De aquella noche del 4 de septiembre de 1970.

Erasmo López Ávila. Periodista. 27/08/2020. Con el abogado y periodista Carlos Berger Guralnik fuimos compañeros de trabajo en la Redacción del diario El Siglo, del Partido Comunista de Chile, desde octubre de 1969 hasta fines del año 1970 o inicios de 1971, cuando él fue enviado a unos cursos de capacitación a Moscú, capital de la ex Unión Soviética.

Formaba parte del colectivo de redactores de la página editorial de El Siglo, junto a destacados colegas como Luis Alberto Mancilla, Raúl Iturra Falcka, Sergio H. Carrasco, el diputado Orlando Millas y otros.

Recuerdo perfectamente la noche del viernes 04 de septiembre que vivimos en el tercer piso del edificio de la calle Lira 363 donde estaba la editora Horizonte, de propiedad del PC.

Allí se imprimían tres diarios populares: El Siglo, Puro Chile y el vespertino Última Hora.

Éramos unos 30 o más periodistas, entre veteranos y novatos, entre ellos Berger y su barba entre rubia y colorina, que esperábamos expectantes, nerviosos, esperanzados, deambulando entre los escritorios, escribiendo o revisando las carillas que salían de nuestras viejas máquinas de escribir.

Pasadas las 22 horas, el director de El Siglo, Rodrigo Rojas, salió de su oficina, se instaló en el cabezal de la redacción, entre los escritorios del subdirector Sergio Villegas, del Jefe de Informaciones,, Jorge Soza, y del Jefe de Crónica,Marcel Garcés. Se subió a una silla y con su vozarrón grueso y autoritario nos hizo callar.

Algunos dejamos de teclear, otros se pararon y se acercaron para escuchar lo que venía y nos sumimos en un silencio total.

Rojas carraspeó antes de hablar y dijo: “Compañeros, recién recibí un llamado de Teatinos…”. (Todos entendimos que eso significaba que el llamado había provenido desde el Comité Central del PC, ubicado en la esquina nor poniente de Teatinos con Compañía, en el centro de Santiago).

 “Estos cómputos son nuestros, pero son fidedignos…Son seguros…”. (Hizo una pausa, se acomodó los gruesos lentes y dirigió su mirada a un papel que estaba entre sus gigantes manotas. No podía disimular que estaba emocionado).

“Compañeros… ¡Hemos ganado!…”. (Nos mantuvimos en silencio).

“¡Sacamos más de 30 mil votos que Alessandri!…¡El compañero Allende es el nuevo presidente de Chile!…”.

Sólo al término de esta frase estalló la algarabía. Rojas no terminaba de bajarse de la silla cuando ya era abrazado por sus más cercanos.

Las risas, el llanto, los abrazos y los vivas surgieron desde lo más profundo de nuestros corazones, unos ya gastados, otros muy potentes.

Rojas nos abrazó a todos, uno por uno, y nos dio las gracias. Su rostro siempre intimidante ahora estaba surcado por una sonrisa amplia, casi infantil, mientas pugnaba por contener las lágrimas.

Minutos después, Rojas y sus editores bajaron hasta el primer piso del taller.

Desde un segundo nivel de la rotativa, esa máquina gigante, más grande y ruidosa que una locomotora, que diariamente imprimía decenas de miles de ejemplares que llegaban a las manos del pueblo de Chile, se dirigió a los más de 150 trabajadores que allí laboraban.

No sé si ya sabían la gran noticia, pero escucharon atentamente y en silencio a Rojas y sólo después que anunció la voz oficial del PC: ¡Allende es el nuevo presidente de Chile!, estalló la alegría, vinieron los abrazos y el llanto viril de esos trabajadores de mamelucos azules y con olor a tinta de imprenta.

Berger fue uno de los que celebró en la redacción. No bajó al taller. Había recibido una instrucción precisa.

Junto con Mancilla, Iturra y Carrasco tenían que escribir la página editorial, la primera que recogería las opiniones del Partido Comunista tras el triunfo de Allende y la Unidad Popular.

Esa noche fue larga, agotadora, pero ninguno de los presentes habría querido no estar allí, en el corazón del medio de comunicación más importante en la construcción del triunfo popular.

Recuerdo a varios que pasada la medianoche aún estaban pegados a sus máquinas de escribir o seleccionando fotografías o diseñando  páginas: Rojas, Villegas, Berger, Mancilla, Iturra, Carrasco, Soza, Virginia Vidal, Alfredo Olivares, Hernán Meza, los diagramadores Callejas y Rodríguez, Virginia Vidal, Jeanette Gallo, el jefe de fotografía Gustavo Pueller, Miguel Gómez, Sergio Carrasco, Galvarino Arqueros el archivero Moisés Corvalán, todos ya fallecidos.

Y también otros como Garcés, Jaime Chamorro, Guillermo Torres, Francisco Cataldo, Gloria Alarcón, Luis Villaflor, Ulín Urrea, Fernando Vera, Jorge Cabello, Ramiro Sepúlveda, y otros, que aún viven y que, estoy seguro, atesoran en sus vidas esta noche fantástica, única, inédita, irrepetible.

Uno de nosotros era ese joven de 30 años, entre rucio y colorín, de sonrisa cordial y mirada franca, Carlos Berger, que en octubre de 1973, unos mil días después, fue una de las primeras víctimas de la Caravana de la Muerte.

Su viuda, la abogada Carmen Hertz, hoy diputada, mantuvo incólume su lucha por evitar la impunidad en el vil crimen de su compañero, de quien no tuvo rastro alguno por más de cuatro décadas.

Recién hace unos pocos años pudimos acompañar a Carmen y a su hijo German Berger a sepultar en el Memorial de los Detenidos Desaparecidos unos pequeños huesos de Carlos que fueron rescatados del desierto nortino.

Debo decirlo: para mi fue un privilegio haber conocido a Carlos, haber estado bajo un mismo techo en una misma casa editorial y haber sido compañeros en el Partido Comunista y en esa redacción esa noche inolvidable.

¡Carlos, el colectivo de El Siglo, del 04 de septiembre de 1970, no te olvida!

Y también honor y gloria a Rodrigo Rojas (QEPD) y a todos los que hoy sobrevivimos después de 50 años, que a atesoramos esa noche, quizás, como la primera con más esperanzas y más feliz que tuvimos en nuestro lejano Siglo XX.

La segunda noche del Siglo XX, tan esperanzadora y feliz como aquella (aunque después en los 90 la esperanza y la felicidad nos fueron pisoteadas), fue la vivida el 5 de octubre de 1988.

Todavía no celebro alguna de similar tenor en este siglo XXI, aunque creo que se acercan varias.

Las celebraremos con la misma emoción, con mayor jolgorio y con un consolidado compromiso, como los que nos quedaron impresos hace 50 años.

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