La primera transición que encabezó la Concertación tuvo presente desde un primer momento que había que mantener el modelo económico y social esta segunda transición busca lo mismo.

Fernando Bahamonde

Profesor

04/12/2019. Con el estallido social del 18 de octubre, como se ha repetido en muchas ocasiones, se ha puesto en tela de juicio el modelo económico y social, la forma que adquirió este tipo de democracia representativa y en consecuencia toda la institucionalidad que con parches y alambres construyó la eterna transición en las postrimerías de la dictadura y el inicio de los gobiernos de la Concertación.

Hoy la correlación de fuerzas sociales y políticas han cambiado distanciándose considerablemente de los resultados de la última contienda electoral que llevó a la presidencia a Sebastián Piñera. Por otra parte, en el ámbito político, parece ser que el remezón social va paulatinamente configurando una nueva política de alianzas de carácter conservador entre los partidos con representación parlamentaria.

Pero la relación actual entre correlación de fuerzas y política de alianzas nace con contradicciones internas y entre ambas, lo que hará imposible que puedan coincidir sociedad e institucionalidad.

La correlación de fuerzas sociales y políticas -lo que la derecha llama la calle- emergen de la movilización tienen como primera piedra de tope el no poder expresarse electoralmente, sino hasta abril próximo que dará inicio al proceso constituyente, con las reglas impuestas por un supuesto acuerdo redentor de la democracia.

Este acuerdo es altamente volátil e incierto, las primeras señales indican que la materialización de los puntos y detalles transitará un camino difícil para la representación de amplios sectores en la “Convención Constituyente”. En el tira y afloja la derecha tendrá mandíbula de hiena para arrancar la mayor cantidad de carne y huesos al acuerdo.

Este hecho desnaturalizará la expresión de la nueva correlación de fuerzas porque la derecha intentará atenuar la participación tanto en el proceso de negociación como en la convocatoria electoral.

Esta escisión o fisura no logrará otra cosa que profundizar la fractura vertical presente entre la sociedad y la política, hecho que deslegitima a la política como mecanismo de transformación social.

La fractura horizontal dice relación con la escisión entre bloques y partidos políticos. Pero lo complejo del escenario es que los partidos de derecha se mantienen incólumes en sus posturas mientras que en la oposición la fractura se acrecienta.

Durante todo este gobierno la oposición ha sido errática en poder construir acuerdos, para en efecto ser oposición. Y luego del estallido social la fractura adquiere otras dimensiones, solapadamente por momentos y en otros descaradamente se configura una nueva política de alianzas entre el PDC y otras fuerzas conservadoras con el gobierno.

Para los sectores conservadores llegó la hora del orden lo que asegura mantener sus privilegios. Para ello se debe cerrar la movilización y la participación popular contaminando las aguas del conflicto para que se evaporen y no logren desembocar en transformaciones, pero a no equivocarse porque las aguas estancadas pueden evaporarse dejando una fuerte pestilencia producto de la violación de los DD. HH. La tentación es gigantesca en avanzar en la agenda represiva para dotar de un marco de legalidad la represión como a través del PDL de infraestructura crítica.

Una vez logrado el objetivo de la desmovilización social se iniciará la segunda transición. Esta, a diferencia de la primera, será encabezada por la derecha y sus nuevos aliados del partido del orden dispuestos como antes a que cambie todo, pero todo continúe igual.

Si la primera transición que encabezó la Concertación tuvo presente desde un primer momento que había que mantener el modelo económico y social, así como el dictador, esta segunda transición busca exactamente lo mismo. Incluso incluyendo el silencio respecto de la sistemática violación de los DD. HH perpetrada por agentes del Estado, con miras de salvar a las instituciones armadas y mandante de éstas el primer mandatario. Tal vez, ahora exista reparación frente a los atropellos, no obstante, se buscará que no existan responsables materiales y políticos, por tanto, justicia.

Esta segunda transición tiene vicios de forma y fondo, uno de ellos es que a diferencia de la anterior que buscó desmantelar los elementos autoritarios legados por la dictadura, la que se negocia entre La Moneda y los pasillos del congreso nacional, busca dotar de autoritarismo el futuro régimen.

En este segundo momento se intentará mitigar el efecto del neoliberalismo con la denominada “Agenda Social” que insistirá en focalizar políticas sociales en ciertos grupos, pero será improbable que incluya derechos universales en pensiones, salud, vivienda y trabajo.

Como ayer, asimismo se pretende excluir y aislar fuerzas políticas por no haber suscrito acuerdos. Porque estas fuerzas son peligrosas para la nueva estabilidad que se pretende crear dejando afuera la sociedad.

Lo que no pueden prever los padres de la segunda transición es que ese nuevo orden que se intenta erigir no podrá existir 30 años sencillamente porque lo que los mueve es el miedo a la sociedad, pero la sociedad actual no tiene miedo, sino que convicción cosa que estos segundos fundadores de una transición de papel no poseen.

Deja una respuesta