando.

Compartíamos juventud, militancia, compromiso, generosidad y confianza mutua.

Nos bastó con eso para matricularnos sin condiciones en una actividad de ribetes desconocidos que, a menos de diez días del golpe, ni siquiera sospechábamos que significaban riesgo de vida.

¿Cuál sería la misión de Manola? Reportear, investigar, indagar, analizar, observar su entorno y redactar, es decir, hacer lo mismo que antes, pero ahora vaciado ese informe anónimo en no más de un par de carillas manuscritas o mecanografiadas.

¿El destino de ese trabajo, y el de los otros dos colegas y el mío? Ni yo lo sabía, porque en ese tiempo, esas preguntas no se hacían.

Y así comenzó este inédito período de sucesivos encuentros semanales con Manola, en cualquier esquina no céntrica, o en apartadas plazas, o en un paradero de la locomoción colectiva para abordar un bus, o en una larga caminata por Recoleta al norte.

Nuestro trabajo conjunto duró casi diez meses. Nunca faltó a una cita y nunca dejó de llevar su informe. En los encuentros, de no más de 15 minutos, sólo había tiempo para comentar el contenido del informe anterior; conocer un anuncio del que se entregaba en ese momento; trasmitir la última orientación del partido y fijar día, hora y punto de la próxima reunión.

Recuerdo que en muy escasas oportunidades alteramos la rutina y las medidas de seguridad.

Una vez, creo que en octubre o noviembre de 1973, fue cuando le llevé un ejemplar mimeografiado del boletín “Unidad Antifascista” que estaba editando el PC en la clandestinidad, donde aparecía una de sus notas.

Se emocionó enormemente y los ojos de Manola se tornaron más vivaces que nunca. Estábamos orgullosos. Estábamos cumpliendo la misión encomendada.
Sin embargo, en un silencioso mutuo acuerdo, me devolvió el ejemplar, lo rompí y lo boté a un basurero cercano.

Otro minuto significativo fue cuando Manola me comentó que una persona conocida de ella le había comentado que había escuchado en Radio Moscú una historia represiva muy dura y conmovedora. “Escuché muy atentamente a mi amiga -me contó Manola- y poco a poco fui reconociendo que esa historia la había reporteado y escrito yo. Me tuve que hacer la lesa y no hice más comentarios. Simplemente, no se podía”.

En otra ocasión Manola me pidió que la acompañara a una diligencia impostergable. “Me indemnizaron en Última Hora y me cayó un dinero. Acompáñame a comprarle zapatos a mi hija para esta Navidad”.

Juntos recorrimos algunas zapaterías de la calle Puente. En cada tienda visitada ella sacaba de su cartera un zapato usado de su hija y medía las tallas, hasta que encontró el que compraría. Nunca se distrajo ni atendió las ofertas que le hacían los vendedores de que se probara calzados nuevos para ella. Su hija estaba primero.

No sé si fue en junio o julio de 1974 que el PC decidió ampliar su red de reporteros clandestinos y optó por instruir que cada uno de nosotros diera forma a una nueva célula, aunque esta vez compuesta por sólo tres militantes.

Cada uno de nosotros debió buscar dos camaradas de su confianza, invitarlos a participar de la red y coordinar con ellos el trabajo de seguir recogiendo información, que ya sabíamos terminaba nutriendo al boletín “Unidad Antifascista” y a los programas diarios de Radio Moscú.

Cuando le comuniqué esta instrucción a Manola, entendió perfectamente que la misión era una manera de reconocimiento a su gran labor de periodista comunista por casi diez meses.

Ambos comprendimos, también, que no seguiríamos viéndonos puesto que ahora ella tendría que reportarse a un nuevo coordinador clandestino, que la contactaría en los días siguientes.

Nos despedimos con el afecto y la confianza de siempre, asumiendo que era probable que alguna vez nos volveríamos a encontrar, ojalá en otras circunstancias, para alguna vez conocer algo más de nosotros mismos.

En esos diez meses de trabajo clandestino conjunto, nunca conocí su casa. Nunca supe siquiera en qué barrio de Santiago vivía ni en qué micros se movilizaba. Nunca le pregunté sobre el padre de su hija y si vivía o no con él.

Y lo más curioso, es que después de junio o julio de 1974, nunca más nos encontramos ni conversamos en los siguientes 46 años.

Alguna vez en este casi medio siglo nos enviamos saludos mutuos que sabíamos que eran bien recibidos. Sabíamos que seguíamos ejerciendo el periodismo, ella cada vez más valiente y famosa en radios como la Chilena y Cooperativa, y yo anónimamente vinculado al periodismo deportivo, pero nunca más nos dimos la oportunidad siquiera de sentarnos en torno a un café.

Por amigos y camaradas comunes sabíamos de nuestras existencias, pero, ya está dicho, no hubo un encuentro pos-dictadura.

Hoy el periodismo chileno está de duelo. Ha fallecido una gran periodista. Todas las manifestaciones de pesar que ha provocado su muerte son fundadas y los elogios que se le brindan son muy merecidos.

Con inmensa pena me sumo a este dolor colectivo por la muerte de mi querida colega clandestina con la que ejercimos durante tiempos duros como colaboradores del boletín “Unidad Antifascista” y corresponsales de la Radio Moscú.

¡Honor y gloria, querida y admirable Manola!

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