Una verdadera lástima que periodistas y analistas de todo tipo no hayan estado a la altura de los requirimientos de la ciudadanía que sigue siendo exhibida como turbas exaltadas, saqueadores y delincuentes comunes.

José Luis Córdova. Periodista. 21/12/2020. Cada fin de año se hacen las tradicionales evaluaciones de actividades -avances y retrocesos-, “lo bueno, lo malo y lo feo”, el vaso medio vacío o medio lleno en cada ámbito del quehacer nacional o internacional y la televisión abierta en nuestro país no es una excepción.

El año que termina estuvo marcado por tres hechos históricos: el llamado “estallido social” de octubre de 2019, el inicio del proceso constituyente y la pandemia del Covid 19.

La televisión abordó las manifestaciones callejeras desde una óptica meramente policial, denunciando desmanes, saqueos e incendios confundiéndolos a propósito con las marchas y concentraciones pacíficas con un tono condenatorio y hasta agresivo. Varios conductores de espacios, panelistas e invitados a programas de actualidad mostraron su verdadera cara como ultra conservadores y retardatarios al respecto.

Con el correr de las semanas y la institucionalización de la plaza de La Dignidad y los viernes de protestas masivas, algunos rostros de la televisión fueron cambiando de opinión, explicando los contextos, reconociendo la grave crisis humanitaria, los abusos policiales, las ollas comunes, la indiferencia del gobierno y las violaciones a los derechos humanos por parte de Carabineros.

Como consecuencia directa de este “estallido”, los partidos de la ex Concertación y el gobierno acordaron un proceso constitucional a partir de un plebiscito, cuestión que obligó a las pautas editoriales de los canales y buscar y encontrar modos de expresión ciudadana. Volvieron programas de “debate” político como “Tolerancia Cero” (UCHV), “A esta hora se improvisa” (Canal 13) y se reinventaron “Mesa Central” (Canal 13) y “Estado Nacional” (TVN), junto a la aparición de “Pauta Libre” en La Red. Incluso podría agregarse a estos espacios, “Café cargado” con el inefable Checho Hirane y sus entrevistas “exclusivas” a personeros de derecha y del gobierno.

La verdad es que estos programas no aportaron demasiado al debate nacional mientras que los matinales fueron una verdadera tribuna para ejercer y formar liderazgos para enfrentar la realidad de un gobierno en caída libre, un proceso constitucional amañado por los 2/3 y una pugna entre el híper presidencialismo y una suerte de “parlamentarismo de facto”, según algunos opinólogos.

Surgieron o se consolidaron “rostros” como Julio César Rodríguez, Alejandra Matus, José Antonio Neme, Eduardo Fuentes, Mirna Schindler y Patricia Politzer que se atreven esporádicamente a superar las pautas políticas programadas en cada canal donde aparecen, Exageradamente “mercuriales” siguen Matías del Río, Mónica Rincón, Constanza Santa María, Iván Núñez, Monserrat Alvarez, Cristián Bofill, Iván Valenzuela y Fernando Paulsen.

En materia de teleseries, fue época de repeticiones de otrora exitosas nacionales como “Los 80”, pero también con menos teleaudiencia: “Perdona nuestros pecados”, “Dónde está Elisa”, “El circo de las Montini”, “Señores papis”, “Pituca sin lucas”, “Soltera otra vez”, “Pobre gallo”, “Brujas” y ahora se amenaza con el regreso de “Machos”.

La pandemia del coronavirus desnudó las falencias en el sistema sanitario, las debilidades del ministerio de salud, las fallas comunicacionales del gobierno y otras deficiencias que le costaron el cargo al autoritario ex ministro Mañalich y la instalación de un feble secretario de estado obsecuente al régimen, defensor de la salud privada, de los negocios con las residencias sanitarias y ahora con los laboratorios internacionales y sus respectivas vacunas.

La desconfianza, la sensación de abuso permanente, la soberbia de las autoridades que no reconocen errores y el desprestigio creciente del Ejecutivo se manifiestan en cada espacio de la televisión chilena, aunque conductores, animadores, panelistas e invitados hagan lo que esté de su parte para tratar de minimizar estas fallas más que ostensibles.

En resumen, lo más positivo del año que termina es la expresión y la creciente masividad de la voz de las mayorías, la presencia de las masas en las calles, la imposibilidad del poder de acallar las exigencias y demandas de un pueblo que despertó ante la insensibilidad e indiferencia de un medio de comunicación tan trascendente como es la televisión.

Una verdadera lástima que periodistas y analistas de todo tipo no hayan estado a la altura de los requirimientos de la ciudadanía que sigue siendo exhibida como turbas exaltadas, saqueadores y delincuentes comunes durante el legítimo derecho a su expresión pública, desvirtuada por las cámaras y comentarios desde los estudios de la televisión. Un año para olvidar en estas materias.

 

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