Ante los múltiples resguardos sanitarios, nadie advierta sobre cómo debe conducirse una persona con desafíos múltiples como, por ejemplo, un sordo ciego.

Carlos Salazar. Periodista. 15/04/2020. Mientras el presidente actualizaba en cadena nacional la cifra de contagiados durante la primera semana de cuarentena en Santiago y reiteraba a la comunidad la necesidad de contener una pandemia global a través del autocuidado, el intérprete de lengua de señas chilena advertía también, en un recuadro aparte, a la comunidad con discapacidad auditiva. Desgraciadamente, el rectángulo inclusivo quedaba cubierto por un enorme texto que entregaba información adicional sobre la crisis sanitaria. El espectador sordo (que no siempre sabe leer) quedaba así, en un limbo de incertidumbre respecto a la crisis.

Quizás, a esa misma hora, en un centro asistencial una persona ciega se encuentra ante carteles que avisan sobre la suspensión de servicios y otras direcciones que no están escritas en braille. En casa, personas postradas en cama, quedan a la suerte de que sus cuidadores puedan sortear las políticas de cuarentena y de un transporte que, en sus primeras semanas, funcionó caóticamente.

Esta y otras prácticas advierten desde la Dirección de Justicia Social, Igualdad e Inclusión de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano en medio de la cuarentena dictada ante la pandemia del coronavirus. Ricmir Dávila, psicólogo y encargado de la Unidad de Atención a la Discapacidad en el plantel de calle Condell, explica que en un rápido vistazo a los sitios web del COMPIN o el SENADIS arroja una preocupante falta de información específicamente diseñada para la población con diversos tipos de discapacidad auditiva o visual. Si bien, sus redes sociales están actualizadas y publican material referido a cuidados en la cuarentena del coronavirus, gran parte de ellas recurre a afiches e imágenes gráficas que no son accesibles para la población con discapacidad visual, que suele contar con aplicaciones propias que “describen” texto.

El especialista lamenta que ante los múltiples resguardos sanitarios que ha exigido la epidemia, nadie advierta aún sobre cómo debe conducirse una persona con desafíos múltiples como, por ejemplo, un sordo ciego, o una persona de la tercera edad disminuida cuyos únicos nexos comunicativos pueden ser el tacto o, en el caso de las personas sordas, no se cuente en los centros asistenciales con intérpretes de lengua de señas chilena, solo por citar algunos casos. “El sordo muchas veces sabe leer los labios y debes hablarle de frente para tener una comunicación más o menos fluida, pero ese es un tipo de comunicación que no funciona si el interlocutor debe usar mascarilla o ubicarse a distancia”, explica Dávila sobre una práctica aparentemente evidente, de la que nadie se ha hecho cargo.

Los sordociegos “son personas que necesitan de señales dibujadas directamente en sus manos para entenderse con otras, que no son consideradas cuando se habla al país por TV, radio o por redes sociales. Hay que considerar a esta parte de la población antes de exigirle a todo mundo no tener contacto con otros o tomar distancia social”, cree el experto.

Regresa sobre la idea de que muchas veces el recuadro del intérprete de lengua de señas chilena que aparece en televisión durante las noticias o mensajes de la autoridad «suele ser bloqueado o interrumpido por otros recursos informativos. Esto equivale a no colocarlo», cree Dávila.

Discapacidad y tercera edad

Dávila también señala que hay personas que necesitan del apoyo de otras y que se encuentran en situación de dependencias o con discapacidad motora como los abuelitos de comunas vulnerables que no tienen acceso a cuidadores particulares o a hogares de retiro. Gente para la que no es una opción el aislamiento social o depender de asistencia para bañarse, desplazarse o alimentarse. El dilema de tener que aislarse y evitar el contacto va en desmedro de parte de esta ciudadanía, insiste. Agrega otro fenómeno ignorado: lo que sucede con personas con Trastorno de Espectro Autista o la tercera edad menos autovalente. “Hay muchas personas que ya tienen una rutina como salir al parque, a tomar sol, ir a la escuela o visitar amigos y otros hábitos preestablecidos que la cuarentena interrumpe. Mantenerlos aislados en sus casas también los inquieta y les afecta generando depresión o ansiedad al no contar con un espacio seguro al aire libre o los resguardos necesarios”, explica.

 

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