La aporofobia se instala y se visibiliza de repente en la sociedad chilena. Un tema que no es nuevo, pero que comienza a calar.

Equipo ES. Esta semana decenas de vecinos de Las Condes salieron a protestar por la construcción de viviendas sociales en el sector de la rotonda Atenas. El miércoles desalojaron a un grupo de migrantes que vivían en la incendiada casa de Cienfuegos 237. La construcción de guetos verticales no cesa, hay proyectos de ese tipo en Conchalí y Ñuñoa que se suman a las cuestionadas torres de Estación Central. Todos hechos con la carga de que se trata de “gente pobre”, “migrantes pobres”, que son víctimas de discriminación, rechazo, abusos, exposición mediática.

En medio de casos que tienen que ver con la actividad urbana en Santiago, con la solución o demandas en el ámbito de la vivienda, se aparece el tema de la pobreza, tan invisibilizada en el país y en la Región Metropolitana a través de múltiples mecanismos.

Como sea, en estos días se apareció de improviso la discriminación, la segregación, el tono racista, que suele no reconocerse. Y se instaló el concepto de sociedad Aporofóbica. La fobia a los pobres, el rechazo a la pobreza, el miedo al pobre. Como se quiera. No es gratuito que ahora, en Chile, se hable con más intensidad de este tema, de este concepto. El episodio de rechazo de habitantes de Las Condes a la existencia de viviendas sociales en esa comuna “del barrio alto”, contribuyó en parte a desnudar que, en efecto, en este país hay una fobia al pobre, un rechazo a las personas de escasos recursos.

En ello están incluidos los migrantes. No los europeos o los que llegan a hacer negocios con buen capital. Es el rechazo, la fobia, al migrante pobre. Y también se expresa en el ámbito urbano, en el tema del derecho a la vivienda. Asomó, además, un discurso nacionalista, la xenofobia, odios y discriminaciones, por el temor que generaran los migrantes…los migrante pobres.

Ejemplo reciente de toda esa situación, de vivencia diaria, muchas veces desconocida. Lo ocurrido con familias migrantes desalojadas este miércoles de una casona en calle Cienfuegos que se habían incendiado. No estaba apta, dijeron las autoridades municipales de Santiago. Pero toda esa gente pobre no tenía a dónde ir. Esa casa es de un chileno que inescrupulosamente arrienda a varias familias y pone en riesgo sus vidas, algo que se repite en la capital y en regiones. El abuso frente al pobre, al desvalido.

El alcalde de Santiago, Felipe Alessandri, cortó el hilo por lo más delgado y optó por desalojar el lugar, producto de lo cual quedaron prácticamente en la calle ocho niños y niñas, seis bebés de menos de seis meses, cinco mujeres embarazadas, una mujer madre con cáncer y más de siete personas con lesiones. Todas y todos migrantes. En la casona vivían 21 familias -chilenas y extranjeras-; 16 encontraron nuevos lugares, las demás están en proceso de búsqueda de hogar con ayuda de la Municipalidad.

Del dueño de la propiedad nada se sabe.

Ropa en las terrazas

Chile es un país que está en el club de los países ricos -OCDE-. En la década de los noventa se decía que el país era “el jaguar” de Latinoamérica. Algunos aseguraban que los chilenos eran “los ingleses” de Sudamérica. Todas estas afirmaciones casi anecdóticas, junto con el avance económico nacional, hicieron creer a muchos que el país, en efecto, era diferente en cuanto a patrimonio; tuvo hasta el efecto subjetivo que gente pobre, de nivel socioeconómico bajo, comenzó a auto rechazar esa condición y se ubicó como “de clase media”. Otros decían estar fuera de la pobreza, endeudados varias veces sus ingresos para sobrevivir.

Eso fue incluyendo con mayor énfasis la estratificación socioeconómica urbana. Los ricos o de ingreso mayores, cerca de la precordillera, en barrios exclusivos, zonas provilegiadas, “bonitas”. Los pobres a la periferia, a sectores “feos”, a explanadas urbanas o suburbanas en malas condiciones, sin conectividad, áreas verdes.

En dictadura eso se acentuó. Al igual que en la Alemania nazi, buses cargando seres humanos cruzaron ciudades desalojando a personas consideradas “indeseables”. Lo que en Europa fueron gays, gitanos o judíos, en Chile fueron pobres. Tomas de terrenos y campamentos fueron borrados de comunas céntricas y de alta plusvalía y dejados en los extramuros de la ciudad.

Las “Operaciones Confraternidad” I  y II, realizadas en 1976 y 1978, dieron inicio al más grande movimiento de población en Chile. Mil 850 familias de los campamentos Nueva Matucana y del Zanjón de la Aguada fueron separadas y llevadas hacia 10 comunas distintas en la periferia de Santiago.  Para el año 1987 otras 29 mil familias ya habían sido sacadas de sus campamentos en Santiago centro, Providencia y Las Condes y llevadas, muchas veces en camiones militares, a las nuevas comunas creadas más allá de la Circunvalación Américo Vespucio.

Aporofobia, palabra del año

Tras este proceso la segregación social del país quedó más marcada que nunca, es por ello que hoy los vecinos de Las Condes se niegan a perder su estatus de comuna top y sacaron a relucir toda su aporofobia, como llamó la filósofa española, Adela Cortina, al rechazo a lo pobre.

Este concepto -por algo será- fue escogido como la palabra del año en 2017 y ese mismo año fue incluida a la Real Academia Española (RAE).

“No puede haber sociedades democráticas que rechacen al pobre, hay que acabar con la aporofobia. No puede ser que rechacemos a los pobres, entonces no tenemos una democracia inclusiva sino excluyente, y ni siquiera es una democracia. Si no se respeta la dignidad de todos no hay posibilidad de democracia”, señaló Cortina.

A punta de cacerolazo la rotonda Atenas se plagó de hombres y mujeres disconformes con la medida del alcalde UDI (Unión Demócrata Independiente), Joaquín Lavín, quien recibió reproches desde su sector político y apoyos desde el otro extremo, como su par de Recoleta, Daniel Jadue, militante del Partido Comunista.

Entre los argumentos que vociferaron en la manifestación estuvo el de generación de la baja de la plusvalía de los departamentos del barrio; otros dijeron que llevarían gente de La Pintana que iba a transformar las casas en guetos del narcotráfico; hubo un vecino preocupado por los modales de quienes puedan llegar; se aseguró que iban a haber ropa tendida por todos lados; varios alegaron que en el vecindario se pondrían a hacer asados por las calles.

Frente a ello Lavín sostuvo que “este proyecto lo vamos a conversar. Es un proyecto importante, de una ciudad integrada, inclusiva, además son otros vecinos de Las Condes, que viven 10 cuadras, 15 cuadras más arriba que quieren tener también la oportunidad de poder seguir viviendo en la comuna”.

En la contraparte hay vecinos que se están organizando para marchar este viernes 13 julio contra la “discriminación y el clasismo” y por la inclusión urbana en la misma rotonda Atenas a las 18 horas.

Viviendas o guetos

Otra muestra de la apatía hacia la pobreza es la medida que tomaron algunas constructoras de hacer grandes edificios con precios más accesibles, en comunas populares, pero con tamaños inferiores a los de las viviendas sociales. Es así como surgieron los denominados “guetos verticales” que son verdaderas ciudadelas en un edificio, con espacios confinados. El más famoso es el de Estación Central, donde se construyeron seis torres de 40 pisos cada una, con departamentos 17 a 20 metros cuadrados.

Situación que podría replicarse en la comuna de Conchalí donde se levantarían cuatro torres con 836 pequeños departamentos, de entre 20 y 50 m2, con 541 estacionamientos, a pesar de que el artículo 14 del Plan Regulador Comunal de la comuna establece que por cada vivienda se debe construir un estacionamiento.

Al igual que en Ñuñoa donde vecinos llevan meses oponiéndose a la construcción de los edificios en Plaza Egaña, donde se instalarían cuatro torres superiores a los 30 pisos con 1.828 departamentos que serán utilizados por oficinas y particulares.

Todos estos departamentos no alcanzan las medidas mínimas que se establecieron en el primer Gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet para las viviendas sociales. Donde las casas deben ser de 42 metros cuadrados ampliables y los departamentos de 55 metros cuadrados como base.

Un tema que salta sobre la mesa en una sociedad donde, todo lo indica, el rechazo a la persona pobre, la discriminación al ciudadano de escasos recursos, está a la vuelta de la esquina…en cada edificio, calle o barrio.