Una fuerza política, social y cultural con capacidad de disputar el sentido histórico de la sociedad chilena.

Ernesto Águila Z. Académico. 04/09/2020. La mayor cantidad de análisis y textos sobre la Unidad Popular (UP) se escribieron para explicar su derrota. La conmemoración de los 50 años del triunfo de la UP permite invertir esa tendencia y volver la mirada hacia lo que fue esa experiencia y el largo recorrido a la construcción de ese momento.

El 4 de septiembre de 1970 no fue un accidente histórico sino la culminación de un largo proceso de acumulación de fuerzas sociales, culturales y políticas en torno a ideales populares de emancipación socialista. Sus raíces podrían rastrearse en el siglo XX, incluso a fines del siglo XIX, pero existen razones para señalar el año 1952 como punto de partida de lo que desembocó en la Unidad Popular.

La elección presidencial de 1952 estuvo marcada por el desgaste de la idea de los frentes populares, entendidos como alianza interclasista con hegemonía de centro. El impulso progresista de 1938 con Pedro Aguirre Cerda se había diluido, y la deriva anticomunista y antipopular de la administración de González Videla terminó por agotar el ciclo y de mala manera. Reinaba un fuerte sentimiento antipartidos, el PC estaba ilegalizado y el PS se había fraccionado. La buena noticia era el debut del voto de las mujeres por primera vez en una elección presidencial.

La figura compleja de Ibáñez -finalmente autoritaria y de contención de lo popular- irrumpe como una opción redentora y de restauración de una cierta ética pública. Su fuerza electoral resulta abrumadora. El grueso del PS -agrupado bajo la denominación de Partido Socialista Popular (PSP)- adopta la polémica decisión de apoyar a Ibáñez. Es una decisión cortoplacista marcada más que por afinidades programáticas, por la perspectiva de no enajenarse del mundo popular y quedar a salvo de lo que se percibía como desplome del sistema de partidos.

En ese contexto, la decisión de 1952 de levantar por primera vez la opción presidencial de Salvador Allende, sostenida en un núcleo minoritario del PS, y en el PC y otras fuerzas, aunque se sabía testimonial en lo electoral (obtuvo un 5,2%), constituía una decisión de proyecciones históricas que equivalía a reafirmar en esa crucial coyuntura un programa de orientación socialista; resistir las opciones despolitizadoras de lo popular que representaba Ibáñez; separar aguas del nacional-populismo que recorría América Latina; e intentar abrir un ciclo político signado por una alianza con base en la unidad de la izquierda.

El rápido desgaste del gobierno de Ibáñez, sus erráticas políticas y su opción conservadora y antipopular en lo económico, fueron dando la razón a la opción seguida por Allende y las fuerzas que lo respaldaron en 1952. El Frente de Acción Popular (FRAP) creado en 1956 será la expresión política de esa nueva síntesis y la fórmula presidencial de 1958. A su vez, la unificación del PS en 1959 se hará bajo la tesis de una alianza de izquierda o de “frente de trabajadores”, un programa de reafirmación socialista y el reconocimiento del liderazgo de Allende.

Señas de unidad y estrategia política

Se instalan los cimientos de un proyecto político que empieza a madurar y a construir sus señas de identidad. Luego de 1952 vendrán las campañas presidenciales de 1958, 1964 hasta llegar al triunfo de 1970. Serán 18 años de una lenta acumulación de fuerzas sociales, culturales y políticas. En lo social destacará la unificación del sindicalismo bajo la nueva Central Única de Trabajadores (CUT) en 1953 y su creciente protagonismo social y político. Vendrá la conformación de nuevos actores sociales -campesinos, pobladores, estudiantes, capas medias- que se irán sumando, con sus propias reivindicaciones y contradicciones, al proyecto popular.

En lo programático, en los años 60, cabe destacar el surgimiento de la teoría de la dependencia -el subdesarrollo es la otra cara del desarrollo, será una de sus tesis reconocidas- que dará fundamento a una visión centrada en la recuperación de la soberanía económica y de un proceso de industrialización que venía de la etapa anterior. Se une un poderoso movimiento cultural que comienza, desde las más variadas expresiones artísticas, a formar parte de la ascendente etapa del movimiento popular chileno.

La consolidación del liderazgo de Salvador Allende resulta catalizadora de los movimientos históricos en curso, actuando como causa y efecto del proceso de construcción del proyecto socialista de signo popular. Si algo caracteriza el periodo que va de 1952 a 1970, es el permanente esfuerzo de transformar al pueblo en un sujeto político. Quizás este es el rasgo más significativo y profundo del allendismo.

Complementa este proceso ascendente la maduración de una estrategia política: la vía chilena al socialismo. Una perspectiva original que, apartándose de la ortodoxia teórica de la izquierda de la época sobre el poder, planteaba avanzar en transformaciones sociales y económicas apoyándose en la propia institucionalidad democrática, en su legitimidad y legalidad. Una combinación de luchas sociales, de construcción de hegemonías y de consolidación institucional y electoral de estas. Posiblemente fue en el campo de la estrategia política donde el proyecto alcanzó una menor maduración teórica, lo que se reflejó en incomprensiones y desavenencias en el seno de la izquierda. También es cierto que en esta radical conexión entre democracia y socialismo es donde más se cimentó el prestigio popular, nacional e internacional de la experiencia de la UP.

El triunfo del 4 de septiembre fue la culminación de un largo y ascendente proceso de construcción de una opción y de una fuerza popular y de izquierda con capacidad transformadora. De una fuerza política, social y cultural con capacidad de disputar el sentido histórico de la sociedad chilena. Un proceso de gran imaginación política, con aciertos y errores, que vale la pena conocer más en profundidad. Lo ocurrido es irrepetible, pero la izquierda de hoy, fragmentada y desunida como se encuentra, puede extraer importantes aprendizajes de esa etapa. Es tiempo de reflexionar y de reconducir la energía a aprender más de las razones del triunfo de la UP que de su derrota.

 

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