Homenaje a un militante, dirigente campesino, exiliado y partícipe de la solidaridad con el pueblo chileno.

Carmen Pinto (Colas). 08/04/2020. Me piden que escriba sobre ti, y se me vienen tantos recuerdos, imágenes, momentos, incluso muchos títulos a esta reseña que intento en medio del dolor de lo que significa morir solo, lejos de tus raíces, producto de la Pandemia y otras dolencias arrastradas de lejos.

La historia en común tiene como punto de partida la residencia del embajador de Francia en Chile en 1973, Mr. Pierre de Menthon. Ahí llegaste un día de noviembre de 1973, luego de más de 60 días caminando por senderos pedregosos, con una maleta por compañía, la que contenía tus limitadas, pero queridas pertenencias, reprimiendo el miedo que te producía la idea de encontrarte con alguna patrulla militar en medio de un paisaje inhóspito, calor de día y frío de noche, cazando alguna perdiz o conejo silvestre, buscando lugares de agua en quebradas de difícil acceso.

Tu tenacidad te permitió llegar en pésimas condiciones de desnutrición y heridas que se convirtieron en llagas profundas en tus pies. Tu destino era Pudahuel donde vivía tu hermana, esperaste la noche para llegar hasta ahí, tal vez por suerte ella estaba sola, puesto que su marido era carabinero y según sus palabras, te podría haber denunciado por tu calidad de dirigente campesino y militante comunista. Un aseo precario, un poco de alimentación y las indicaciones para llegar hasta alguna Embajada fueron el rencuentro con tu familiar. La verdad, nunca comprendí cómo pudiste encontrar las fuerzas necesarias para escalar en medio de la oscuridad el muro de la residencia del embajador y caer casi muerto al interior, al espacio de libertad.

Al día siguiente nos enteraríamos de alguien que llegó en terribles condiciones físicas y que se mantenía apartado del resto con el fin de procurarle asistencia médica, lo que se prolongó por una semana aproximadamente.

¿Qué dejabas detrás tuyo? A tus padres, tus amigos, tu tierra, tu sindicato, tu partido allá en Salamanca, a un poco más de 300 kilómetros de distancia de la capital. Pertenecías al Sindicato Campesino Guerrillero Manuel Rodríguez, habiendo sido elegido dirigente en los últimos comicios. El temor se reflejaba en tus ojos, habías visto morir a algunos de tus compañeros a manos de los dueños de fundo quienes literalmente los molieron a punta de palos y rebenques. Parte de este testimonio está en el diario de la esposa del Embajador, Francoise de Menthon, aunque sin tu nombre.

Villejuif fue tu paradero en la “banlieue” parisina, en el llamado cordón rojo de Paris, el lugar de albergue fue el Foyer de esa comuna cuyo director era Jean Alain si bien recuerdo, un joven militante del Partido Comunista francés. Desde el municipio se te ofreció la oportunidad de un contrato de trabajo para la mantención de parques y jardines. Era lo que hubieses querido hacer en Chile al término del exilio, el que nunca llegó para ti y tu familia.  En efecto, al cabo de algunos años conociste a una mujer, también chilena con un pequeño hijo a cuestas construyendo una nueva familia los tres, a la que se agregaría tu hija América, que otro nombre podría ser. No sé exactamente que enfermedad crónica tenía tu esposa, pero necesitaba de un tratamiento que en Chile habría sido imposible, por esa razón principalmente la opción de volver se esfumó, porque, así como el exilio nunca fue “dorado” el retorno tampoco fue fácil. Esa transición ejemplar de la que algunos hablan en lo que respecta al proceso chileno post dictadura no es tal y así lo demuestra el estallido social iniciado el 18 de octubre 2019 ahora puesto entre paréntesis debido a la pandemia que azota al mundo entero.

Muchas y sabrosas anécdotas recuerdo de Segundo, el Huaso segundo como lo apodábamos por cariño, entre otras, su permiso de conducir. En medio de tantos refugiados, fue uno de los primeros en obtenerlo, lo logró mostrando su permiso de conductor de tractores el cual fue mal traducido, pero la verdad conducir en Paris era bien diferente. Apenas sus ahorros se lo permitieron se compró un coche deportivo de segunda o tercera mano, ese tipo de modelos le gustaban. Muchos de quienes llegaron entonces a la región parisina lo utilizaron tanto para ir al aeropuerto como para otros trámites; él lo prestaba gustoso pero su interés también era aprender a conducir, por lo que se instalaba en el lugar del copiloto y desde ahí miraba todas las maniobras y hacia las preguntas que le surgían.

En una ocasión permití que me llevara a casa, ya se había atrevido a manejarlo él mismo, pero juré nunca más hacerlo, creo que fue un milagro el no haber tenido o provocado algún accidente en esa época, con los años debe haber mejorado mucho. Coincidimos en varias ocasiones en casa del Capitán Atilio Leuvemberg, otro exiliado con una historia muy interesante, algo le atraía a él de Segundo y parece que también de mi propia historia, viniendo yo de la zona del carbón. Luego trabajamos largos años en el organismo sindical del exilio chileno.

En efecto, la Central única de Trabajadores (CUT), tomó la determinación luego del golpe de Estado y cuando la organización fue declarada ilegal, crear un Comité Exterior, el que en un principio se fundó en Suecia, para luego instalarse en Francia al alero de la Central General de Trabajadores (CGT). En una gran cantidad de países y ciudades se crearon los comités de base, ese fue nuestro aporte a la lucha contra la dictadura y por restituir la democracia en Chile.

Segundo se vestía con colores vivos, le gustaban las cadenas, los grandes anillos, las hebillas en zapatos y cinturones y también muchas veces se le vía con un casco y guantes de motoquero así como la indumentaria. En una ocasión le pregunté si había cambiado el auto por la moto, y la respuesta fue negativa, pero le gustaba esa apariencia, en otras ocasiones aparecía con dos o tres cámaras fotográficas que ni siquiera funcionaban. Era una especie de fantasía, quizás le hubiese gustado ser otra persona con otro oficio. Sus visitas frecuentes al mercado de las pulgas le permitían adquirir a bajo precio todos esos tesoros. En una de las tantas visitas vio mochilas y de ahí la ocurrencia de adquirir una, para nunca más tener que huir con una maleta, como la que le causó tantos problemas en su periplo cordillerano, desde Salamanca a Santiago.

En una de las primeras ocasiones en que recibió dinero por su trabajo en el municipio, le pidió a un compañero oriundo de Valparaíso (hoy fallecido), Juan López, que lo acompañara porque tenía que hacer una compra importante y no se atrevía a hacerlo solo porque no hablaba bien francés y tampoco se atrevía regatear los precios.

-Mire compañero, le dijo, lo vengo observando desde hace un tiempo y usted me parece muy serio y digno de confianza, por eso quiero pedirle un favor, que me acompañe a comprar algo que necesito.

-Ah, y que será, preguntó Juan.

-Una Mochila.

-Pero para qué quiere una mochila Segundo.

-Ah, es que a mi me pasan las cosas una sola vez no más en la vida, no ve que una maleta fue un tremendo obstáculo para arrancar por los cerros, la próxima vez será con una mochila.

De ahí el origen de la inseparable mochila de color rojo con la cual lo veíamos año tras año en la Fete de l’Humanité, donde invariablemente se ofrecía para cuidar el stand por los tres días y noches que duraba el evento. Yo volví a Chile en diciembre de 1989, fue un largo exilio debido a que mi actividad sindical hizo que la dictadura mediante decreto de ley me privara, junto a una larga lista de dirigentes, de la nacionalidad chilena. Durante esos años fuimos muy cercanos, fuimos de los primeros en llegar a Francia desde sus Servicios Consulares en Chile, sin pasaporte, sólo con un salvo conducto. Mi destino fue Bobigny y el de Segundo unas semanas más tarde fue Villejuif. En esos primeros meses compartíamos muchísimo entre quienes estábamos en ambos lugares de refugio, con frecuencia utilizábamos los boletos de Metro que nos permitían adquirir para viajar entre Porte de Pantin y Porte d’Italie.

Vuelvo al presente, esta mañana la noticia me entristeció enormemente, pero debo reconocer que más que el anuncio de la muerte misma, es la situación que nos llevó a vivir lejos de la Patria, el imaginar que luego del término oficial del exilio, tal vez mucha gente alejada ya de las actividades propias de un exilio político, se fue quedando sola, cada uno en lo suyo.

Recuerdo en particular una frase de Segundo pronunciada en una importante y concurrida reunión en Paris, donde uno de los temas era el retorno: “Prefiero morir en Chile mordido por una serpiente que en Francia alejado de mi pueblo”. Fue una frase polémica, es algo tan subjetivo, cada cual examinaba sus propias posibilidades, así como sus carencias y dificultades para realizar este importante trance que significa volver a casa y cerrar así el ciclo que nos llevó a estar desparramados en una diáspora de un millón de chilenos repartidos por el mundo.

Quizás el mejor consuelo es que quienes compartimos juntos el exilio conservamos bellos y emotivos recuerdos del “Huaso” Segundo. Estás en nuestra memoria como el hombre tranquilo, buenísimo, solidario, de pajo perfil, pero que sin embargo no pasaba desapercibido. También es un alivio el que Francia en esos años tenía a Chile en el corazón (Chili au coeur), y de verdad tanto a ti como a tantos otros le abrió sus brazos, en tu caso particular mitigando la distancia con tu Salamanca natal, convirtiéndose en tu segunda Patria, donde crecieron otras raíces, fue el lugar dónde construiste una familia y dónde nació tu hija, tu América total.

Querido compañero Segundo Aguilera, Presente, Ahora y Siempre.

 

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