El problema de las pensiones no es la falta de ahorro. El ahorro forzoso es el problema.

Manuel Riesco. Economista. 28/08/2019. El problema de las pensiones no es la falta de ahorro. El ahorro forzoso es el problema. Consiste en desviar las cotizaciones previsionales corrientes hacia los mercados financieros en lugar de pagar pensiones. Dichas cotizaciones permiten hoy elevar a un nivel digno las pensiones del millón y medio de jubilados por el sistema AFP, y reajustarlas hacia el futuro al ritmo de los salarios. En cambio se transfieren de inmediato, en su mayor parte y a perpetuidad, a un puñado de magnates.

No deja de sorprender que las principales organizaciones de trabajadores, así como partidos de izquierda y progresistas, hayan demorado tantos años en incorporar a sus programas el terminar de una buena vez con el ahorro forzoso. Algunos todavía no lo manifiestan de forma categórica y por estos días un grupo pretende ¡elevarla todavía más!

Aún hoy, después que trabajadoras y trabajadores han desplegado multitudinaria y reiteradamente en las calles su apoyo al movimiento ¡No+AFP!, no se aprecia de parte de todas sus organizaciones un rechazo tajante y enérgico al ahorro forzoso. Con franqueza, se echa de menos la claridad y actitud decidida de los trabajadores chilenos cuando, mediante un paro nacional convocado por la CUT a fines de los años 1960, echaron abajo los que motejaron “Chiribonos”, un intento del gobierno de entonces por establecer un sistema de ahorro forzoso.

Entre los actores políticos la situación deja aún más que desear. Hasta hace poco, ninguna autoridad política, con la digna excepción de algunos parlamentarios que se pueden contar con los dedos de una mano, se había pronunciado categóricamente por terminar el sistema de ahorro forzoso. Ninguno de los candidatos, coaliciones y partidos, que alcanzaron la segunda vuelta en las últimas elecciones presidenciales, se propuso terminar con este abuso.

Felizmente eso ha empezado a cambiar. Hace pocas semanas, la mayoría de la Comisión de Trabajo y Seguridad Social encabezada por su entonces presidente DC, y luego la mitad de la Cámara de Diputados, por vez primera votaron de manera amplia y categórica su rechazo a legislar el proyecto gubernamental que aumenta brutalmente el ahorro forzoso. Los senadores de oposición, que conforman la mayoría de la cámara alta, han concordado una declaración que acusa: “el ahorro individual no mejora las pensiones ni con un 10% ni un 14%”.

Lamentablemente, el hasta ahora todopoderoso lobby financiero parece estar logrando meter de nuevo su cola en el asunto. El gobierno logró imponer estrechamente la tramitación de su proyecto gracias a la defección de un puñado de parlamentarios, supuestamente opositores. Para colmar las cosas, algunos partidos y parlamentarios de este sector han declarado que aceptarán el alza de cotizaciones propuesta por el gobierno. A cambio de ello proponen ¡un aumento adicional! Éste sería destinado a confusos “seguros colectivos” que, por lo que se conoce y según reconoció el exministro autor de un proyecto parecido presentado por el gobierno anterior y principal lobbysta de esta propuesta, a la larga se destinarán asimismo, íntegramente ¡al ahorro forzoso!  Dicho ex ministro ha confesado que ni él mismo se puede creer la acogida que dicha alza ha tenido en ciertos opositores.

Todo ello hace pensar que los esfuerzos realizados hasta ahora no han sido suficientes para despejar este asunto en el seno de las organizaciones del pueblo. Por ello, parece necesario repasar los motivos por los cuales los trabajadores en todos los países y en todas las épocas han rechazado tajantemente el ahorro forzoso.

La clave de todo el asunto está en las cotizaciones previsionales. Evidentemente no son un ahorro voluntario de los trabajadores, sino un impuesto establecido obligatoriamente por el Estado que se aplica sólo a los trabajadores. Las pagan siempre los asalariados aunque, como es deseable, las desembolsen en parte los empleadores.

Pueden ser y lo han sido en Chile en el pasado, un impuesto aceptable y beneficioso para los trabajadores, pero sólo a condición que se destinen íntegra y exclusivamente a pagar pensiones. Jamás pueden desviarse a otros usos, menos transferirlos a los empresarios o destinos en que ellos lucren. Esto último es precisamente lo que sucede cuando las cotizaciones se destinan al ahorro forzoso.

El hecho que el sistema sea gestionado por las AFP, añade a este abuso el agravio de cobros onerosos por administrarlo y traspasa descaradamente el grueso de las cotizaciones a un puñado de magnates.

Veamos el asunto más de cerca. Las cotizaciones previsionales se presentan como un ahorro voluntario y responsable de los trabajadores para su vejez. Si así fuese no tendría nada de malo. Cualquier persona considera prudente ahorrar para resguardarse de eventualidades, enfrentar gastos mayores o adquirir bienes valiosos. Las cuentas de ahorro del Banco del Estado así lo demuestran. En este caso, tendría el noble propósito de guardar dinero para la vejez, de modo de no representar una carga para los hijos.

La cosa cambia, sin embargo, cuando dicho ahorro se impone como un tributo obligatorio establecido por ley, es decir, un impuesto que el Estado impone forzosamente a todas las trabajadoras y trabajadores cuando logran un empleo remunerado. La injusticia es aún más flagrante porque se cobra íntegramente sólo a ellos. Se descuenta de la planilla de salarios y se eximen los ingresos que exceden el de una trabajadora o trabajador calificado. Dicho impuesto podría ser aceptable para los trabajadores si se destinase íntegramente y de inmediato a pagar las pensiones de sus padres y abuelos. Si se destina al ahorro, en cambio, se convierte en un recorte permanente a los salarios que se transfiere de una forma u otra a los empresarios. Es decir, en un mecanismo de superexplotación. Ello sucedería aunque dicho ahorro forzoso fuese administrado por el Estado.

No resulta evidente porqué una acción perfectamente razonable y prudente para cualquier trabajadora o trabajador, como es ahorrar voluntariamente parte de su salario, se convierte en una transferencia a perpetuidad de parte de la masa salarial al empresariado, cuando se impone de modo forzoso a toda la fuerza de trabajo. Requiere una explicación.

Lo que sucede es que el número y las remuneraciones de quienes forzosamente pagan este tributo, crecen en el tiempo. De este modo, las cotizaciones corrientes se descuentan de una masa salarial siempre creciente. La recaudación corriente siempre cubre con creces la devolución íntegra de lo ahorrado por quiénes cotizaron antes, que eran menos y ganaban un salario inferior. Queda así siempre un excedente, que se acumula en un fondo que por lo mismo crece indefinidamente, el que se pone a disposición del gran empresariado. Todo ello sin perjuicio de las continuas oscilaciones en el empleo y salarios, que siguen las fluctuaciones del ciclo económico en un ajuste perfecto.

Imagine que las cotizaciones de cada trabajador se acumulan en monedas que no pierden su valor por inflación y los ahorros de cada uno se almacenan en alcancías individuales, los tradicionales chanchitos. Cada año entrarán al corral tantos chanchitos como afiliados ingresen al sistema y se retirarán los de quienes jubilen, sea por edad o invalidez, o hayan fallecido. Si el número neto de trabajadoras y  trabajadores activos crece en el tiempo, el número de chanchitos en el corral será necesariamente cada vez mayor. Si aumenta la densidad de cotización, crecen los salarios y obtienen ganancias, sólo engordarán aún más.

Suponga que los chanchitos se devuelven a sus propietarios al momento de jubilar, digamos, como en Perú. En ese caso el número de chanchitos en el corral sería igual al de afiliados activos en las AFP. En Chile éstos suman actualmente casi once millones, su número aumenta en un cuarto de millón por año y se ha duplicado en el último cuarto de siglo. Los empleos asalariados donde los contratan y despiden constantemente se han más que duplicado, y los salarios reales se han duplicado. Por lo cual las monedas recaudadas cada año y supuestamente depositadas en la panza de los animalitos, ha crecido más de cuatro veces, en el mismo período.

¿Qué sucede si al jubilar no se devuelven los chanchitos a sus dueños, sino sólo se les cambia de corralito, digamos, como en Chile? Estos últimos se irán consumiendo de a poco, por lo cual les faltará una oreja al de más acá, un pernil al de más allá, en fin. Pero generalmente algo queda al fallecer su dueño. De ese modo, el fondo acumulado será aún mayor, pues al número siempre creciente de chanchitos en el corral de trabajadoras y trabajadores activos, se agrega el número de chanchitos en el corral de los jubilados, cuyo número también crece.

De este modo, el fondo de ahorro forzoso recortado a los salarios crece siempre, aunque no se invierta ni obtenga ganancias por intereses y dividendos. Si ocurre esto último, el fondo crecerá aún más aunque los jubilados puedan retirar algunas ganancias además de lo que ahorraron.

El fondo depende principalmente del número de chanchitos de trabajadores activos forzados a ahorrar, el que siempre crece. Esa es toda la clave del asunto. El fondo de salarios creado por el ahorro forzoso crece mientras aumente el número de afiliados activos. Ello ocurre necesariamente, aunque los salarios no suban, los ahorros se devuelvan íntegros al jubilar, y no hubiese ganancias financieras. El fondo de ahorro forzoso sólo crece más rápido si los salarios suben, si aumenta la tasa de cotización, si los ahorros se devuelven en parcialidades, o si hay gananciales.

El gran economista Franco Modigliani obtuvo el premio Nobel porque fue el primero en darse cuenta y demostrar algo tan sencillo. Es decir, que un número creciente de ahorrantes genera un fondo que aumenta siempre, aunque cada uno retire todo lo ahorrado al llegar a viejo. Si además aumenta la cantidad que ahorra cada uno, el fondo crecerá todavía más. La única condición es que su número y/o ahorro crezca en el tiempo.

Por cierto, Modigliani no demostró el asunto con chanchitos sino con elegantes fórmulas matemáticas, que es el lenguaje hoy preferido por los economistas. Aún así, la mayoría de ellos son al parecer bastante porros, porque no entienden jota de este asunto. O se hacen los lesos.. Peor aún, no parecen percatarse que recortar salarios en beneficio de empresarios transgrede el contrato social que establece que los salarios no se tocan, pertenecen a las familias trabajadores, incluidos sus viejos..

¿Hay realmente monedas en los chanchitos? Aunque se los ponga patas arriba o despedace, no caerá ni una sola. En su interior encontrarán sólo papeles. Éstos registran rigurosamente el monto cotizado cada mes, lo acumulado y sus eventuales ganancias y pérdidas. El dinero contante y sonante, en cambio, se desvía de inmediato a usos más interesantes. Una parte se utiliza para devolver a los jubilados su dinero ahorrado. Para cubrir aquello en Chile bastó con un 32 por ciento de lo cotizado en el último año.

El resto se traspasa de inmediato, en su mayor parte y a perpetuidad, a los bolsillos del gran empresariado. La parte del león se la llevan los administradores, AFP y compañías de seguros relacionadas, que en Chile se embolsaron comisiones y primas netas equivalentes a un 26 por ciento de las cotizaciones el año recién pasado. Es decir, cobraron por sus servicios poco más o menos lo mismo de lo que destinaron al pago de pensiones. El 42 por ciento restante se traspasó de inmediato en forma de préstamos y capital accionario, en su mayor parte y a perpetuidad, a los mayores grupos económicos que operan en el país.

Sólo cuatro magnates, Saieh, Matte, Hurtado y Penta, se han embolsado primas equivalentes a una cuarta parte de todas las cotizaciones de los trabajadores en el sistema de AFP desde su creación. Penta fue el mayor beneficiado el último año. Adicionalmente, los mismos cuatro son beneficiarios de una cuarta parte de los préstamos e inversiones accionarias del fondo de pensiones en empresas nacionales.

El ahorro forzoso es la causa de las bajas pensiones. No así el llamado “envejecimiento de la población”, que se agita como espantajo para justificar este abuso. Las trabajadoras y trabajadores confían siempre en sus propias fuerzas y con razón. Su trabajo cotidiano es lo único que puede sostener dignamente a sus mayores. Mantener bien hoy a sus padres, abuelas y abuelos, es la única garantía que mañana sus hijos y nietos les devolverán la mano. Nadie más puede hacerlo. Azuzar el incumplimiento de este deber, como hace cotidianamente la máquina de propaganda de las AFP, es ciertamente una canallada.

La poderosa y multitudinaria fuerza de trabajo del Chile moderno sabrá defender sus intereses, así como los de sus padres, abuelos y abuelas. Como lo hicieron muchas veces en el pasado, exigirán nuevamente al sistema político que cumpla con su deber, en este caso, que termine con este abuso de una buena vez.

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